Estrategias de supervivencia de
la lengua quichua
en el Noroeste Argentino
Lelia Inés Albarracín de Alderetes
Jorge Ricardo Alderetes
Asociación Investigadores en Lengua Quechua
adilq@hotmail.com
INTRODUCCIÓN
Según estimaciones recientes aproximadamente 300 lenguas están
condenadas a desaparecer en los próximos años. Se trata de lenguas
minoritarias, desprestigiadas, discriminadas. La pérdida de una lengua
es un hecho lamentable e irreversible, un tesoro desaparece. El sistema simbólico
milenario desarrollado por una comunidad, muere.
En Argentina, existen alrededor de 16 lenguas indígenas cuyo estado
actual es crítico. El español, lengua dominante y de poder avanza
en detrimento de las lenguas autóctonas (Albarracín: 2002).
“Las lenguas no sólo sirven para comunicarnos unos a otros; también
son recursos o estrategias de poder, o prisiones que excluyen y discriminan,
o dispositivos colmados de prejuicios ideológicos. En el mismo acto
en que establecen la comunicación, las lenguas se constituyen,
también en instrumentos de ideología y poder” (Godenzzi 1992:
10).
El quichua, una de esas lenguas minoritarias, ha sabido utilizar estrategias
de supervivencia durante más de 500 años: por un lado es actualmente
lengua de comunicación familiar de alrededor de 300.000 personas en
todo el país (Alderetes, Albarracín 2003: 147-148); palabras
provenientes de este idioma son utilizadas en forma cotidiana en Argentina
y especialmente en la región noroeste, pero por otro lado existen cientos
de topónimos que contienen vocablos quichuas y que en muchos casos
su origen es desconocido por la mayoría de los argentinos.
En este trabajo nos referiremos brevemente al análisis lingüístico
de los topónimos, como valiosa herramienta para visualizar las rutas
culturales asociadas con los mismos, pero haciendo hincapié en la necesidad
de usar métodos científicos rigurosos y en la selección
crítica del material bibliográfico existente sobre la temática.
LA EXPANSIÓN DEL IMPERIO
La lengua quechua o quichua fue el idioma oficial del imperio incaico, una
de las civilizaciones más portentosas de la humanidad. Este imperio,
con capital en Cuzco, se extendió también hacia el norte de
Argentina, imponiendo su lengua a los pueblos sometidos. Geográficamente,
podemos decir que la lengua quichua llegó hasta la zona centro del
país.
“El área del noroeste de Argentina, donde el Quichua tradicionalmente
ha sido hablado, es una región montañosa que se extiende desde
Bolivia en el norte hasta Mendoza en el sur, y desde la frontera chilena en
el oeste hasta el Chaco Argentino en el este. Por lo que se refiere a las
divisiones políticas modernas abarca las provincias de Jujuy, Salta,
Catamarca, La Rioja, Tucumán, y partes de Santiago del Estero,
Córdoba, San Juan, y Mendoza. Esta región forma un área
de cultura válida en sí misma que se mantiene en contraste
con el resto del país” (Bennett, Bleiler y Sommer 1948: 15,
citado por Stark 1985: 732).
“El quechua fue instrumento de penetración cultural
y de dominio político mucho antes de la llegada de los españoles
(...). La progresiva expansión del imperio Inca había encontrado
allí indígenas de costumbres y lenguas diferentes – diaguitas,
lules, tonocotés calchaquíes, sanavirones- a los que hubo de
someter a su tributo.
Con el Imperio, los incas extendieron también
su lengua, de modo que los pueblos sometidos necesitaron aprenderla para
el tráfico periódico con sus dominadores”. (Fernández
Lávaque 1998: 19)
El quichua fue hablado en el noroeste argentino hasta
principios del siglo XX. Un testimonio de la importancia que tuvo la lengua
siglos atrás es el Acta de Declaración de la Independencia de
nuestro país de 1816, redactada en quichua, aymara y español.
Fernández Lávaque (1998: 21) menciona también otros documentos
como la proclama de uno de los vocales de la Junta de Mayo, Juan José
Castelli, dirigida en 1811 al pueblo del Alto Perú y el decreto de
la Asamblea Constituyente de 1813, “documentos todos escritos también
en quechua”.
En esta revisión de la importancia que otrora
tuvo la lengua cabe destacar la toponimia, que ha permitido conservar palabras
que hoy han caído en desuso. Una de esas palabras es “Chaco” que en
quichua significa ‘lugar de cacería’. Esta palabra nombra a una de
las provincias del noreste argentino, pero no es la única; La Pampa
también tiene un nombre quichua, originalmente esta voz era “panpa”
y significa: ‘campo, llanura, planicie’ (Alderetes 2001: 293). Casualidad
o no, alguna vez se pensó en cambiarle el nombre justamente a estas
dos provincias por los de Juan D. Perón y Eva Perón, respectivamente.
Volvemos entonces a esa idea de la Introducción cuando hablábamos
de lenguas discriminadas y lenguas de poder.
Sin embargo, hay topónimos de origen quichua que lamentablemente
se extinguieron como es el caso de “Chaguar Puncu” en la provincia
de Santiago del Estero que fue reemplazado por Ingeniero Forres. “Chawar
Punku” daba cuenta de una especie vegetal que abunda en la zona, de ahí
la importancia testimonial que este nombre tenía. “Con cada lengua
que desaparece – al igual que con cada especie biológica que se extingue-
la humanidad sufre una pérdida irreparable en su acervo cultural, en
sus visiones del mundo y en su equilibrio ecológico” (Fishman 1978,
1982,1991, citado por Hamel 1995: 3).
El mecanismo de supervivencia de la lengua a través
de la toponimia es incuestionable: voces extinguidas en el habla cotidiana
se conservan en nombres de lugares como es el caso de “kita”, que significa
‘monte’ y ha sido reemplazada por “sacha”, en el habla contemporánea.
En Santiago del Estero, existe la localidad “Kita Punku” (Christensen 1917:
92).
Según Cerrón Palomino (2003: 43), “La lengua (...) es el mejor
mirador a través del cual se penetra con mayor profundidad en la vida
de un pueblo, pues en ella se transluce todo el cúmulo de sus experiencias,
conocimientos, creencias y sistemas de valores acumulados por el ser humano
en su interacción con la realidad. La dimensión del lenguaje
conquistada por el hombre se convierte, por ello mismo, en un producto cultural.
De allí entonces que para conocer la cultura de un pueblo haya que
abordarla, mientras sea posible a través de su lengua”.
LA SUPERVIVENCIA DE LA LENGUA A TRAVÉS DE SU SINTAXIS
Según Jesús Tusón (1989: 33): “El dominio de una lengua
se manifiesta, por encima de todo, en el control de sus estructuras gramaticales”.
Una estructura característica de la lengua quichua es lo que se conoce
como frase nominal, compuesta por un modificador y un núcleo (modificador
- núcleo.) Esta estructura nominal indica que el modificador, que puede
ser un sustantivo o un adjetivo, precede al núcleo, que es siempre
un sustantivo y se manifiesta y se mantiene en nombres de lugares. Encontramos
ejemplos como los siguientes: “Vieja Pozo” (Salta), “Monte Maíz”
(Córdoba), “Monte Potrero ” (Catamarca), “Bandera Bajada”
(Santiago del Estero).
“(...) No hay que olvidar que las palabras son y dejan de ser, mientras
que si los esquemas formales perduran, perdura con ellos la lengua”. (Tusón
1989: 28). Los cuatro topónimos están compuestos indudablemente
por voces de origen español sin embargo la sintaxis es propia de la
lengua quichua y deben traducirse como: ‘Pozo de la Vieja’, ‘Maíz
del monte’, ‘Potrero del monte’, ‘Bajada de la bandera’.
Algunas palabras pueden confundirnos y hacernos pensar que son voces de
origen castellano como “Mayo”, “Tio” o “Cara”. Sin embargo, se trata
de palabras que reflejan elementos del paisaje natural al igual que “orqo”,
“yaku”, “kocha”, “rumi”, “pukyo”, “wayko” o bien ejemplares de la flora:
“taqo”, “achira”, “sunchu”, “chawar” o animales como “taruka”, “puma”, “uritu”,
“kuntur”, “kuchi”, “suri”.
En el caso de “qara” es decir, cuero, es común que esté presente
en la toponimia, ya que se trata de un elemento que formaba parte del intercambio
comercial de los primeros habitantes (Sica y Sánchez 1996: 297). En
Catamarca y Tucumán, encontramos el topónimo “Carapunco” <qara
punku>; en Córdoba y Jujuy “Carahuasi” <qara wasi> y “Carayoc”
<qarayoq> en Jujuy. También el oro <qori> era un elemento
de intercambio al igual que la sal, <kachi>. En Córdoba
encontramos “Corimayo” <qori mayu> = ‘río del oro’.
Las rutas culturales asociadas a los topónimos que terminan en la
palabra española “pozo”, indudablemente están vinculadas a la
problemática del agua en la conciencia colectiva y a las actividades
agrarias –especialmente en zona de llanura- que comienzan a desarrollarse
en el período colonial. Al mismo tiempo, estas voces claramente indican
un fuerte bilingüismo en donde el quichua, logra modificar la sintaxis
española en frases nominales tales como “Carbón Pozo”, “Cebil
Pozo”, calcos sintácticos cuyo equivalente en el español normativo
sería: ‘Pozo del Carbón’, ‘Pozo del Cebil’.
Algo similar, esta vez asociado con la cría de ganado, tanto en zona
de llanura como en montaña, ocurre con los topónimos terminados
en la voz española “corral”. Ejemplos de ello son: “Caspi Corral”,
“Suncho Corral”, “Cabra Corral”, frases nominales en sintaxis quichua que
significan, respectivamente, ‘corral de palo’, ‘corral de sunchos’, ‘corral
de cabras’. Es digno de mencionar, la curiosa interpretación que en
algunos folletos turísticos se hace de “Cabra Corral”, según
éstos, el origen sería anglosajón porque los ingenieros
que construyeron el dique homónimo eran ingleses y en las carpetas
escribían ¡en sintaxis inglesa! esas dos palabras españolas.
Como hipótesis, es posible afirmar que aquellos topónimos
híbridos que contienen una palabra quichua, serían más
antiguos, aunque también originados ya en período hispánico.
En una situación intermedia, característica de un incipiente
contacto lingüístico, se ubican los topónimos de voces
quichuas en sintaxis española. Por ejemplo: Yacochuya <yaku chuya>(Prov.de
Salta, también en Catamarca) ‘agua clara’. Los de mayor antigüedad
serían los que conservan ambas voces y su sintaxis quichua.
Por ejemplo: Pumayaco <puma yaku> (Catamarca, Dpto.Ancasti)
‘Aguada del puma’.
Si retrocedemos en el tiempo, nuevas rutas culturales se despliegan para
mostrarnos la llegada de las huestes incaicas y su contacto con las
culturas locales. Los topónimos que comienzan con una palabra
quichua y finalizan con “-gasta” son un indicio de ellas. Se ha especulado
que “–gasta” cuyo significado es ‘pueblo’, sería la deformación
de “llaqta” de idéntico significado. Desde un punto de vista
lingüístico, el cambio /q/ > /s/ es posible, pero resulta
difícil aceptar el cambio /ll/> /g/. De cualquier modo, ya
sea el caso de si –gasta es un sufijo o palabra perteneciente a otra lengua
ya extinguida, o si se trata de una deformación de “llaqta”,
evidentemente el origen de estos topónimos es anterior a la llegada
del español.
La toponimia nos depara otra sorpresa: la ruta cultural trazada por los
pueblos extrañados de su hábitat natural, por medio de los
‘mitmaqkuna’ incaicos. La voz yaku, que designa al agua y tan común
en la toponimia del NOA, pertenece a los dialectos quechuas norteños
(Ecuador y norte del Perú). En cambio, en los dialectos sureños,
incluido el cuzqueño-boliviano, la voz que designa al agua es “unu”,
totalmente ausente no solo en nuestra toponimia sino también en el
actual quichua santiagueño. Esto explica la similitud entre algunos
dibujos que se encuentran en cerámicas ecuatorianas y que también
están presentes en cerámicas de la cultura Sunchituyoj.
Retrocediendo aún más en el tiempo, cabe preguntarse cuál
sería la relación –en tiempos preincaicos -entre las culturas
aborígenes del NOA y las culturas altiplánicas o de la costa
del Pacífico. Un ejemplo lo constituye Tastil (en Salta), una
ciudadela del período tardío preincaico, que básicamente
era un centro de intercambios mercantiles y con probables contactos comerciales
con comunidades de la costa del Pacífico (hallazgo de conchas de mar).
Otro ejemplo es el caso de la cultura agroalfarera Tafí, en el valle
homónimo de Tucumán, la más antigua del actual territorio
de Argentina, perteneciente al Período Temprano (200 años antes
de nuestra era). Estas comunidades habrían provenido del altiplano
boliviano, pues en el sitio de Wancarani existió una cultura con ciertos
rasgos muy similares a los de Tafí que se remite a los comienzos del
primer milenio antes de nuestra era (Alderetes 2001: 56).
Nuestra hipótesis es que estas rutas eran conocidas desde tiempos
precolombinos por los pueblos altiplánicos e incluso de la costa y
sierras centrales de Perú. Tradicionalmente se ha asociado la zona
de expansión del quichua con el camino del Inca, de allí que
se niegue el origen prehispánico del quichua santiagueño por
encontrarse fuera de dicho camino. Sin embargo, hay claras evidencias que
conectan los valles calchaquíes con la llanura santiagueña sin
que hasta el momento se hayan encontrando evidencias arqueológicas
de la existencia de un ramal del camino del Inca que una el valle de Tafí
con la mesopotamia santiagueña. No hay dudas que, colapsado el
poder político central del imperio, esta fue la ruta más probable
seguida por la colonia incaica de la Fortaleza-Templo de Quilmes que se hallaba
al pie del Cerro del Alto (Turbay 1983: 254). Así lo demuestran
las figuras de la greca ofídica en las cerámicas encontradas
en Quilmes que coinciden exactamente con las que se encuentran en las tinajas
desenterradas entre los Ríos Dulce y Salado, la principal zona de
habla quichua de Santiago del Estero. De igual modo, los últimos
hallazgos arqueológicos parecen indicar que desde esta zona salía
un camino con dirección al Cuzco y que atravesaba el norte de Santiago
del Estero. Allí tampoco hay evidencias de un ramal del camino del
Inca, sin embargo, recuérdese que éste fue el camino de regreso
al Cuzco de los sobrevivientes de la expedición de Diego de Rojas.
Obviamente, en las regiones donde sí hay evidencia física
del Camino del Inca, encontramos numerosos topónimos que dan cuenta
del paso de las huestes cuzqueñas. Por ejemplo, en Catamarca:
Mina Inca Huasi, en Jujuy : Inca Huasi, en Mendoza: Puente del Inca, en Salta:
Inca Mayo.
“La interpretación arqueológica nos indica que el sistema
vial fue el símbolo de la omnipresencia Inka a lo largo de los Andes
y muchos de sus caminos se encuentran aún intactos. Además
de su sentido pragmático, los Inka asociaban sus caminos con la división
conceptual del espacio y la sociedad; ellos constituían un medio de
concebir y expresar su concepto de geografía política y cultural,
y también estaban muchas veces investidos de un considerable significado
ritual” (Aldunate, Castro y Varela 2003).
TOPONIMIA Y LINGÜÍSTICA
Desde un punto de vista lingüístico, es muy poco lo que se conoce
de los pueblos que habitaron el norte argentino. Salvo los casos del quechua
y el aimara, lenguas vivas en la actualidad, de las otras lenguas, en su totalidad
extinguidas, es escaso el material disponible.
Existen cientos de topónimos que corresponden a otras lenguas habladas
en el período incaico y preincaico y de las cuales prácticamente
no existe documentación. No todo puede ser explicado desde el quichua
pero algunos autores tienden a forzar la etimología de las voces.
Es paradójico que los trabajos científicos no sean consultados
y por lo general se recurra a textos como “El hombre de Tukma” de Storni (1946),
que no es otra cosa que una audaz y poética aventura filológica
sin valor alguno histórico ni lingüístico. Con justa razón,
alguien dijo que Storni era un hombre de una “ignorancia enciclopédica”.
Storni, con absoluto desconocimiento de los mecanismos internos de la lengua,
pretende explicar por la vía del quechua voces de filiación
desconocida o cuyo origen no puede ser atribuido a dicha lengua Aísla
raíces y sufijos desconocidos, copia descaradamente a Lafone Quevedo
(1927) y propone traducciones hilarantes. He aquí algunos ejemplos:
“Aconquija”: según Storni proveniente de Ankonkilla, que según
su análisis se compone de An = altura, Ko = agua, N = donde se hace,
Killa = luna. Es decir, ‘agua que se forma en las alturas, junto a la
luna’. No conforme con esto, propone otra alternativa: An = altura,
Konu = hielo - nieve, Killa = luna, es decir, ‘nieve perpetua en las altas
cumbres, junto a la luna’.
“Amaicha”: Storni propone que la voz original es Wamahychak, compuesta
por Wa = localidad, región, zona, Mahy = que abruma, cansa y aburre,
Chak = seco, marchito, sediento. Su traducción sería entonces:
‘Localidad árida y pobre, sedienta y escasa, que aburre y cansa por
esa modalidad, zona pobrísima y agobiante’.
No se trata de ‘inventar’ topónimos de manera forzada para lograr
la preservación de una lengua minoritaria, sino de conservar y valorar
los ya existentes, que sabiamente reflejan la característica particular
de una región. Cuando hablamos de ‘inventar’ topónimos, queremos
ilustrar con un ejemplo concreto: a media cuadra de la plaza de Amaicha del
Valle, en el departamento Tafí del Valle en la provincia de Tucumán,
puede leerse un cartel que reza: “AMAUTA 2 km”. Aunque Amauta es una palabra
propia del quechua cuzqueño-boliviano que designa al sabio, no es una
palabra de uso frecuente en la región. Fue impuesta por un grupo de
lugareños que crearon una especie de museo-centro cultural-albergue
y que seguramente algún manual escolar los puso al tanto de la existencia
de la voz ‘amauta’. A renglón seguido, Vialidad Provincial reflejó
el nombre en un cartel, estampando una palabra importada, ajena a la región.
No nos oponemos al rescate de arcaísmos ni a los préstamos léxicos
de dialectos afines ni a la creación de neologismos, pero entendemos
que son procesos que sólo tienen validez dentro del marco de un proyecto
de normalización lingüística y de una planificación
adecuada. (Alderetes, Albarracín 2004: 85 s.s.).
Esto nos dice que debemos ser muy cuidadosos y críticos a la hora
de evaluar los relatos orales y las explicaciones de los lugareños,
porque muchas veces se trata de elementos exógenos introducidos por
una minoría que tuvo acceso a estudios y/o información. Al desprevenido
turista suele presentársele la Fiesta de la Pachamama en Amaicha del
Valle como el hecho cultural “más auténtico” de los valles
calchaquíes, pero no se le aclara que esta fiesta fue “creada” hace
medio siglo por intelectuales totalmente ajenos a las comunidades indígenas
de la zona. Se introdujeron palabras, para ser utilizadas durante la celebración,
que fueron tomadas de diccionarios cuzqueños, pero que eran desconocidas
por los dialectos quichuas de la región. La utilización
de la memoria histórica de los pueblos originarios es una herramienta
importante para el conocimiento del paisaje cultural articulado por
los caminos y senderos del noroeste argentino, para estudiar ritos y costumbres,
para analizar elementos arqueológicos. Pero esta estrategia de investigación,
que considera la visión que tienen las propias comunidades indígenas
sobre su historia y su paisaje, debe complementarse con el aporte de la etnolingüística
–entre otras disciplinas- para una mejor comprensión del sentido de
esos trazados, de las vinculaciones religiosas, artísticas y culturales
con el ambiente natural, de una adecuada interpretación de los innumerables
yacimientos arqueológicos del noroeste. El conocimiento del paisaje
y su interpretación vernácula, los elementos ideológicos
asociados a la topografía y accidentes naturales -que les dan una especial
significación-, exige un trabajo interdisciplinario del que no deben
estar ausentes los lingüistas especializados.
De igual modo, la utilización de antiguos diccionarios
de lenguas aborígenes –particularmente para dilucidar cuestiones de
toponimia- debe apoyarse en estudios lingüísticos modernos que
contribuyan a una correcta interpretación de los mismos, en especial
de las ediciones paleográficas.
Pero la “invención” de topónimos y el “trasplante”
de términos no es el único daño que se infringe a nuestras
lenguas y culturas autóctonas. En los folletos de hoteles, restaurantes
o de oficinas de turismo encontramos jocosas traducciones de topónimos
quichuas. Si lo que se busca es ‘revalorizar’ la lengua para impresionar al
foráneo, se está logrando la subestimación de la misma
al no realizar una consulta a quienes tienen autoridad sobre el tema. Se
puede incurrir en graves errores al interpretar la cultura y simbología
andina sin hacer un examen crítico de las fuentes de estudio.
A continuación algunos ejemplos:
“Lunahuana”: nombre de un hotel en Tafí del Valle que, según
la folletería, significa ‘Lugar donde te haces hijo de la luna.
En realidad se trata de un topónimo presente en la geografía
peruana y de una voz cuyo significado es “cárcel”. Luna no hace
referencia al satélite natural de la Tierra, sino “runa=hombre, gente”
y Huana proviene de wanay=castigar.
“Yuturuntuna”: (lugar del Departamento El Alto, en la provincia de Catamarca).
Según Carlos Villafuerte (1979: 70), miembro de número de la
Academia de Letras, es voz del Cuzco, compuesta por “yuto=corto, escaso”,
“ru-run=fruto”. Es decir, ‘tunas de pocos frutos’. Además de esta arbitraria
y equivocada separación de raíces, Villafañe se da el
lujo de rechazar la traducción de Lafone Quevedo ‘huevedero de la
perdiz’, que transparentemente se desprende de este topónimo. No es
el único yerro de Villafuerte, su diccionario de topónimos es
un muestrario de lo que no debe hacerse.
CONCLUSIONES
Decíamos al comienzo de este trabajo que la cultura del noroeste
argentino mantiene un contraste con el resto del país. Sin embargo
en colegios y universidades no nos hacen circular por esas diferencias enriquecedoras.
Los símbolos de las sociedades ancestrales son destruidos sin importar
su aporte a la génesis de nuestros rasgos identitarios. Uno de esos
símbolos es la toponimia, un aspecto cultural que suele ser abordado
con demasiada ligereza, como ilustramos. Un aspecto cultural en el que no
se indaga sobre la relación dialógica que mantenía el
nativo con el entorno social y natural, ni en el que se tiene en cuenta elementales
conceptos de lingüística.
Consideramos que la toponimia no puede ser reducida a un simple folclore
sino que debe ser estudiado como un itinerario cultural que nos lleva a encontrarnos
con las raíces más profundas de nuestra identidad.
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