Tradición oral y empeño
por la escritura
en la literatura
del quichua de Santiago del Estero
Atila Karlovich F.
Asociación Investigadores en Lengua Quechua
adilq@hotmail.com
El quichua santiagueño es el único dialecto quechua que
sobrevive en la Argentina. Si bien tiene aproximadamente cien mil hablantes,
prácticamente todos ellos son bilingües (con una gran variedad
de competencias en los dos idiomas) y casi todos iletrados en el quichua,
lengua ancestralmente ágrafa y reprimida desde afuera y desde adentro.
No es probable que bajo estas condiciones se desarrolle algo que se pueda
llamar literatura. La cultura literaria supone conciencia del valor propio
y un entramado institucional y social que en la época actual implica
escolaridad, oportunidades para publicar y un público lector interesado
en lo que se escribe. No hace falta insistir en que casi todo esto siempre
faltó y sigue faltando. Sin embargo, de hecho, algo hay. Preguntamos
por la literatura, porque estamos convencidos de que sin ella cualquier idioma
está condenado a la extinción. Recapitularemos el contexto
histórico y abordaremos las letras quichuas desde la perspectiva de
la disyuntiva de oralidad y escritura que está en sus orígenes
y que las sigue caracterizando. Desde ahí podremos encarar también
brevemente las cuestiones que se imponen respecto a su futuro.
Sabemos que la época colonial había sido relativamente
propicia para el quechua, debido, principalmente, a su oficialización
como vehículo de catequesis en los Concilios limeños. La prohibición
de usar el idioma por parte de Carlos III data de 1770 y se inscribe dentro
de la política lingüística centralizadora de este monarca.
Si el gobernador Matorras implementa medidas inmediatas, la presión
sobre la lengua se intensifica después del levantamiento de Tupac
Amaru (1780). De hecho, el idioma desaparece en Tucumán y otros centros
urbanos del noroeste en los primeros decenios del siglo XIX. Por otra parte,
el período independiente no podría haberse iniciado más
auspiciosamente para las culturas indígenas. Los criollos se alían
con los caciques pampeanos para combatir a españoles e ingleses, Mariano
Moreno sostiene en sus escritos la necesidad de la hermandad entre criollos
e indígenas, en el Congreso de Tucumán se discute, con toda
seriedad, la alternativa de una monarquía inca (y nadie menos que
el General San Martín apoya esta idea), el quechua y el aymara están
presentes en el documento fundacional de la Nación Argentina, el Acta
de Independencia de 1816, el himno de López y Planes evoca las glorias
del incanato y la bandera que crea Belgrano incluye - uno hoy casi diría
ingenuamente - un Inti incaico. Ninguna otra de las naciones hispanoamericanas
hizo tamaña reverencia a su remoto pasado precolombino. Pero esta
ventura cambia radicalmente a partir de mediados de siglo, con el desenlace
de las guerras civiles, cuando se impone como doctrina de unificación
nacional la ideología liberal y modernizadora que representan Domingo
F. Sarmiento. El ejército y la escuela son sus instrumentos. A partir
de ahí no hay más tolerancia con la indianidad. Pronto comienza
la guerra de exterminio contra los indios del sur, que deja a la vista la
conjunción de intereses económicos e ideología. Tampoco
es una casualidad la desaparición del quechua en Catamarca, La Rioja
y Salta en los cincuenta años que siguen a la publicación de
Civilización y Barbarie.
El caso de Santiago es especial, tanto en el contexto argentino,
como americano. Primera fundación española en territorio argentino,
Santiago paradójicamente casi desde el principio se ubicó entre
las más postergadas. Deben haber sido los insoportables calores y
la caprichosa sucesión de sequías e inundaciones, lo que provocó
que gobernadores, obispos y vecinos pudientes prefirieran residir en alguna
de las fundaciones filiales de clima más benigno. La capital del Tucumán
parece nunca haber encontrado su ritmo metropolitano y en vez de progresar
se amodorraba cada vez más. Si bien la pequeña minoría
española, que se quedaba por haberle tomado cariño o porque
no tenía cómo escapar, ocupaba los primeros bancos de la rústica
catedral y decidía absolutamente todo, en los hechos la inmensa mayoría
indígena imponía calladamente mucho de lo suyo. Mientras no
se tocaran los privilegios de la sociedad de castas ni se discutieran los
dogmas católicos, en Santiago imperaba un espíritu provincianamente
tolerante y ecléctico que irradiaba sobre los pueblos de indios vecinos
y les hacía llevadera la integración cultural. Mientras los
indios resignaban sus diversas lenguas y ropajes, y aprendían el catecismo
menor de memoria, guardando creencias y costumbres disidentes para la intimidad,
las familias patricias reservaban sus remilgos castellanos para los grandes
discursos en el Cabildo y las fiestas patronales. En un proceso de mestización
notablemente exitoso, indios y españoles se fueron amalgamando en
una raza de costumbres homogéneas. Lo extraordinario es que el quichua
que había llegado a la comarca no sabemos con certeza cuándo,
con los españoles o antes de ellos (y no queremos discutir este controversial
tema aquí), se convirtió en un denominador cultural común,
en una verdadera "lengua general" para indios y españoles. A medida
que avanzaba el mestizaje y perduraba el aislamiento y la postergación,
el quichua, mechado de bocados, dejos y tonadas lules y andaluces, cacanes
y castellanos, fue lengua principal y materna de casi todos los santiagueños.
Por lo tanto, desde que es santiagueño, el quichua es una lengua híbrida
y esencialmente mestiza y en nuestra opinión la incorporación
de elementos ajenos a la lengua original en cualquier orden no debe considerarse
como contaminación sino como adaptación, transformación
y enriquecimiento.
La situación lingüística del Santiago colonial - esto
tiene que quedar claro - es por lo que sabemos, excepcional en todo el ámbito
de la América hispana y tampoco es representativa para el resto del
Tucumán. Esta excepcionalidad se toca con la que imperaba en el Cusco
y en el ámbito jesuita-guaranítico, pero cada uno de estos
caso es sui géneris. Si bien en la gran mayoría de los territorios
coloniales el conocimiento de dos lenguas era difundido entre indios y españoles,
el uso era habitualmente circunscripto a los contactos interétnicos.
Era cosa de curas y capataces conocer lenguas americanas y de ladinos saber
expresarse en castellano. Y por más interferencias que hubiera, se
distinguía claramente entre las lenguas subordinadas y de uso solamente
oral de indios, y el castellano privilegiado, idioma de españoles
y mestizos, exclusivo en todos los órdenes de la vida pública.
Para definir con claridad conceptual la relación de quichua y español
durante la Colonia en Santiago todavía hace falta mucha investigacíon,
pero a partir de lo que sabemos podemos arriesgar la opinión provisoria
de que el quichua era la lengua que usaban todos los santiagueños
en el orden privado, en el trabajo y en el comercio local como vehículo
de comunicación oral, mientras que el castellano hacía las
veces de lenguaje oficial, escrito y ceremonial. Por lo tanto cabe suponer
también que mientras el quichua era la lengua hablada por casi todos,
salvo por los españoles recién llegados, y había una
porción importante de hablantes exclusivamente monolingües, sobre
todo en el campo, el dominio del castellano se restringía a las familias
patricias, al clero y a los indios y mestizos que de una u otra manera intervenían
en los asuntos públicos.
Con la Independencia, Santiago seguía viviendo su languidez y su aislamiento,
las estructuras y el espíritu de la Colonia seguían vigentes
y los santiagueños seguían hablando en quichua. La prédica
antiindígena sarmientista que erosionaba la vigencia de las lenguas
americanas en todo el país no encontraba eco, principalmente porque
el campesinado santiagueño no se sentía identificado con la
indianidad. Hacía siglos que había resignado su identidad de
indígena, porque indyus o runas eran para él eran las tribus
chaqueñas que conocía por sus frecuentes incursiones belicosas
en los campos del norte. Esto no quiere decir que la herencia indígena
no haya sobrevivido fuerte, pero discreta y a veces vergonzosamente ocultada
debajo o detrás de la nueva identidad santiagueña. Así
lo atestiguan muchas de las tradiciones, costumbres y creencias que se mantienen
vigentes en Santiago, y más que nada la supervivencia del quichua.
Pero hay algo más: mientras que en el resto de las provincias norteñas
las clases dirigentes, enfáticamente orgullosas de la vertiente peninsular
de su ascendencia, no querían ser asociadas con el demonio de la barbarie
e identificaban el castellano con la argentinidad y el quechua con la indigna
condición de indios y extranjeros, los terratenientes y caudillos
santiagueños se identificaban con la lengua ancestral del campesinado
y seguían siendo bilingües. Tenemos testimonios concluyentes
que demuestran que las clases dirigentes siguieron cultivando el idioma sin
complejos y hasta con orgullo elitista hasta ya entrado el siglo XX y que
hasta esa época era habitual escuchar el quichua hasta en los salones
de la capital. De hecho en ningún recodo de la Argentina el discurso
sarmientino tardó tanto en surtir efecto como en Santiago. Recién
la indoctrinación de los maestros y la clase media urbana, el servicio
militar obligatorio y sobre todo la escolarización de los campesinos,
complicada y precaria, introdujo primero el bilingüismo generalizado
y comenzó a cambiar las cosas. La represión de la lengua por
parte de la escuela fue implacable y caló hondo en la conciencia de
los niños quichuistas haciendo que estos asociaran su lengua con una
condición humana inferior. Si los viejos caudillos habían utilizado
el quichua para manipular a las masas campesinas, como aseguran algunos,
la represión del quichua fue un instrumento de dominación mucho
más sutil y perverso porque forjó un pueblo sumiso a partir
de la conciencia de la propia inferioridad. Finalmente la clase dominante,
ya en decadencia, también se plegó a la irresistible ideología
nacional. Las fatales transformaciones económicas que terminararon
en el ecocidio del monte santiagueño y la tremenda emigración
forzada que caracteriza la historia de la provincia hasta nuestros días
y parece eternizar la postergación santiagueña, hicieron el
resto. La suerte estaba echada.
De cualquier manera, hasta muy entrado el siglo XX todavía
existía un núcleo poblacional demasiado grande sobre el cual
no había como ejercer influencia sin la ayuda del quichua. Esto lo
sabían los curas y los políticos y lo aprendieron también
los comerciantes. Así se da que los primeros testimonios escritos
de los que hay noticia en el dialecto santiagueño pertenezcan precisamente
a la época de mayor presión: son oraciones, proclamas políticas
y ofertas de venta, todos textos destinados a influir desde afuera sobre
los quichuahablantes.
Y lógicamente la historia del quichua escrito hubiera terminado aquí
mismo. Hacia mediados del siglo la escuela y los medios de comunicación
cada vez más presentes habían conseguido una población
bilingüe a la que se podía acceder sin el atajo del quichua.
Pero mientras disminuía la vitalidad efectiva de la lengua, se debilitaba
también la vigencia indiscutida del discurso sarmientista. La historia
oficial empezó a ser cuestionada en el ámbito nacional y esto
permitió una nueva mirada sobre los valores de la cultura tradicional
y autóctona. En Santiago y para el quichua fue decisiva la labor del
médico Orestes Di Lullo cuyo trabajo El Folklore de Santiago del Estero,
de 1943, causó gran impacto en los círculos intelectuales de
la provincia. Ayudó también el éxito que tuvo la novela
Shunko de Jorge W. Ábalos, de 1949, y en general la actitud de muchos
maestros rurales como el de la novela, que estando en contacto permanente
con la lengua comprendieron su valor y se sintieron culpables por el papel
que objetivamente cumplían. Pero lo decisivo fue la labor de Domingo
A. Bravo, otro maestro de escuela de la misma generación. Autodidacta
como lingüista y sin poder apoyarse en prácticamente ningún
antecedente, Bravo logra a mediados de los años 50 presentar un panorama
amplio del dialecto santiagueño, una versión de la historia
de su origen, un esbozo elemental de su gramática, su vocabulario,
sorprendentemente completo, y una antología de su poesía oral.
Por otra parte, en Barrancas (Depto. Salavina), en el medio del monte santiagueño,
había nacido en 1915 Sixto Palavecino, un talentoso muchacho campesino,
quien muy pronto conquistó su lugar entre los músicos santiagueños.
Pero la vivencia de la represión de su lengua materna era una espina
clavada que no dejó de torturarlo. La historia de lo que podríamos
llamar su "destape" como quichuista está documentada en su chacarera
doble Penqakus kawsajj karani. Refiriéndose a la situación
objetiva del idioma, diagnostica olvido colectivo, falta de memoria individual
y desprecio público. En cuanto a su situación personal, plantea
su dilema socio-lingüístico: por un lado la vergüenza de
su propio idioma, y por el otro una dolorosa incompetencia en el idioma dominante.
Aparentemente el círculo vicioso de desprecio, autodesprecio y silencio,
que genera más desprecio, es tan profundo que no deja romperse si
no es por iniciativa de la sociedad identificada con el idioma dominante.
Son las actividades a favor del quichua del profesor Bravo (como maestro
de escuela representante cabal de la cultura oficial) que provocan en Palavecino
que se anime a cantar los gatos y chacareras que tanto tiempo había
callado. Y para su sorpresa le va bien. Se rompe entonces el embrujo del
silencio y la vergüenza se convierte en orgullo. Palavecino solicita
un lugar en la radio local, y junto a otros músicos e intelectuales
quichuistas funda el Alero Quichua Santiagueño, institución
que ha contribuido enormemente al aumento de la autoestima de los quichuahablantes
y a la difusión de su cultura. Es en su contexto donde tenemos que
situar los comienzos de una literatura quichua en Santiago.
Ahora bien, si diagnosticamos el surgimiento de una literatura, no
podemos desconocer que esto no hubiera sido posible si la cultura quichua
no hubiera contado con raíces que supieron mantenerse sólidas
a pesar de la vergüenza, en la clandestinidad de los decenios represivos.
De hecho existía una tradición oral vigorosa y comprobable
de la cual pudieron nutrirse las incipientes letras de los años cincuenta.
Por un lado está la poesía de transmisión oral - en
quichua, en castellano y bilingüe - que conocemos a través de
los cancioneros. Se trata por una parte de rimas infantiles y adivinanzas,
y por la otra de versos de arte menor generalmente destinados a servir de
soporte a la música y entroncadas en la antigua y rica tradición
de la copla hispánica. Son poemas y poemitas de muy diversa calidad,
compuestos por autores anónimos, transmitidos de boca en boca y por
cantores populares semiprofesionales, y finalmente recopilados por estudiosos,
folkloristas y maestros de escuela durante la primera mitad del XX. Si bien
la mayor parte de estas composiciones se distingue de las castellanas nada
más que por el idioma, sería exagerado excluir completamente
la impronta prehispánica. Esto es evidente en la vidala, forma musical
de cuyos orígenes andinos no cabe ninguna duda. Además valdría
la pena averiguar las raíces de los temas animalísticos alrededor
del comisario qaray puka, la comadreja, la mulita y el walitu delincuentón.
Sugerimos modestamente que esta temática, por lo que sabemos ausente
en los cancioneros de otras provincias, podría incluso remontarse
a una tradición anterior a la entrada del quichua en Santiago.
Además de la poesía existe una narrativa tradicional, cultivada
ancestralmente y con notable maestría en los hogares campesinos, donde
no había libros y adonde las noticias llegaban solo de tanto en tanto.
Para amenizar las horas alrededor del fogón se contaban cuentos, fábulas
y anécdotas, humorísticas y de espanto más que nada,
relacionadas con personas y leyendas conocidas por todos. Si tomamos
Estado Actual del Quichua Santiagueño que Domingo Bravo publicó
en 1965 y que es la única colección de textos orales
que existe hasta el presente, encontramos que más allá de diálogos,
relaciones de costumbres antiguas, recuerdos y testimonios personales, aproximadamente
la mitad de los textos pertenece de una u otra manera a estos géneros
narrativos. El que se acerca a estos textos leyéndolos como literatura
escrita nomás, siempre quedará abrumado por sus desprolijidades.
Es que se trata de composiciones orales, en las cuales el acto de composición,
es decir la factura de la narración, queda mucho más expuesta
que en un texto escrito y corregido. En realidad hay que agradecerle a Bravo
que no haya cedido demasiado a la tentación de emprolijarlos. De cualquier
manera, para acercarse adecuadamente a estos textos, hay que escucharlos
y no leerlos. Entonces se achican sus falencias y se lucen sus virtudes.
Antecedentes literarios escriturales encontramos de un solo tipo:
las oraciones rimadas. Ya las habíamos mencionado brevemente cuando
hablamos de los primeros testimonios escritos del dialecto y decíamos
que se trataba de textos destinados a influir desde afuera sobre los quichuistas.
Esto es correcto porque hay buenas razones para creer que la mayoría
de ellas sale originariamente de la pluma de sacerdotes no quichuistas conocedores
del idioma y su intención indisimulada es la propaganda fidei. Pero
hay que ver algo importante: los curas rimadores, algunos más dúctiles
e inspirados que otros, supieron demostrar por primera vez que el quichua
no era solamente un "dialecto" (en el sentido peyorativo de la palabra) capaz
de expresar intimidades del pago y nada más, sino apto también
para los conceptos más elevados de la teología, y que además
era maleable desde el escritorio. Vale decir, que era posible crear un lenguaje
específicamente literario. Más allá de sus logros y
sus torpezas, hay que ser consciente de que cualquier lenguaje literario
siempre difiere del lenguaje de los hablantes. Y cabe agregar que sus esfuerzos
no fueron estériles, ya que sus creaciones penetraron en el acervo
popular ingresando en la tradición oral y rescatando incluso creencias
anteriores al cristianismo, como lo demuestran las deformaciones populares
en algunos casos muy significativas.
En este contexto hay que considerar también el empeño del polémico
Instituto Lingüístico de Verano, que con idénticas intenciones
a las de sus antecesores católicos y con resultados muy comparables
entre aciertos y desaciertos, se abocó durante los últimos
años setenta a la traducción de algunos pasajes de los Evangelios.
Independiente de las simpatías y antipatías que uno pueda tener
por el fundamentalismo evangélico, hay que ponderarle que después
de la iglesia católica fue la única institución que
desde afuera tomó el idioma en serio e hizo esfuerzos para ampliar
sus posibilidades intrínsecas. ¡Ojalá otros - los gobiernos,
las universidades - hubieran hecho lo mismo!
Ya vimos como a mediados del siglo pasado habían mejorado
las condiciones generales para el quichua. Pero también sabemos, por
otra parte, que se trataba de un momento históricamente crítico,
no sólo para el quichua sino para toda la cultura tradicional argentina.
Los cambios socioeconómicos que condicionaron la tremenda emigración
del campesinado a las aglomeraciones urbanas y el avance de los medios masivos
de comunicación pusieron definitivamente en juego la sobrevivencia
de las culturas tradicionales. El afán de los recopiladores folkloristas
coincide con un debilitamiento ostensible de la vitalidad oral. Es fácil
conjeturar que si para la literatura quichua no se hubieran dado las condiciones
para entrar en la zona escritural justo en aquel momento histórico,
también se hubieran perdido irremediablemente las tradiciones orales
que hasta el momento constituían toda su literatura. Los cancioneros
hubieran ingresado como letra muerta en las bibliotecas, y la lengua se hubiera
quedado sin uno de sus instrumentos más efectivos de sobrevivencia.
Los que empezaron a escribir a partir de los años cincuenta pudieron
agarrarse cuasi a último momento de una tradición en estado
crítico pero todavía viva entonces, es decir supieron enlazar
su quehacer escritural con las prácticas orales que los precedían.
La literatura quichua que tenemos, revisada cincuenta años después
de sus inicios, se deja definir a partir de su relación con la tradición,
y los autores y las obras encuentran su lugar ubicándose dentro de
esta encrucijada entre oralidad y escritura. En lo que sigue analizaremos
algunos casos sintomáticos.
La primera obra literaria publicada que contiene un texto en quichua
es El Desierto Saladino de Ángel Luciano López, cuya primera
edición data de 1938. Se trata de una mezcolanza florida de notas,
ensayos, narraciones, semblanzas, poemas y dibujos, todos referidos
a temas localistas de la zona del río Salado. En uno de sus apartados
recoge bajo el título Originales versos en "quichua" de la costa saladina
siete coplas anónimas que Bravo posteriormente incluye en su Cancionero.
Y en otro apartado presenta una breve narración en quichua, Mawka
Tyempos, Leyenda quichua, a la cual hace seguir una traducción al
castellano, que conserva el espíritu del relato y de la lengua, pero
cambia algunos detalles. Más allá de la pregunta que
se impone, si se trata de un relato oral recopilado o de una composición
en quichua del propio escritor, lo importante para nosotros es que, poniendo
el relato en el contexto en que lo pone, López utiliza por primera
vez el quichua (el suyo y/o el de su informante) como lengua literaria en
el sentido moderno, escritural, del término.
En la entonces floreciente Villa Atamishqui, en el año 1953 el poeta,
músico y escultor José Antonio Sosa, quien además hacía
de policía y curandero en su pueblo, presenta al público Pallaspa
Chinkas Richkajjta (Juntando lo que se va perdiendo), un poema épico
en versos de excelente factura que trata de la vida de un muchacho pobre
que egresa de la Salamanca, la legendaria cueva del diablo donde los muchachos
campesinos aprenden las artes en las que quieren destacarse, y encuentra
su camino en un mundo rural en donde asoma la historia santiagueña
y sus caudillos y la tradición del monte está plenamente vigente.
A pesar de este ambiente colmado de supersticiones y leyendas, en el poema
hay un clima muy distinto al de los relatos supersticiosos tradicionales:
sorprende el comportamiento del protagonista que no parece compartir los
miedos irracionales que rigen las vidas de los demás. Es como si fuera
un viajero en el tiempo, un "moderno" desprejuiciado trasladado a tiempos
pasados, tiempos que el autor extraña sin sentir ninguna nostalgia
(valga la paradoja). El título es sintomático y refleja con
absoluta precisión el momento histórico en el que el mundo
tradicional va desvaneciéndose inexorablemente. Pero hay más:
desde el mismo título Sosa equipara su labor poética con el
quehacer de los recopiladores y en el prefacio queda expresamente dicho que
la obra va dirigida a la intelectualidad y no al público al que el
mismo Sosa suele dedicar sus vidalas y chacareras: He escrito la presente
obra en la lengua autóctona que se habla actualmente en las regiones
interiores de Santiago del Estero… con el ánimo de colaborar con los
estudiosos dedicados a esta especialidad, documentando una forma de expresión
verbal que se iba perdiendo y que agraciadamente, con la acertada medida
de Gobierno que establece que el quichua sea enseñado en los diversos
establecimientos, … encontrará asidero para perdurar… Referente a
su contenido de fondo, he aprovechado para hermanar el lenguaje a la serie
de fábulas, mitos y relatos de la cosmogonía vernacular (sic),
creando un personaje…En otras palabras, el objetivo prioritario del poema
no es tanto ese mundo que se está perdiendo y que en definitiva no
vale la pena rescatar, sino la lengua quichua que está en peligro
de desaparecer con él, pero que ahora tiene una nueva oportunidad.
Se trata del futuro y no del pasado. El diagnóstico de Sosa en cuanto
al momento histórico del idioma es tan correcto como (tal vez demasiado)
optimista. La forma de expresión verbal está por entrar, tiene
que entrar en su fase escritural. El poema escrito que el autor presenta
es un complejo primer paso para que el quichua salga de su condición
ágrafa. Sin embargo no puede dirigirse a su público natural,
a los quichuistas, por su condición de iletrados. El segundo paso
imprescindible, para que sea para ellos y para que la lengua cambie de estatus,
es consecuentemente la escolarización de la enseñanza del idioma
que el autor confía que va a implementar el gobierno. En todo caso
queda claro que para Sosa sin literatura y sin escolarización no hay
futuro para la lengua, una vez anulado el contexto ya insalvable de la cultura
tradicional y oral. Un diagnóstico impecable.
No hay duda de que Sixto Palavecino es la figura más importante en
la cultura quichua de los últimos cincuenta años y la única
que ha sabido transcender sus fronteras. Su fama nacional se la debe en primer
lugar a su importancia como músico folklórico pero también
a su rol de defensor de la cultura quichua. Si es que el argentino promedio
sabe algo sobre el quichua, lo sabe por y a través de Don Sixto. Pero
su vigencia es aún mayor hacia adentro. La débil autoestima
del quichuista tiene poco en qué apoyarse, pero la figura de Palavecino
le basta para atemperar sus inseguridades. En lo que se refiere a las letras
quichuas, no hay otro que haya acumulado en los últimos cincuenta
años una obra que, entre textos poéticos, cuentos y traducciones,
se parezca a la suya en volumen y transcendencia pública. Por otra
parte es evidente que su estética nunca rebasó el umbral estricto
de la oralidad. En comparación con la concepción de Sosa que
plantea una relación cuasi dialéctica entre obra oral (versos
para los quichuistas) y obra escrita (para la intelectualidad), Palavecino
mantiene una posición mucho más conservadora que nunca se aleja
de la oralidad y de su público quichuista. Don Sixto es violinisto
y cantor ante todo, y el pueblo campesino es el destinatario primordial de
su arte y su mensaje. Que también le guste a los no quichuistas le
sorprende, le divierte, le agrada mucho y lo agradece, pero no lo hace cambiar
en nada, al contrario, le refuerza sus ideales estéticos. Desde luego
nunca se ha considerado algo así como un escritor y efectivamente
tampoco lo es. Sus poemas nunca son un fin en sí, sino están
subordinados a su función como soporte de la música, sus cuentos
nunca son totalmente independientes de la situación en la que los
cuenta y de los interlocutores presentes. Sus composiciones se lo deben todo
a las antiguas prácticas de los versificadores y cuentistas populares,
que no concebían sobre una hoja en blanco sino sobre una oportunidad
que los invitaba a improvisar. De ahí su inmediatez y su desparpajo,
tan atractivos, pero de ahí también sus aparentes defectos
que incluso pueden resultar chocantes para el lector desconocedor de los
procederes de la literatura oral. Sin embargo no hay duda de que una cantidad
importante de sus obras se sostienen solas como obras poéticas y narrativas,
sin el contexto improvisatorio y sin la música para la que fueron
concebidos. Sus trabajos han sido compilados y editados, es decir han sido
contextualizados dentro de la literatura, pero su gran aporte sigue siendo
el de haber resumido toda la tradición oral y haberla entregado viva
e intacta a la nueva época escritural.
Prácticamente en las antípodas estéticas de Palavecino
se sitúa su amigo, el poeta figueroano Vicente J. Salto, otro de los
fundadores del Alero Quichua Santiagueño. Es que mientras Palavecino
es kichwap waan, hijo del pueblo, el arte de Salto, nieto del caudillo Antonino
Taboada, se encuadra dentro de las polaridades contradictorias del orgulloso
aristocratismo populista que siempre mantuvo esta familia tan importante
para la historia de la provincia y del idioma. Cuentero, cantor y guitarrero,
Salto era un maestro de la palabra improvisada, sobre todo en ronda de amigos.
Pero cambia de actitud cuando produce literatura. Para él hay un abismo
entre la oralidad y la escritura. En su libro de poemas Para Yaku, de 1969,
su poesía aparece siempre culta, casi altanera, a veces cerebral y
a veces atormentada, cuando se abisma en cavilaciones filosóficas,
pero tierna también cuando dedica sus versos a sus seres queridos,
y cuando canta el paisaje que ama resurgen tonos que recuerdan, estilizados
desde luego, los populares. Su quichua corresponde a estas actitudes: lejos
de la lengua hablada, es un lenguaje eminentemente creativo y conscientemente
"difícil" que bucea en la insospechada riqueza de recursos del que
naturalmente dispone y busca la máxima concentración expresiva
en la fórmula elaborada, ahonda en el vocabulario heredado ampliando
sus posibilidades en forma sorprendente, sin hacer la más mínima
concesión a los préstamos del español. Cabe agregar
que Salto también ha incurrido en la prosa moral y filosófica,
en el pequeño ensayo Llajjtayku kichwakuna por ejemplo, en el que
consigue demostrar la aptitud del menospreciado dialecto para decir las cosas
más complejas con un mínimo de palabras.
En el prólogo de su libro de cuentos Wawayay que incluye los episodios
más importantes de la saga del zorro don Juan, Aldo L.Tévez
asegura haber recopilado estas fábulas en su pago natal. La tradición
oral no sólo inspira, sino todavía da legitimidad a lo escrito.
Que las haya recopilado es cierto en un sentido poético, pero no técnico.
Es que Tévez no es un recopilador del tipo académico, que anda
por los campos con grabador y cuaderno de notas, sino un escritor que reelabora
con sus propias palabras y mediante procedimientos escriturales las historias
que alguna y muchas veces le fueron contadas, se le grabaron en la mente
y desafiaron su creatividad desde la niñez. Su lenguaje no es el mismo
que hablan los quichuistas de su comarca, ningún lenguaje literario
lo es. Aunque no se aparta del todo de lo coloquial, es evidente su empeño
por la pureza del lenguaje: sin llegar a extremos, evita los préstamos
castellanos, revive vocablos caídos en desuso e introduce nuevos a
partir de otros dialectos quechuas. También en su poesía prefiere
un quichua descontaminado del castellano, pero la frontera entre lenguaje
hablado y lenguaje escrito, entre literatura y práctica oral no es
tan rígida como en Salto. Su quichua por lo general es más
accesible, más popular, su tono menos aristocrático que el
del poeta figueroano. Podría decirse, además, que su inspiración
es más exotérica y su poética definitivamente ecléctica.
En su poemario Qomer Pacha, de 1994, incluye poemas que están en la
línea trazada por Salto, pero también hay coplas y chacareras
de auténtico tono popular, al lado de un poema americanista celebratorio
del espíritu quichua y andino y otro de influjo nerudiano, además
de varias traducciones.
Tal vez el más culto entre los escritores quichuistas sea Mario Cayetano
Tebes. De padre terrateniente y madre maestra, integrante del clan de los
Taboada, nació en Pozo del Castaño en 1927. Su niñez
en los campos de Figueroa estuvo impregnada de la música y del sabor
de su lengua, pero desde el hogar tampoco le fueron ajenas las contradicciones
lingüísticas con las que tienen que vivir los quichuistas de
todas las condiciones sociales. Sus padres prefirieron que siguiera sus estudios
en Santiago, y ya a los veinte años partió para Buenos Aires,
donde sigue viviendo hasta la fecha. Aunque nunca dejó de frecuentar
a sus coterráneos ni de practicar su lengua, recién de grande
sintió la necesidad de dedicarse cada vez con más intensidad
a su idioma materno. Entonces estudió con Domingo Bravo y siguió
estudiando, profundizando y manteniéndose siempre a la altura de la
más reciente investigación sobre el dialecto santiagueño.
Trabajó también con Ricardo Nardi, Donald H. Burns y Jorge
Alderetes y desde hace muchos años enseña en el Instituto de
Lingüística de la Universidad de Buenos Aires. Dedicado enteramente
a la investigación y la enseñanza, es hoy una autoridad indiscutida
sobre la materia, y sin embargo encuentra tiempo para recordar y escribir.
Su lenguaje literario es el quichua figueroano más acendrado y al
mismo tiempo más cercano a la lengua hablada por los campesinos. Su
intención estética se acerca a la de Sosa, en cuanto su finalidad
es más que nada el rescate del idioma. Los protagonistas de su obra
cuentística, prácticamente inédita hasta ahora, son
los shalacos - habitantes del las costas del río Salado - pícaros
y ocurrentes aun en la torpeza. La quichua que les sale del alma y la trabajosa
castilla, son dos expresiones que compiten y chocan, se subsidian y se confunden
en la boca de estos entrañables personajes. Su bilingüismo asimétrico
conforma un escenario que da lugar a jugosas y risueñas anécdotas
que Tebes cuenta con esa maestría natural, tan difundida en los pagos
del Salado.
Una mención aparte merece Hipólito Tolosa, conocido como Don
Ishicu. Su historia personal calca en principio la de miles de campesinos
santiagueños que sufrieron como él pobreza, analfabetismo,
discriminación y exilio. Pero su inteligencia y su talento lo llevaron
a superar estas contingencias sin renegar de lo suyo. Ya adulto, Tolosa aprendió
a leer y escribir y, ya sesentón, no ha perdido las ganas de terminar
el secundario. Poeta, cuentero, conferencista, mudanciador y defensor de
la cultura autóctona, este hombre, que es por siempre alumno y pedagogo
a la vez, es un verdadero personaje de la escena cultural quichuista de Buenos
Aires. Y a pesar de haber aprendido a escribir ya de grande, es un escritor
en el sentido cabal, que si bien también abreva en las fuentes orales
de la tradición, se inspira muchas veces en la lectura. Es palpable
que concibe sus cuentos y conferencias con el lápiz en la mano y que
busca conscientemente, acertando y desacertando, un lenguaje literario que
se diferencie del lenguaje cotidiano. Como Salto, como Tévez y como
otros que no mencionamos aquí, sabe que la innovación y la
creatividad de sus poetas es la única oportunidad que tiene el quichua
de mantenerse vivo, de renovarse escapando de un estado de indigencia progresiva
que no es otra cosa que la extinción lenta pero cierta.
Terminamos con un balance que puede llegar a sonar pesimista, pero
que es ineludible. A pesar de sus logros, aciertos y joyitas, es evidente
que la literatura quichua no es una gran literatura ni se encuentra floreciente
en estos días. Sus protagonistas escriben poco, publican menos y menos
todavía se los lee. Con preocupación constatamos además
que muchos autores viven y escriben fuera de su provincia y sin el contacto
cotidiano con el lenguaje vivo que es la materia prima de su labor. Tampoco
notamos demasiados indicios de un recambio generacional urgente. Con contadísimas
excepciones, como la de Vitu Barraza que anda en sus cuarenta, los escritores
que nos constan ya han muerto o son señores mayores y muy mayores.
El surgimiento de una nueva generación de escritores es para el quichua
una prueba de vida, ya que las nuevas camadas que tendrían que estar
escribiendo ahora se criaron en una época en la que la tradición
oral ya estaba extinta. Se trata de probar que una literatura quichua definitivamente
post-oral también es posible. Que a pesar de las condiciones adversas,
el quichua encontrará el camino para seguir vigente en el mundo cambiante
e imprevisible que tenemos por delante.
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(esta lista se ciñe estrictamente a la literatura utilizada
y mencionada en este trabajo)
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