Fue de eso que llaman un hallazgo. Digo, encontrarme con una
gramática del quechua santiagueño, escrita con una solidez intelectual
y científica admirables. Su autor - Jorge
R.Alderetes - al que yo no conocía personalmente, fue quien me acercó
el original. Desde las primeras páginas entendí que El Quichua de Santiago del Estero
podía ya subrayarse como un episodio mayúsculo de rehabilitación
cultural. Un antes y después de este texto. En efecto, una ruptura,
una entrada a la variante lingüística del quechua por el camino
sinuoso y difícil de lo que la lengua quiere decir en sí, más
que por lo que los castellano parlantes quieren escuchar de ella, o pretenden
que ella diga. Afirmo esto en un año particular, cuando la Academia
Española de la Lengua acaba de suprimir la letra ch , es decir un lugar propio para nuestra cosmovisión quechua: chaguanco, chala, chalchalero, chango, chañar, charata , chichi ... ¿Tal vez un ensayo tardío del colonialismo
cultural? En todo caso, no me retraigo a sumar algunas notas al excelente
primer capítulo de Alderetes. Incluso pueden estar demás, ¡pero
vaya a cuenta de las deformaciones profesionales que cargamos los escritores!
La confrontación lingüístico-ideológica
fue extremadamente intensa en Santiago del Estero. Tal vez uno de los lugares
más dinámicos de resistencia a la deculturación. Me sigue
subyugando la noticia original del Chaco, y en ella la del Chaco santiagueño
por ende, recogida por el jesuita Lozano hacia inicios del XVIII en su Descripción
Corográfica del Gran Chaco Gualamba . Una región a trasmano,
donde los recaudadores de tributos del Inca sorprendidos por la funesta noticia
del degüello del poder en Cajamarca, decidían abandonar el regreso
al Cuzco y esconderse allí mismo. ¿Un lugar de fugitivos que
sumados a las cuantiosas etnias sedentarizadas o en movimiento, componían
lo que en la lengua del Perú llamaban el Chacu ? ¿Esto es,
una multitud de guanacos y vicuñas reunidos lentamente en un territorio
para su caza? En las fronteras de esta vasta región se organizaba
el corazón teocrático del Tucumán, la ciudad de Santiago
del Estero. El quechua, ¿se transformaba en lengua de cristianización
a un nivel no conocido en el actual territorio argentino, con la ayuda invalorable
de estos elementos dispersos de la élite cuzqueña? Es sólo
una hipótesis. Pero dentro de las posibilidades se halla también
la de la disputa por la posesión de la fuerza de trabajo entre el
gran poder de la Iglesia y el de los encomenderos. La quechuanización
pudo convertirse en herramienta de control religioso, o de apartamiento de
las etnias a la gestión de los encomenderos. Pero difícilmente,
como observa Alderetes, pudo forzarse su extensión si no hubiese habido
fuertes núcleos quechuanizados desde muy larga data.
El idioma evangélico fue organizado para el Perú por
los tres Concilios realizados en Lima en 1562, 1567, 1584. Esto ya es conocido,
la evangelización americana debía hacerse en cuatro lenguas
indias generales: azteca (náhuatl) para México, guaraní
para el Paraguay, aimara para el actual Altiplano boliviano y la quechua.
Francisco de Vitoria, obispo del Tucumán con sede en Santiago, asistió
al tercer concilio y firmó sus actas. Una de sus disposiciones obligaba “a todos los curas bajo pena de excomunión y de santa obediencia
que a los indios no se les enseñara la Doctrina y el Catecismo sino
en la lengua quichua, sin que sea lícito a nadie variar el rezo o
Catecismo quichua aprobado por el mismo S.Concilio”.
Es posible que los españoles se integraran al uso de esta
lengua para no disminuir su poder sobre los indios, pero también arrancarlos
a la subordinación a la Iglesia. Podemos intuir una lucha sorda entre
las dos columnas del poder colonial. Pero a más la frontera. La gran
frontera con el diabólico Chaco, y los fuertes con mano de obra y
soldadesca india conquistada.
En el contexto de las idas y vueltas en el uso de una lengua como
herramienta de control, el obispo Maldonado pedía al Monarca que se
prohibiese el quechua en el Tucumán. Si Felipe II para evitar enfrentamientos
prefirió dejar las cosas en su lugar, Carlos III prohibía en
cambio el quechua por Cédula de 1770. Esta carta sobre la mesa, prologaba
la expulsión de los jesuitas. Estos se habían fortificado en
el quechua. A partir de esta fecha la lengua adoptaba la forma de rebelión.
La frontera contra el Chaco, entre los ríos Salado y Dulce, que había
sido homogeneizada en una sola lengua, ahora era reutilizada por los quechuoparlantes
como atrincheramiento en sus peculiaridades culturales. Envoltorio de formas
religiosas cristiano populares, el calendario festivo mismo, podía
ser una rebelión en sordina. Las dos lenguas de castas del XVII, una
para los blancos, otra para los indios, aisló a la blanca de contagios
fonéticos. En Santiago los blancos siguen hablando con la pureza de
una parte de España, tal vez dentro de un triángulo que toca
Castilla, Extremadura y el país andaluz.
El caudillismo del XIX trató de separar la religiosidad popular
de la lengua quechua, utilizando a la primera para el ritual de dominación,
y dejando a la variedad dialectal como atributo del poder blanco: se hablaría
en quechua porque los hacendados así lo querían. El bilingüismo
de los caudillos santiagueños formaba parte de los orígenes
y los efectos del poder. Ibarra no puede entenderse sin su quichuismo de
prisión y fuerte. Pasar de una lengua a otra constantemente, les aseguraba
un control, un puente entre dos mundos intocables.
Desde los propósitos europeos, la prohibición del quechua
por Carlos III, tenía un aspecto modernizador, igualaría a
indios y blancos en una sola lengua. Y ello a la postre debería facilitar
la construcción de un Estado de la modernidad colonial. Pero a varios
siglos de quechuanización, la orden tuvo que advertirse entre la masa
indio-mestiza como una brutal imposición. Hablar en quechua pasó
a ser una forma de la resistencia.
La parte más liberal y democrática de la generación
del 80, a su turno retomó la idea de la igualación social, imponiendo
en la enseñanza sólo la lengua de los vencedores. En tanto
que los grupos más conservadores insistían en el bilingüismo
como expresión de la inevitable y eterna diferenciación de
castas. Educación en lengua hispana para los blancos, barbarie para
los quechuoparlantes sin alfabeto. Tensados entre los dos anillos, los derrotados
se parapetaban detrás de los catecismos quechuas y de una religiosidad
popular de monte, espontánea y en variante dialectal propia. La élite
conservadora no sabía exactamente cómo controlar esa peligrosa
independencia; la élite liberal, anclada en el gran relato universal
del positivismo y la modernidad, asumía el derecho de barrer con ella.
Con una mística del porvenir, se sentían los demiurgos de una
Nación blanca y civilizadamente capitalista. Los conservadores se
afanaban por dominar el culto; los liberales por destruirlo. La lengua transformada
en Lengua de Dios, era autopercibida por el peonaje, puesteros, agricultores
pobres, y pastores, como lengua de identidad. A veces la rebelión
lingüística era empujada por las élites conservadoras
para atacar a los liberales que atropellaban contra la Iglesia de Dios. La
forma religiosa de la lengua pasó a un nuevo escenario de confrontación.
Por su posesión o destrucción. El desconcierto de los oprimidos
quechuoparlantes fue tan colosal, que la rebelión quedó limitada
al territorio de la lengua. En tanto más se aislaban lingüísticamente
tanto más eran libres, y tanto más quedaban a un costado de
los cambios, por lo mismo más expuestos a la dominación. La
rebelión, cuanto más profunda, se hacía más estrecha.
La lengua empezó a envolver a la religiosidad popular como contenido.
En ciertos espacios la religiosidad popular reemplazó a la lengua.
Pero por lo mismo retornó al contralor vertical de uno de los antiguos
poderes de la conquista. En la fiesta del Señor de Mailín casi
no se oye el quechua. Y las baterías de misas nocturnas y diurnas
son siempre en español. En esos sitios, la pérdida de la lengua
condujo a un empobrecimiento cultural.
La gramática del quechua santiagueño de Jorge R.Alderetes,
no puede apartarse -ni quiere- de esta larga cadena de conflictos, tomas
de conciencia y programas culturales. La diferencia es que ahora resulta
más oportuna que antes. No sólo por la implementación
de la educación bilingüe en algunas escuelas de áreas
quechuoparlantes, sino porque estamos asistiendo desde las reconversiones
trasnacionales a los fenómenos transparentes de hibridación
cultural. Todo se vende y todo se compra. Mailín no queda lejos
de Dallas; y una villa de excluidos de Tucumán se llama Falcon Crest.
Esos son los mensajes. Los taqo pueden ser
de plástico en Disneyworld; video clips ideológicos unidireccionales.
Quieren decir: somos una democracia universal de las emisiones. Pero uno
es un mundo rico y el otro no. A más, el poder de emisión se
halla en la media esfera rica. Mantener el quechua por ende, puede significar
para las comunidades hablantes una plataforma contra la pobreza. No por utilizar
el medio natural como lo hacían antiguamente, ni porque con esa lengua
se instalen mejor en la producción, sino porque en las sociedades
crecientemente fragmentadas el idioma comunal puede fijar los vínculos
de la solidaridad. Y ésta, en las poblaciones pobres, es tanto como
vivir con dignidad. El quechua santiagueño es hoy un parapeto ético;
un vallado contra los golpes entre excluidos y pobres en las villas que rodean
a las ciudades. El libro de Alderetes pues, es también una gramática
de las posibilidades, una verbalización de los actos de solidaridad.
Los medios trasnacionales pueden elevar los deseos de los quechuoparlantes,
en su mayoría pobres, a la posmodernidad, dejando sin embargo la realidad
de la pobreza intacta. Por lo mismo venderles el individualismo extremo.
A la potenciación de los deseos corresponde en este caso la radicación
de las posibilidades de su cumplimiento. Sin la gestualidad del idioma, las
comunidades se fragmentan y desaparecen como tales. Tal vez el quechua sea
el último eslabón en la cadena de vida de una parte de estas
poblaciones, que los detienen aún en saltar hacia las villas de excluidos
en las grandes ciudades. La variante dialectal es su única gran propiedad;
la que frena el impulso a la marginalidad del modelo.
El libro de Jorge Alderetes puede leerse así como una gramática
de la identidad, para el caso un sistema de los descendientes de derrotados
en aferrarse a los cambios de la única manera posible, autoconservando
la comunidad. El largo y en apariencia inacabado conflicto en un nuevo nivel,
y entre los parámetros de un desafío más fuerte. Los
quechuoparlantes frente a los canales de televisión satelital. No
porque no deben verlos, sino porque a éstos les interesa convertir
a todos a una lengua única, un español de mercado, un homo
consumista en lo posible sin ningún habla. Receptores pasivos de la
gran tecnología de la fascinación.
Fragmentación o colectividad; hibridación o mismidad;
derrota o victoria. He aquí por qué creo que El Quichua de
Santiago del Estero no es una gramática inerte, y ningún
apatismo puede serle adosado. De lo contrario Jorge Alderetes, que es un
especialista en sistemas informáticos, hubiera trabajado en una gramática
de los números binarios. La síntesis traslúcida de este
texto le viene, al revés, de aplicar a la lengua de los otrora vencidos
sus conocimientos de la tercera ola de la civilización. Es, por lo
mismo, la sintonía de la parición de una nueva conciencia.
Un gesto. Un acto cultural que aprieta la tecla del enter
, para grabar un nuevo esfuerzo en la larguísima evolución
de la resistencia. Es una gramática de la enseñanza.
San Miguel de Tucumán, Junio de 1994.
Prof.Eduardo Rosenzvaig
Director del Instituto de Investigaciones
sobre la Cultura Popular
Facultad de Artes
Universidad Nacional de Tucumán
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