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ATILA KARLOVICH (2004) "Tradición oral y empeño por
la escritura en la literatura del Quichua de Santiago del Estero"
JORNADAS ANDINAS DE LITERATURA LATINOAMERICANA (JALLA 2004)
LIMA (9 -13 de agosto 2004)
Tradición oral y empeño
por la escritura
en la literatura del quichua
de Santiago del Estero
Atila Karlovich F.
Asociación Investigadores en Lengua Quechua
adilq@hotmail.com
El quichua santiagueño
es el único dialecto quechua que sobrevive en la Argentina. Si bien
tiene aproximadamente cien mil hablantes, prácticamente todos ellos
son bilingües (con una gran variedad de competencias en los dos idiomas)
y casi todos iletrados en el quichua, lengua ancestralmente ágrafa
y reprimida desde afuera y desde adentro. No es probable que bajo estas condiciones
se desarrolle algo que se pueda llamar literatura. La cultura literaria supone
conciencia del valor propio y un entramado institucional y social que en
la época actual implica escolaridad, oportunidades para publicar y
un público lector interesado en lo que se escribe. No hace falta insistir
en que casi todo esto siempre faltó y sigue faltando. Sin embargo,
de hecho, algo hay. Preguntamos por la literatura, porque estamos convencidos
de que sin ella cualquier idioma está condenado a la extinción.
Recapitularemos el contexto histórico y abordaremos las letras quichuas
desde la perspectiva de la disyuntiva de oralidad y escritura que está
en sus orígenes y que las sigue caracterizando. Desde ahí podremos
encarar también brevemente las cuestiones que se imponen respecto
a su futuro.
I
Sabemos que la época colonial había sido
relativamente propicia para el quechua, debido, principalmente, a su oficialización
como vehículo de catequesis en los Concilios limeños. La prohibición
de usar el idioma por parte de Carlos III data de 1770 y se inscribe dentro
de la política lingüística centralizadora de este monarca.
Si el gobernador Matorras implementa medidas inmediatas, la presión
sobre la lengua se intensifica después del levantamiento de Tupac
Amaru (1780). De hecho, el idioma desaparece en Tucumán y otros centros
urbanos del noroeste en los primeros decenios del siglo XIX. Por otra parte,
el período independiente no podría haberse iniciado más
auspiciosamente para las culturas indígenas. Los criollos se alían
con los caciques pampeanos para combatir a españoles e ingleses, Mariano
Moreno sostiene en sus escritos la necesidad de la hermandad entre criollos
e indígenas, en el Congreso de Tucumán se discute, con toda
seriedad, la alternativa de una monarquía inca (y nadie menos que
el General San Martín apoya esta idea), el quechua y el aymara aimara
están presentes en el documento fundacional de la Nación Argentina,
el Acta de Independencia de 1816, el himno de López y Planes evoca
las glorias del incanato y la bandera que crea Belgrano incluye - uno hoy
casi diría ingenuamente - un Inti incaico. Ninguna otra de las naciones
hispanoamericanas hizo tamaña reverencia a su remoto pasado precolombino.
Pero esta ventura cambia radicalmente a partir de mediados de siglo, con
el desenlace de las guerras civiles, cuando se impone como doctrina de unificación
nacional la ideología liberal y modernizadora que representan Domingo
F. Sarmiento. El ejército y la escuela son sus instrumentos. A partir
de ahí no hay más tolerancia con la indianidad. Pronto comienza
la guerra de exterminio contra los indios del sur, que deja a la vista la
conjunción de intereses económicos e ideología. Tampoco
es una casualidad la desaparición del quechua en Catamarca, La Rioja
y Salta en los cincuenta años que siguen a la publicación de
Civilización y Barbarie.
II
El caso de Santiago del Estero es especial, tanto en el
contexto argentino, como americano. Primera fundación española
en territorio argentino, Santiago paradójicamente casi desde el principio
se ubicó entre las más postergadas. Deben haber sido los insoportables
calores y la caprichosa sucesión de sequías e inundaciones,
lo que provocó que gobernadores, obispos y vecinos pudientes prefirieran
residir en alguna de las fundaciones filiales de clima más benigno.
La capital del Tucumán parece nunca haber encontrado su ritmo metropolitano
y en vez de progresar se amodorraba cada vez más. Si bien la pequeña
minoría española, que se quedaba por haberle tomado cariño
o porque no tenía cómo escapar, ocupaba los primeros bancos
de la rústica catedral y decidía absolutamente todo, en los
hechos la inmensa mayoría indígena imponía calladamente
mucho de lo suyo. Mientras no se tocaran los privilegios de la sociedad de
castas ni se discutieran los dogmas católicos, en Santiago imperaba
un espíritu provincianamente tolerante y ecléctico que irradiaba
sobre los pueblos de indios vecinos y les hacía llevadera la integración
cultural. Mientras los indios resignaban sus diversas lenguas y ropajes,
y aprendían el catecismo menor de memoria, guardando creencias y costumbres
disidentes para la intimidad, las familias patricias reservaban sus remilgos
castellanos para los grandes discursos en el Cabildo y las fiestas patronales.
En un proceso de mestización notablemente exitoso, indios y españoles
se fueron amalgamando en una raza de costumbres homogéneas. Lo extraordinario
es que el quichua que había llegado a la comarca no sabemos con certeza
cuándo, con los españoles o antes de ellos (y no queremos discutir
este controversial tema aquí), se convirtió en un denominador
cultural común, en una verdadera "lengua general" para indios y españoles.
A medida que avanzaba el mestizaje y perduraba el aislamiento y la postergación,
el quichua, mechado de bocados, dejos y tonadas lules y andaluces, cacanes
y castellanos, fue lengua principal y materna de casi todos los santiagueños.
Por lo tanto, desde que es santiagueño, el quichua es una lengua híbrida
y esencialmente mestiza y en nuestra opinión la incorporación
de elementos ajenos a la lengua original en cualquier orden no debe considerarse
como contaminación sino como adaptación, transformación
y enriquecimiento.
La situación lingüística del Santiago
colonial - esto tiene que quedar claro - es por lo que sabemos, excepcional
en todo el ámbito de la América hispana y tampoco es representativa
para el resto del Tucumán. Esta excepcionalidad se toca con la que
imperaba en el Cusco y en el ámbito jesuita-guaranítico, pero
cada uno de estos casos caso es sui géneris. Si bien en la gran mayoría
de los territorios coloniales el conocimiento de dos lenguas era difundido
entre indios y españoles, el uso era habitualmente circunscripto a
los contactos interétnicos. Era cosa de curas y capataces conocer
lenguas americanas y de ladinos saber expresarse en castellano. Y por más
interferencias que hubiera, se distinguía claramente entre las lenguas
subordinadas y de uso solamente oral de indios, y el castellano privilegiado,
idioma de españoles y mestizos, exclusivo en todos los órdenes
de la vida pública. Para definir con claridad conceptual la relación
de quichua y español durante la Colonia en Santiago todavía
hace falta mucha investigación investigacíon, pero a
partir de lo que sabemos podemos arriesgar la opinión provisoria de
que el quichua era la lengua que usaban todos los santiagueños en
el orden privado, en el trabajo y en el comercio local como vehículo
de comunicación oral, mientras que el castellano hacía las
veces de lenguaje oficial, escrito y ceremonial. Por lo tanto cabe suponer
también que mientras el quichua era la lengua hablada por casi todos,
salvo por los españoles recién llegados, y había una
porción importante de hablantes exclusivamente monolingües, sobre
todo en el campo, el dominio del castellano se restringía a las familias
patricias, al clero y a los indios y mestizos que de una u otra manera intervenían
en los asuntos públicos.
Con la Independencia, Santiago seguía viviendo
su languidez y su aislamiento, las estructuras y el espíritu de la
Colonia seguían vigentes y los santiagueños seguían
hablando en quichua. La prédica antiindígena sarmientista que
erosionaba la vigencia de las lenguas americanas en todo el país no
encontraba eco, principalmente porque el campesinado santiagueño no
se sentía identificado con la indianidad. Hacía siglos que
había resignado su identidad de indígena, porque indyus o runas
eran para él eran las tribus chaqueñas que conocía por
sus frecuentes incursiones belicosas en los campos del norte. Esto no quiere
decir que la herencia indígena no haya sobrevivido fuerte, pero discreta
y a veces vergonzosamente ocultada debajo o detrás de la nueva identidad
santiagueña. Así lo atestiguan muchas de las tradiciones, costumbres
y creencias que se mantienen vigentes en Santiago, y más que nada
la supervivencia del quichua. Pero hay algo más: mientras que en el
resto de las provincias norteñas las clases dirigentes, enfáticamente
orgullosas de la vertiente peninsular de su ascendencia, no querían
ser asociadas con el demonio de la barbarie e identificaban el castellano
con la argentinidad y el quechua con la indigna condición de indios
y extranjeros, los terratenientes y caudillos santiagueños se identificaban
con la lengua ancestral del campesinado y seguían siendo bilingües.
Tenemos testimonios concluyentes que demuestran que las clases dirigentes
siguieron cultivando el idioma sin complejos y hasta con orgullo elitista
hasta ya entrado el siglo XX y que hasta esa época era habitual escuchar
el quichua hasta en los salones de la capital. De hecho en ningún
recodo de la Argentina el discurso sarmientino tardó tanto en surtir
efecto como en Santiago. Recién la indoctrinación de los maestros
y la clase media urbana, el servicio militar obligatorio y sobre todo la
escolarización de los campesinos, complicada y precaria, introdujo
primero el bilingüismo generalizado y comenzó a cambiar las cosas.
La represión de la lengua por parte de la escuela fue implacable y
caló hondo en la conciencia de los niños quichuistas haciendo
que estos asociaran su lengua con una condición humana inferior. Si
los viejos caudillos habían utilizado el quichua para manipular a
las masas campesinas, como aseguran algunos, la represión del quichua
fue un instrumento de dominación mucho más sutil y perverso
porque forjó un pueblo sumiso a partir de la conciencia de la propia
inferioridad. Finalmente la clase dominante, ya en decadencia, también
se plegó a la irresistible ideología nacional. Las fatales
transformaciones económicas que terminaron terminararon en el
ecocidio del monte santiagueño y la tremenda emigración forzada
que caracteriza la historia de la provincia hasta nuestros días y
parece eternizar la postergación santiagueña, hicieron el resto.
La suerte estaba echada.
III
De cualquier manera, hasta muy entrado el siglo XX todavía existía
un núcleo poblacional demasiado grande sobre el cual no había
como ejercer influencia sin la ayuda del quichua. Esto lo sabían los
curas y los políticos y lo aprendieron también los comerciantes.
Así se da que los primeros testimonios escritos de los que hay noticia
en el dialecto santiagueño pertenezcan precisamente a la época
de mayor presión: son oraciones, proclamas políticas y ofertas
de venta, todos textos destinados a influir desde afuera sobre los quichuahablantes.
Y lógicamente la historia del quichua escrito hubiera
terminado aquí mismo. Hacia mediados del siglo la escuela y los medios
de comunicación cada vez más presentes habían
conseguido una población bilingüe a la que se podía acceder
sin el atajo del quichua. Pero mientras disminuía la vitalidad efectiva
de la lengua, se debilitaba también la vigencia indiscutida del discurso
sarmientista. La historia oficial empezó a ser cuestionada en el ámbito
nacional y esto permitió una nueva mirada sobre los valores de la
cultura tradicional y autóctona. En Santiago y para el quichua fue
decisiva la labor del médico Orestes Di Lullo cuyo trabajo El Folklore
de Santiago del Estero, de 1943, causó gran impacto en los círculos
intelectuales de la provincia. Ayudó también el éxito
que tuvo la novela Shunko de Jorge W. Ábalos, de 1949, y en general
la actitud de muchos maestros rurales como el de la novela, que estando en
contacto permanente con la lengua comprendieron su valor y se sintieron culpables
por el papel que objetivamente cumplían. Pero lo decisivo fue la labor
de Domingo A. Bravo, otro maestro de escuela de la misma generación.
Autodidacta como lingüista y sin poder apoyarse en prácticamente
ningún antecedente, Bravo logra a mediados de los años 50 presentar
un panorama amplio del dialecto santiagueño, una versión de
la historia de su origen, un esbozo elemental de su gramática, su
vocabulario, sorprendentemente completo, y una antología de su poesía
oral.
Por otra parte, en Barrancas (Depto. Salavina), en el
medio del monte santiagueño, había nacido en 1915 Sixto Palavecino,
un talentoso muchacho campesino, quien muy pronto conquistó su lugar
entre los músicos santiagueños. Pero la vivencia de la represión
de su lengua materna era una espina clavada que no dejó de torturarlo.
La historia de lo que podríamos llamar su "destape" como quichuista
está documentada en su chacarera doble Penqakus kawsajj karani. Refiriéndose
a la situación objetiva del idioma, diagnostica olvido colectivo,
falta de memoria individual y desprecio público. En cuanto a su situación
personal, plantea su dilema socio-lingüístico: por un lado la
vergüenza de su propio idioma, y por el otro una dolorosa incompetencia
en el idioma dominante. Aparentemente el círculo vicioso de desprecio,
autodesprecio y silencio, que genera más desprecio, es tan profundo
que no deja romperse si no es por iniciativa de la sociedad identificada
con el idioma dominante. Son las actividades a favor del quichua del profesor
Bravo (como maestro de escuela representante cabal de la cultura oficial)
que provocan en Palavecino que se anime a cantar los gatos y chacareras que
tanto tiempo había callado. Y para su sorpresa le va bien. Se rompe
entonces el embrujo del silencio y la vergüenza se convierte en orgullo.
Palavecino solicita un lugar en la radio local, y junto a otros músicos
e intelectuales quichuistas funda el Alero Quichua Santiagueño, institución
que ha contribuido enormemente al aumento de la autoestima de los quichuahablantes
y a la difusión de su cultura. Es en su contexto donde tenemos que
situar los comienzos de una literatura quichua en Santiago.
IV
Ahora bien, si diagnosticamos el surgimiento de una literatura,
no podemos desconocer que esto no hubiera sido posible si la cultura quichua
no hubiera contado con raíces que supieron mantenerse sólidas
a pesar de la vergüenza, en la clandestinidad de los decenios represivos.
De hecho existía una tradición oral vigorosa y comprobable
de la cual pudieron nutrirse las incipientes letras de los años cincuenta.
Por un lado está la poesía de transmisión oral - en
quichua, en castellano y bilingüe - que conocemos a través de
los cancioneros. Se trata por una parte de rimas infantiles y adivinanzas,
y por la otra de versos de arte menor generalmente destinados a servir de
soporte a la música y entroncadas en la antigua y rica tradición
de la copla hispánica. Son poemas y poemitas de muy diversa calidad,
compuestos por autores anónimos, transmitidos de boca en boca y por
cantores populares semiprofesionales, y finalmente recopilados por estudiosos,
folkloristas y maestros de escuela durante la primera mitad del XX. Si bien
la mayor parte de estas composiciones se distingue de las castellanas nada
más que por el idioma, sería exagerado excluir completamente
la impronta prehispánica. Esto es evidente en la vidala, forma musical
de cuyos orígenes andinos no cabe ninguna duda. Además valdría
la pena averiguar las raíces de los temas animalísticos alrededor
del comisario qaray puka, la comadreja, la mulita y el walitu delincuentón.
Sugerimos modestamente que esta temática, por lo que sabemos ausente
en los cancioneros de otras provincias, podría incluso remontarse
a una tradición anterior a la entrada del quichua en Santiago.
Además de la poesía existe una narrativa
tradicional, cultivada ancestralmente y con notable maestría en los
hogares campesinos, donde no había libros y adonde las noticias llegaban
solo de tanto en tanto. Para amenizar las horas alrededor del fogón
se contaban cuentos, fábulas y anécdotas, humorísticas
y de espanto más que nada, relacionadas con personas y leyendas
conocidas por todos. Si tomamos Estado Actual del Quichua Santiagueño
que Domingo Bravo publicó en 1965 y que es la única colección
de textos orales que existe hasta el presente, encontramos que más
allá de diálogos, relaciones de costumbres antiguas, recuerdos
y testimonios personales, aproximadamente la mitad de los textos pertenece
de una u otra manera a estos géneros narrativos. El que se acerca
a estos textos leyéndolos como literatura escrita nomás, siempre
quedará abrumado por sus desprolijidades. Es que se trata de composiciones
orales, en las cuales el acto de composición, es decir la factura
de la narración, queda mucho más expuesta que en un texto escrito
y corregido. En realidad hay que agradecerle a Bravo que no haya cedido demasiado
a la tentación de emprolijarlos. De cualquier manera, para acercarse
adecuadamente a estos textos, hay que escucharlos y no leerlos. Entonces
se achican sus falencias y se lucen sus virtudes.
V
Antecedentes literarios escriturales encontramos de un
solo tipo: las oraciones rimadas. Ya las habíamos mencionado brevemente
cuando hablamos de los primeros testimonios escritos del dialecto y decíamos
que se trataba de textos destinados a influir desde afuera sobre los quichuistas.
Esto es correcto porque hay buenas razones para creer que la mayoría
de ellas sale originariamente de la pluma de sacerdotes no quichuistas conocedores
del idioma y su intención indisimulada es la propaganda fidei. Pero
hay que ver algo importante: los curas rimadores, algunos más dúctiles
e inspirados que otros, supieron demostrar por primera vez que el quichua
no era solamente un "dialecto" (en el sentido peyorativo de la palabra) capaz
de expresar intimidades del pago y nada más, sino apto también
para los conceptos más elevados de la teología, y que además
era maleable desde el escritorio. Vale decir, que era posible crear un lenguaje
específicamente literario. Más allá de sus logros y
sus torpezas, hay que ser consciente de que cualquier lenguaje literario
siempre difiere del lenguaje de los hablantes. Y cabe agregar que sus esfuerzos
no fueron estériles, ya que sus creaciones penetraron en el acervo
popular ingresando en la tradición oral y rescatando incluso creencias
anteriores al cristianismo, como lo demuestran las deformaciones populares
en algunos casos muy significativas.
En este contexto hay que considerar también el
empeño del polémico Instituto Lingüístico de Verano,
que con idénticas intenciones a las de sus antecesores católicos
y con resultados muy comparables entre aciertos y desaciertos, se abocó
durante los últimos años setenta a la traducción de
algunos pasajes de los Evangelios. Independiente de las simpatías
y antipatías que uno pueda tener por el fundamentalismo evangélico,
hay que ponderarle que después de la iglesia católica fue la
única institución que desde afuera tomó el idioma en
serio e hizo esfuerzos para ampliar sus posibilidades intrínsecas.
¡Ojalá otros - los gobiernos, las universidades - hubieran hecho
lo mismo!
VI
Ya vimos como a mediados del siglo pasado habían
mejorado las condiciones generales para el quichua. Pero también sabemos,
por otra parte, que se trataba de un momento históricamente crítico,
no sólo para el quichua sino para toda la cultura tradicional argentina.
Los cambios socioeconómicos que condicionaron la tremenda emigración
del campesinado a las aglomeraciones urbanas y el avance de los medios masivos
de comunicación pusieron definitivamente en juego la sobrevivencia
de las culturas tradicionales. El afán de los recopiladores folkloristas
coincide con un debilitamiento ostensible de la vitalidad oral. Es fácil
conjeturar que si para la literatura quichua no se hubieran dado las condiciones
para entrar en la zona escritural justo en aquel momento histórico,
también se hubieran perdido irremediablemente las tradiciones orales
que hasta el momento constituían toda su literatura. Los cancioneros
hubieran ingresado como letra muerta en las bibliotecas, y la lengua se hubiera
quedado sin uno de sus instrumentos más efectivos de sobrevivencia.
Los que empezaron a escribir a partir de los años cincuenta pudieron
agarrarse cuasi a último momento de una tradición en estado
crítico pero todavía viva entonces, es decir supieron enlazar
su quehacer escritural con las prácticas orales que los precedían.
La literatura quichua que tenemos, revisada cincuenta años después
de sus inicios, se deja definir a partir de su relación con la tradición,
y los autores y las obras encuentran su lugar ubicándose dentro de
esta encrucijada entre oralidad y escritura. En lo que sigue analizaremos
algunos casos sintomáticos.
VII
La primera obra literaria publicada que contiene un texto
en quichua es El Desierto Saladino de Ángel Luciano López,
cuya primera edición data de 1938. Se trata de una mezcolanza florida
de notas, ensayos, narraciones, semblanzas, poemas y dibujos, todos
referidos a temas localistas de la zona del río Salado. En uno de
sus apartados recoge bajo el título Originales versos en "quichua"
de la costa saladina siete coplas anónimas que Bravo posteriormente
incluye en su Cancionero. Y en otro apartado presenta una breve narración
en quichua, Mawka Tyempos, Leyenda quichua, a la cual hace seguir una traducción
al castellano, que conserva el espíritu del relato y de la lengua,
pero cambia algunos detalles. Más allá de la pregunta
que se impone, si se trata de un relato oral recopilado o de una composición
en quichua del propio escritor, lo importante para nosotros es que, poniendo
el relato en el contexto en que lo pone, López utiliza por primera
vez el quichua (el suyo y/o el de su informante) como lengua literaria en
el sentido moderno, escritural, del término.
En la entonces floreciente Villa Atamishqui, en el año
1953 el poeta, músico y escultor José Antonio Sosa, quien además
hacía de policía y curandero en su pueblo, presenta al público
Pallaspa Chinkas Richkajjta (Juntando lo que se va perdiendo), un poema épico
en versos de excelente factura que trata de la vida de un muchacho pobre
que egresa de la Salamanca, la legendaria cueva del diablo donde los muchachos
campesinos aprenden las artes en las que quieren destacarse, y encuentra
su camino en un mundo rural en donde asoma la historia santiagueña
y sus caudillos y la tradición del monte está plenamente vigente.
A pesar de este ambiente colmado de supersticiones y leyendas, en el poema
hay un clima muy distinto al de los relatos supersticiosos tradicionales:
sorprende el comportamiento del protagonista que no parece compartir los
miedos irracionales que rigen las vidas de los demás. Es como si fuera
un viajero en el tiempo, un "moderno" desprejuiciado trasladado a tiempos
pasados, tiempos que el autor extraña sin sentir ninguna nostalgia
(valga la paradoja). El título es sintomático y refleja con
absoluta precisión el momento histórico en el que el mundo
tradicional va desvaneciéndose inexorablemente. Pero hay más:
desde el mismo título Sosa equipara su labor poética con el
quehacer de los recopiladores y en el prefacio queda expresamente dicho que
la obra va dirigida a la intelectualidad y no al público al que el
mismo Sosa suele dedicar sus vidalas y chacareras: He escrito la presente
obra en la lengua autóctona que se habla actualmente en las regiones
interiores de Santiago del Estero… con el ánimo de colaborar con los
estudiosos dedicados a esta especialidad, documentando una forma de expresión
verbal que se iba perdiendo y que agraciadamente, con la acertada medida
de Gobierno que establece que el quichua sea enseñado en los diversos
establecimientos, … encontrará asidero para perdurar… Referente a
su contenido de fondo, he aprovechado para hermanar el lenguaje a la serie
de fábulas, mitos y relatos de la cosmogonía vernacular (sic),
creando un personaje…En otras palabras, el objetivo prioritario del poema
no es tanto ese mundo que se está perdiendo y que en definitiva no
vale la pena rescatar, sino la lengua quichua que está en peligro
de desaparecer con él, pero que ahora tiene una nueva oportunidad.
Se trata del futuro y no del pasado. El diagnóstico de Sosa en cuanto
al momento histórico del idioma es tan correcto como (tal vez demasiado)
optimista. La forma de expresión verbal está por entrar, tiene
que entrar en su fase escritural. El poema escrito que el autor presenta
es un complejo primer paso para que el quichua salga de su condición
ágrafa. Sin embargo no puede dirigirse a su público natural,
a los quichuistas, por su condición de iletrados. El segundo paso
imprescindible, para que sea para ellos y para que la lengua cambie de estatus,
es consecuentemente la escolarización de la enseñanza del idioma
que el autor confía que va a implementar el gobierno. En todo caso
queda claro que para Sosa sin literatura y sin escolarización no hay
futuro para la lengua, una vez anulado el contexto ya insalvable de la cultura
tradicional y oral. Un diagnóstico impecable.
No hay duda de que Sixto Palavecino es la figura más
importante en la cultura quichua de los últimos cincuenta años
y la única que ha sabido trascender transcender sus fronteras. Su
fama nacional se la debe en primer lugar a su importancia como músico
folklórico pero también a su rol de defensor de la cultura
quichua. Si es que el argentino promedio sabe algo sobre el quichua, lo sabe
por y a través de Don Sixto. Pero su vigencia es aún mayor
hacia adentro. La débil autoestima del quichuista tiene poco en qué
apoyarse, pero la figura de Palavecino le basta para atemperar sus inseguridades.
En lo que se refiere a las letras quichuas, no hay otro que haya acumulado
en los últimos cincuenta años una obra que, entre textos poéticos,
cuentos y traducciones, se parezca a la suya en volumen y transcendencia
pública. Por otra parte es evidente que su estética nunca rebasó
el umbral estricto de la oralidad. En comparación con la concepción
de Sosa que plantea una relación cuasi dialéctica entre obra
oral (versos para los quichuistas) y obra escrita (para la intelectualidad),
Palavecino mantiene una posición mucho más conservadora que
nunca se aleja de la oralidad y de su público quichuista. Don Sixto
es violinisto y cantor ante todo, y el pueblo campesino es el destinatario
primordial de su arte y su mensaje. Que también le guste a los no
quichuistas le sorprende, le divierte, le agrada mucho y lo agradece, pero
no lo hace cambiar en nada, al contrario, le refuerza sus ideales estéticos.
Desde luego nunca se ha considerado algo así como un escritor y efectivamente
tampoco lo es. Sus poemas nunca son un fin en sí, sino están
subordinados a su función como soporte de la música, sus cuentos
nunca son totalmente independientes de la situación en la que los
cuenta y de los interlocutores presentes. Sus composiciones se lo deben todo
a las antiguas prácticas de los versificadores y cuentistas populares,
que no concebían sobre una hoja en blanco sino sobre una oportunidad
que los invitaba a improvisar. De ahí su inmediatez y su desparpajo,
tan atractivos, pero de ahí también sus aparentes defectos
que incluso pueden resultar chocantes para el lector desconocedor de los
procederes de la literatura oral. Sin embargo no hay duda de que una cantidad
importante de sus obras se sostienen solas como obras poéticas y narrativas,
sin el contexto improvisatorio y sin la música para la que fueron
concebidos. Sus trabajos han sido compilados y editados, es decir han sido
contextualizados dentro de la literatura, pero su gran aporte sigue siendo
el de haber resumido toda la tradición oral y haberla entregado viva
e intacta a la nueva época escritural.
Prácticamente en las antípodas estéticas
de Palavecino se sitúa su amigo, el poeta figueroano Vicente
J. Salto, otro de los fundadores del Alero Quichua Santiagueño. Es
que mientras Palavecino es kichwap waan, hijo del pueblo, el arte de Salto,
nieto del caudillo Antonino Taboada, se encuadra dentro de las polaridades
contradictorias del orgulloso aristocratismo populista que siempre mantuvo
esta familia tan importante para la historia de la provincia y del idioma.
Cuentero, cantor y guitarrero, Salto era un maestro de la palabra improvisada,
sobre todo en ronda de amigos. Pero cambia de actitud cuando produce literatura.
Para él hay un abismo entre la oralidad y la escritura. En su libro
de poemas Para Yaku, de 1969, su poesía aparece siempre culta, casi
altanera, a veces cerebral y a veces atormentada, cuando se abisma en cavilaciones
filosóficas, pero tierna también cuando dedica sus versos a
sus seres queridos, y cuando canta el paisaje que ama resurgen tonos que
recuerdan, estilizados desde luego, los populares. Su quichua corresponde
a estas actitudes: lejos de la lengua hablada, es un lenguaje eminentemente
creativo y conscientemente "difícil" que bucea en la insospechada
riqueza de recursos del que naturalmente dispone y busca la máxima
concentración expresiva en la fórmula elaborada, ahonda en
el vocabulario heredado ampliando sus posibilidades en forma sorprendente,
sin hacer la más mínima concesión a los préstamos
del español. Cabe agregar que Salto también ha incurrido en
la prosa moral y filosófica, en el pequeño ensayo Llajjtayku
kichwakuna por ejemplo, en el que consigue demostrar la aptitud del menospreciado
dialecto para decir las cosas más complejas con un mínimo de
palabras.
En el prólogo de su libro de cuentos Wawayay que
incluye los episodios más importantes de la saga del zorro don Juan,
Aldo L.Tévez asegura haber recopilado estas fábulas en su pago
natal. La tradición oral no sólo inspira, sino todavía
da legitimidad a lo escrito. Que las haya recopilado es cierto en un sentido
poético, pero no técnico. Es que Tévez no es un recopilador
del tipo académico, que anda por los campos con grabador y cuaderno
de notas, sino un escritor que reelabora con sus propias palabras y mediante
procedimientos escriturales las historias que alguna y muchas veces le fueron
contadas, se le grabaron en la mente y desafiaron su creatividad desde la
niñez. Su lenguaje no es el mismo que hablan los quichuistas de su
comarca, ningún lenguaje literario lo es. Aunque no se aparta del
todo de lo coloquial, es evidente su empeño por la pureza del lenguaje:
sin llegar a extremos, evita los préstamos castellanos, revive vocablos
caídos en desuso e introduce nuevos a partir de otros dialectos quechuas.
También en su poesía prefiere un quichua descontaminado del
castellano, pero la frontera entre lenguaje hablado y lenguaje escrito, entre
literatura y práctica oral no es tan rígida como en Salto.
Su quichua por lo general es más accesible, más popular, su
tono menos aristocrático que el del poeta figueroano. Podría
decirse, además, que su inspiración es más exotérica
y su poética definitivamente ecléctica. En su poemario Qomer
Pacha, de 1994, incluye poemas que están en la línea trazada
por Salto, pero también hay coplas y chacareras de auténtico
tono popular, al lado de un poema americanista celebratorio del espíritu
quichua y andino y otro de influjo nerudiano, además de varias traducciones.
Tal vez el más culto entre los escritores quichuistas
sea Mario Cayetano Tebes. De padre terrateniente y madre maestra, integrante
del clan de los Taboada, nació en Pozo del Castaño en 1927.
Su niñez en los campos de Figueroa estuvo impregnada de la música
y del sabor de su lengua, pero desde el hogar tampoco le fueron ajenas las
contradicciones lingüísticas con las que tienen que vivir los
quichuistas de todas las condiciones sociales. Sus padres prefirieron que
siguiera sus estudios en Santiago, y ya a los veinte años partió
para Buenos Aires, donde sigue viviendo hasta la fecha. Aunque nunca dejó
de frecuentar a sus coterráneos ni de practicar su lengua, recién
de grande sintió la necesidad de dedicarse cada vez con más
intensidad a su idioma materno. Entonces estudió con Domingo Bravo
y siguió estudiando, profundizando y manteniéndose siempre
a la altura de la más reciente investigación sobre el dialecto
santiagueño. Trabajó también con Ricardo Nardi, Donald
H. Burns y Jorge Alderetes y desde hace muchos años enseña
en el Instituto de Lingüística de la Universidad de Buenos Aires.
Dedicado enteramente a la investigación y la enseñanza, es
hoy una autoridad indiscutida sobre la materia, y sin embargo encuentra tiempo
para recordar y escribir. Su lenguaje literario es el quichua figueroano
más acendrado y al mismo tiempo más cercano a la lengua hablada
por los campesinos. Su intención estética se acerca a la de
Sosa, en cuanto su finalidad es más que nada el rescate del idioma.
Los protagonistas de su obra cuentística, prácticamente inédita
hasta ahora, son los shalacos - habitantes del las costas del río
Salado - pícaros y ocurrentes aun en la torpeza. La quichua que les
sale del alma y la trabajosa castilla, son dos expresiones que compiten y
chocan, se subsidian y se confunden en la boca de estos entrañables
personajes. Su bilingüismo asimétrico conforma un escenario que
da lugar a jugosas y risueñas anécdotas que Tebes cuenta con
esa maestría natural, tan difundida en los pagos del Salado.
Una mención aparte merece Hipólito Tolosa,
conocido como Don Ishicu. Su historia personal calca en principio la de miles
de campesinos santiagueños que sufrieron como él pobreza, analfabetismo,
discriminación y exilio. Pero su inteligencia y su talento lo llevaron
a superar estas contingencias sin renegar de lo suyo. Ya adulto, Tolosa aprendió
a leer y escribir y, ya sesentón, no ha perdido las ganas de terminar
el secundario. Poeta, cuentero, conferencista, mudanciador y defensor de
la cultura autóctona, este hombre, que es por siempre alumno y pedagogo
a la vez, es un verdadero personaje de la escena cultural quichuista de Buenos
Aires. Y a pesar de haber aprendido a escribir ya de grande, es un escritor
en el sentido cabal, que si bien también abreva en las fuentes orales
de la tradición, se inspira muchas veces en la lectura. Es palpable
que concibe sus cuentos y conferencias con el lápiz en la mano y que
busca conscientemente, acertando y desacertando, un lenguaje literario que
se diferencie del lenguaje cotidiano. Como Salto, como Tévez y como
otros que no mencionamos aquí, sabe que la innovación y la
creatividad de sus poetas es la única oportunidad que tiene el quichua
de mantenerse vivo, de renovarse escapando de un estado de indigencia progresiva
que no es otra cosa que la extinción lenta pero cierta.
VIII
Terminamos con un balance que puede llegar a sonar pesimista,
pero que es ineludible. A pesar de sus logros, aciertos y joyitas, es evidente
que la literatura quichua no es una gran literatura ni se encuentra floreciente
en estos días. Sus protagonistas escriben poco, publican menos y menos
todavía se los lee. Con preocupación constatamos además
que muchos autores viven y escriben fuera de su provincia y sin el contacto
cotidiano con el lenguaje vivo que es la materia prima de su labor. Tampoco
notamos demasiados indicios de un recambio generacional urgente. Con contadísimas
excepciones, como la de Vitu Barraza que anda en sus cuarenta, los escritores
que nos constan ya han muerto o son señores mayores y muy mayores.
El surgimiento de una nueva generación de escritores es para el quichua
una prueba de vida, ya que las nuevas camadas que tendrían que estar
escribiendo ahora se criaron en una época en la que la tradición
oral ya estaba extinta. Se trata de probar que una literatura quichua definitivamente
post-oral también es posible. Que a pesar de las condiciones adversas,
el quichua encontrará el camino para seguir vigente en el mundo cambiante
e imprevisible que tenemos por delante.
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(esta lista se ciñe estrictamente a la literatura utilizada y mencionada
en este trabajo)
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