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por Jorge Alderetes .....
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Prólogo por Rumi Ñawi

 

El núcleo central - y esencial - de la historia americana de estos 500 años ha sido el choque interétnico ocurrido a partir de la llegada de los europeos, sin olvidar los miles de años anteriores y su mensaje que muy a veces nos llega como un lejano llamado cósmico.

Inexplicablemente - o explicablemente, por aquello del etnocentrismo - la mayoría de nuestros historiadores, Levillier, Levene, Sierra, Palacio, Rosa, hasta el notable Busaniche, ignoraron o subestimaron esos dos hechos sin los cuales todo pierde sentido y así, lo más obvio fue lo más ignorado, sustituído por máscaras simbólicas, mera anécdota. Presentan el “descubrimiento” como esencial pero omiten sus consecuencias en el entramado de las relaciones interculturales iniciadas entonces, sustancia que describe rigurosamente nuestro ser, reemplazada por una morosa crónica de la hispanización administrativa del Continente; quedándose en la punta del ‘iceberg', en la superestructura estatal, militar y eclesiástica, conmoviendo mentes sólo atentas a una visión superficial cuando no política de las cosas.

 Durante casi cinco siglos, los tejidos étnicos y sociales del nuevo mundo son actores de un complejo contacto entre las dos culturas, sí, pero con los invasores peninsulares en apabullante minoría demográfica frente a las vastas masas de indígenas, mestizos, africanos y criollos. [1] Aquellos hicieron la historia política, éstos la antropológica y ontológica. Y es que hay un amplio abanico cultural amerindio, donde no valen los “decretos” que emite la minoría étnica, con todo su poder. Son los rasgos biológicos heredados [2]la idiosincracia y su manifestación más visible: la lengua, cosmovisión, lectura del Universo.

 Como los historiadores, tampoco los lingüistas han tenido actitud ni aptitud para realizar la gran investigación sobre los contactos interlenguas ocurridos y sus consecuencias en los sistemas encontrados: las formaciones dialectales del español, reelaborado en el prodigioso crisol de las lenguas aborígenes. Paradójicamente, será un poeta [3] el que diga esta realidad:
 

          “Fue contienda también la del Idioma
          dura guerra también, sorda batalla,
          entre un bando de oscuros ruiseñores
          con su pico de sierpe acorazada
          y zorzales y tímidas bumbunas
          que la voz y la sangre circulaban
          del abuelo diaguita o michilingue
          con persistencia de remota llama.”
 

 Y téngase en cuenta que estas sabias observaciones sobre “fonología   suprasegmental”, no las formula un científico, sino el artista, por   vía intuitiva. Y será también otro poeta, nuestro entrañable   Don Atahualpa Yupanqui, quien dictamine [4]“El quechua es el latín de América”, igualmente,   aludiendo desde el shunko, desde el corazón, al hecho etnolingüístico   fundamental, la poderosa influencia ejercida por el idioma ancestral en nuestros   hábitos más profundos.
 

 Y Agüero seguirá con la evocación crónica de esas relaciones interlenguas:
 

          “Pero la lucha prosiguió en la sombra,
          una guerra de acentos y palabras,
          de fugitivas voces y vocablos
          con las venas sangrantes que buscaban
          refugiarse en la frente o esconderse
          en la nocturna claridad del alma.”
 

 Como el autor de este libro me autorizara generosamente a exponer aquí   esta hipótesis sobre nuestra formación etnolingüística,   daré solamente algunos ejemplos quizás más demostrativos   que un postulado teórico.
 

 Los rasgos aborígenes de las distintas variedades del español americano, más o menos desviados de la matriz metafónica y gramatical, se explican por gramática comparada de las respectivas lenguas. El hecho de que los peninsulares nativos fueran una minoría más cercana al 1/1000 que al 1/100, permite inferir que, de hecho, el español ingresó y fue reestructurado desde el acento, la curva tonal, la fonética, hasta la gramática y la semántica, por hablantes de idiomas amerindios, con los cuales no tenía semejanzas tipológicas, genéticas ni difusionales. De allí derivan infinitas relaciones interlenguas, como este típico ‘calco' morfológico en el Noroeste Argentino:  [5] saqepusunaypaq  , oración monovocablo de raíz y sufijos:
 

          / saqe  _pu  _su  _na  _y  _paq  /
            1        2      3      4    5      6
         
que el hablante reproduce matemáticamente, auténtico algoritmo, demasiado evidente para atribuirlo a casualidad:
 
              “para que  yo  te  lo  deje”
                  6     4    5    3   2    1
         
en una increíble correspondencia de morfemas.

 Para terminar, evocaré el típico ‘andinismo' “llevarse bien”, uno de tantos atajos o creaciones con que el heredero de la lengua ancestral resuelve la traducción de una voz y un concepto ajenos a su universo cultural y lingüístico. La palabra “amigo”, traída por los españoles que no tiene equivalente en una cultura donde la reciprocidad es la clave de las relaciones, tanto sociales como con lo divino. “Llevarse bien” traduce literalmente un verbo conjugado quechua: apanaku-  =  /apa- / ‘llevar' + /_naku / sufijo derivacional de reciprocidad concordante, en el cual va implícita la idea de “bien”, como en este testimonio oral anónimo recogido en Ecuador:  [6]

Imbabura urquqa muzuraqchashpaqa tukuylla
urquwanmi apanakushpa kawsaq kashqa nin
Dicen que el Cerro Imbabura había vivido,
llevándose bien, con todos los otros cerros
 
Una última observación: cuando se comprueba que un idioma es reelaborado según los códigos más profundos de otro, más nuestro, y transmitidas sus consecuencias de generación en generación, como auténticos automatismos, ¿puede tener importancia que en España ocurrieran usos parecidos?. Pura coincidencia, nada más.

 Respecto a esta lingüística quechua santiagueña de  Jorge Alderetes, sólo diré que continúa la tradición de los pocos auténticos investigadores que hemos tenido en la Argentina: Samuel Lafone a fines del siglo pasado y Ricardo L. J. Nardi en éste. Intenta y lo logra, una rigurosa descripción del habla de nuestros paisanos ‘mistoleros', felizmente liberada del esclavizante cepo latino a que por tanto tiempo se la condenó.
 

Rumiñawi, Cordobamanta, 1993.
 
 
  Rumi Ñawi
  Director del Centro de Investigaciones
  Lingüísticas "Ricardo L.J.Nardi"
Córdoba - República Argentina
info@cil-nardi.com.ar
 
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[1] Los blancos en América son respectivamente 1/100 Siglo XVI, 7/100 Siglo XVIII y 18/100 en 1816. Cf.: Lafon, C.R. y Bustinza, J.A. (1987:253) “Historia Precolombina y Colonial Americana”. Buenos Aires: A-Z Editora. Regresa a página principal.
[2] Cf. Mane Garzón, Fernando y otros (1988), “Presencia de la mancha mongólica en los recién nacidos de Montevideo”, Uruguay. Investigación estadística realizada en el Hospital Manuel Quintela según la cual el 41,59% de los montevideanos denotan rasgos genéticos aborígenes o africanos, en el país que se proclama el más blanco del Continente.Regresa a página principal.
[3] Cf. Agüero, Antonio Esteban “Digo la Tonada”, San Luis, Rep.Argentina.Regresa a página principal.
[4] Cf.Doerflinger, Enrique (1992) “La palabra del hombre”, en Revista Nueva Nº14, Tucumán, Argentina.Regresa a página principal.
[5]  Cf. Carrizo, Juan A.(1935) “Cancionero Popular de Jujuy”. Testimonio en quechua Nº 3979.Regresa a página principal.
[6] Cf. Fausto Jara J. (Compilador) (1981: 13-14) “Imbabura Cuyanacuymanta”, en “Taruca”, Quito.Regresa a página principal.