Lenguas aborígenes en
comunidades criollas:
un motivo más para la exclusión
Lelia Inés Albarracín
Jorge Ricardo Alderetes
Asociación Investigadores en Lengua Quechua
adilq@hotmail.com
Introducción
Así como los pueblos indígenas son doblemente discriminados
y excluidos, por ser pobres y por su origen étnico, en Argentina
hay comunidades que también sufren una doble discriminación
y exclusión, igualmente por ser pobres y por ser portadores de
una cultura diferente a la de la sociedad dominante. Es el caso de la
comunidad quechuahablante del dialecto de Santiago del Estero -cuya población
no se autorreconoce como perteneciente a alguna etnia aborigen pero habla
una lengua aborigen- y que muestra lo complejo de la relación entre
las cuestiones de la preservación de la lengua, la etnicidad y
la identidad cultural. En este artículo, además de reseñar
la situación sociolingüística actual de esta lengua,
intentaremos mostrar que el tratamiento de la problemática de las
lenguas vernáculas basado primordialmente en el origen étnico
o en factores biológicos, conduce a nuevas exclusiones.
El quechua en Argentina
En la actualidad, en Argentina se hablan varios dialectos quechuas
del tipo QII-C según la clasificación de Torero (1974).
Uno de ellos, el dialecto de Santiago del Estero, llamado “la quichua”
(en femenino) por sus hablantes, es hablado por 160.000 personas en catorce
de los veintisiete departamentos en que se divide la provincia de Santiago
del Estero (SdE). Sin embargo, una significativa cantidad de “quichuistas”
- como se autodenominan los hablantes de este dialecto - está dispersa
a lo largo del país, sobre todo en los grandes centros urbanos.
De hecho, más del 50% de los santiagueños vive fuera de dicha
provincia, lo que confiere características de éxodo a esta
migración interna. Los migrantes definitivos representan un 42,3%
de los nacidos en SdE (Alderetes 2001: 43), muchos de los cuales se han
radicado en la provincia de Buenos Aires. Aunque es opinión generalizada
que en SdE todos los hablantes son bilingües, entre 1999 y 2002 hemos
recogido reportes de la existencia de hablantes monolingües quechuas
en el Departamento Figueroa. Además, debe tenerse presente que muchos
niños de la región quechuahablante, hasta el momento de entrar
a la escuela (~6 años de edad), son monolingües quechuas.
Excepto Jujuy y Santiago del Estero, en las demás provincias
del Noroeste Argentino, el quechua prácticamente se ha extinguido.
Sin embargo, en algunas de ellas hay núcleos quechuahablantes que
emigraron de Bolivia y que se dedican predominantemente a tareas agrícolas.
En Tucumán por ejemplo, hay una importante colectividad boliviana
en la localidad de Lules, calculada en cerca de 25.000 personas, de las cuales
el 95% proviene del sur potosino donde predomina el quechua. Además,
hay una fuerte concentración de quechuahablantes en Buenos Aires
provenientes principalmente de Bolivia y, en menor medida, del Perú.
Ya hace veinte años atrás, en 1982, Ricardo Nardi (cf. Albarracín,
Tebes y Alderetes 2001: 20) estimaba alrededor de 60.000 hablantes bolivianos
radicados en el Gran Buenos Aires.
El caso de Santiago del Estero
Al igual que otras lenguas aborígenes de Argentina, el quechua
se encuentra en una relación diglósica con el castellano.
Pero mientras las comunidades de aquellas otras lenguas tienen clara conciencia
de la necesidad de una resistencia activa frente al idioma dominante,
en el caso de SdE, donde la población es mayoritariamente criolla,
la situación es diferente. Generalmente se utiliza el término
"criollo" para designar a los descendientes de europeos y africanos
nacidos en tierra americana y al producto de su mestizaje con la población
indígena, sin embargo, más que un criterio étnico,
se trata más bien de la actitud personal de sentirse identificado
o no con determinado grupo. En gran parte de la sociedad santiagueña,
las designaciones de "aborigen" o "indígena" adquieren un sentido
peyorativo y el quechua no es visualizado como el componente de una identidad
indígena, sino como un aspecto pintoresco, sentimental y folklórico
de una población criolla que borró de su memoria colectiva
una parte sustancial de su pasado.
Por ello no sorprende que en los sectores de mayor nivel sociocultural
se insista en que el quechua y el castellano se encuentran en una relación
armoniosa, no conflictiva, y desde esa posición ideológica,
se promueven acciones que conducen a un proceso de asimilación
a la cultura dominante. Las expresiones "binomio quichua-castellano", "lingüística
regional quichua-castellano", "cultura quichua santiagueño-castellano",
etc., que con tanta frecuencia se usan en los medios académicos
santiagueños, demuestran una total aceptación al proceso
de asimilación, y que la paulatina sustitución lingüística,
lejos de ser vista como un peligro, es considerada como "una característica
dialectal" digna de elogio.
En los círculos académicos de SdE
se considera a la quichua como un producto del período colonial
y, por lo tanto, como parte de una herencia cultural hispánica antes
que aborigen; se mantiene una actitud de rechazo hacia las otras variedades
quechuas, a las que se considera lenguas extranjeras y se apela al chauvinismo
como una forma de aislar al dialecto local, en la creencia que así
se lo defiende. De allí la tenaz oposición a todo intento
de unificación escrituraria con los demás dialectos quechuas.
Esta no aceptación de la variación dialectal contribuye a
la puesta en peligro del idioma porque impide el aprovechamiento de las
experiencias (exitosas o no) de otros países.
En términos generales, en SdE no hay por
parte de los hispanohablantes una actitud hostil hacia el quechua, pero
sí hay un sentido de paternalismo hacia algo que inconscientemente
consideran inferior. Es el hispanohablante el que más insiste
con la naturaleza exclusivamente oral del quechua y que éste no
puede ser codificado porque "la quichua no se escribe, se habla", como
suelen decir los quichuistas.
Grupo étnico, Etnicidad e Identidad cultural
El cruce genético y cultural de europeos e indígenas
de diversas etnias en el territorio santiagueño durante la colonización
española y el posterior aporte de la inmigración, hace
sumamente difícil por no decir imposible la diferenciación
de cada grupo indígena originario y de sus descendientes, más
aún cuando las identidades particulares se han ido transformado
en otra global y distinta de cada una de las involucradas en el proceso.
Sabemos que un grupo étnico se caracteriza por una serie de
atributos entre los cuales podemos destacar que sus miembros aceptan
un origen común y que comparten ciertas características
socioculturales, y que además sus miembros se ven a sí
mismos como culturalmente diferentes de otros agrupamientos en una sociedad
y son percibidos por los demás de igual manera.
La comunidad quechuahablante de Santiago del Estero está constituída
por un conglomerado de grupos étnicos: paisanos árabes,
colonos judíos, inmigrantes europeos, criollos, descendientes de
indígenas y de afroamericanos. Frente a esta diversidad, surge
la pregunta de en qué medida se puede aplicar el concepto de grupo
étnico a toda la comunidad quechuahablante en su conjunto, si el
atributo de un origen común parece estar ausente.
Sin embargo, hemos dicho que un grupo étnico es un tipo de
colectividad cultural que se distingue de otra por uno o varios rasgos
culturales diferenciadores, como la lengua, la historia, la religión,
las costumbres, las vestimentas, las instituciones, etc., y aunque la comunidad
quechuahablante comparte la mayoría de los rasgos culturales del
resto de la sociedad santiagueña, aparecen elementos diferenciadores
que no se restringen únicamente a la lengua. Entre los atributos
históricos y simbólicos-culturales que caracterizan la identidad
étnica de los quechuahablantes se destacan indudablemente: la persecución
de que fueron objeto, el territorio donde habitan, la trasmisión
oral de su cultura, los problemas de la tenencia de la tierra, el constituir
un grupo humano distintivo pero minoritario dentro de una sociedad mayor.
Por otra parte, la etnicidad se refiere a las prácticas culturales
y perspectivas que distinguen a una comunidad dada de personas, y la
etnicidad se convierte en el medio por el cual la cultura es transmitida,
en la medida que los miembros de un grupo étnico interactúan
entre sí.
La identidad étnica de cada grupo es elaborada a partir de
su propia historia y de la relación con todo su entorno, de allí
que no puede ser inmutable para todos los grupos sino que cada uno puede
presentar variantes que los diferencien. Además, la identidad
étnica no es algo estático sino dinámico y en un
mismo grupo los caracteres identificadores pueden cambiar con el paso
del tiempo. Con la progresiva desaparición de la población
aborigen (por etnocidio o mestizaje), se fue modificando la identidad étnica
de la comunidad original quechuablante de SdE, para dar lugar, sumado a
los cambios sociales de los dos últimos siglos, a una nueva forma
de identificación que en apariencia ya no guarda relación
con lo indígena.
Así, la población criolla se constituyó en la
depositaria de la lengua quechua y quizás esto contribuyó
a que en un país racista y discriminador como Argentina, no corriera
la misma suerte que otras lenguas aborígenes. Paradójicamente,
aquello que durante los siglos XIX y XX protegió al quechua, hoy
en los comienzos del siglo XXI, se vuelve en su contra. De tanto negar
lo indígena como parte de su herencia cultural, SdE frecuentemente
es ignorado por los organismos gubernamentales con el argumento de que allí
"no hay aborígenes".
Al respecto García Bresó (1997) señala: “Por
todo lo sucedido en la historia de América sobre mestizajes, etnocidio,
desetnización, aculturación, cambios producidos en la propia
cultura indígena, etcétera, el problema de la identidad
étnica se ha convertido en algo endémico.(...) En
ese proceso de desgaste paulatino de la identidad étnica, puede producirse
la pérdida de identificaciones tradicionales y aparecer nuevas
formas de identificación, que sigan manteniendo la idea de grupo
o cohesión grupal, hasta que se produzca lentamente la asimilación
a la cultura nacional y la pérdida total de la cultura indígena”.
La identidad étnica, cuando sus portadores son miembros de
grupos minoritarios o socialmente desfavorecidos, además de ser
una relación social de contraste entre identidades minoritarias
lo es, sobre todo, ante las identidades mayoritarias, y suele convertirse
en un factor político importante cuya capacidad movilizadora puede
actuar en beneficio del mantenimiento de la lengua. Pero en el caso de
SdE, la identidad étnica no es un factor movilizador, de allí,
salvo esporádicas excepciones, la inexistencia de acciones,
individuales, grupales o institucionales en defensa de la cultura quechua.
En esto quizás tenga que ver la connotación de valor
de clasificación social, que la etnicidad toma en Santiago del
Estero, al identificar al indígena como perteneciente a una clase
social inferior, sólo por su condición étnica. En
realidad, esta clasificación parece servir a toda la sociedad no
indígena, incluso para los más pobres de ella, que ven al
indio bajo el estereotipo de inferior social, económico y culturalmente.
En muy pocos casos hemos podido registrar, durante nuestros trabajos de
campo en SdE, testimonios que hagan referencia a la condición de
aborigen. Cuando a un informante le preguntamos si su madre hablaba quechua,
respondió: -“No, ella es de otra raza” y ante nuestra insistencia
aclaró: “Ella es de una raza que viene del Chaco, esos no hablan
quichua”. En la Villa de Salavina, quienes conocieron a Jacinto Carpio,
informante bilingüe de Berta Vidal de Battini, afirman que era “indio
auténtico”, probablemente de ascendencia pilagá. Algunos tímidos
movimientos recientes de reivindicación del pasado indígena
e incluso de reidentificación étnica, al parecer están
motivados por la cuestión de la tenencia de la tierra y no guardan
relación con el bilingüismo.
El problema de la identidad étnica con referencia a la comunidad
quechuahablante de SdE es ciertamente complejo y se presta para la polémica.
Son muy pocos los trabajos de investigación que se han hecho en
este sentido, en cambio, abundan las contribuciones referidas a la identidad
cultural de los santiagueños que algunos autores denominan “santiagueñidad”.
Sabemos que no hay dos grupos humanos que tengan la misma cultura,
por esta razón no es posible encontrar dos regiones en el país
que no muestren algunas diferencias en los elementos que componen su
cultura. Es decir, costumbres, valores, normas, lenguajes y simbolismos
cambian de grupo en grupo humano haciendo que cada uno de ellos exprese
su propia identidad cultural. De manera que por identidad cultural se
entienden todos aquellos rasgos culturales que hacen que las personas
pertenecientes a un grupo humano y a un nivel cultural se sientan iguales
culturalmente.
A estos rasgos de la “santiagueñidad”,
el quechuahablante adiciona su lengua, su música, los mitos y leyendas,
sus costumbres, etc., para construir su propia identidad cultural que lo
distingue, no sólo de la cultura mayoritaria local, sino también
de la cultura dominante nacional.
El caso de SdE es una muestra no sólo de la compleja
relación entre lengua, cultura y etnicidad, sino también
de cómo la sociedad dominante puede manipular estos conceptos para
generar nuevos motivos de exclusión.
A través de algunos ejemplos, intentaremos mostrar cómo
el tratamiento de la problemática de las lenguas aborígenes
basado primordialmente en la identidad étnica o en factores biológicos,
configura una nueva forma de discriminación.
Un ejemplo lo constituye la edición 2001 del Censo Nacional
de Población, Hogares y Viviendas, en donde la segunda pregunta
de la cédula censal interroga por la pertenencia a 17 etnias posibles
y ninguna de ellas incluye a los quechuahablantes de SdE. Este censo pretendía,
al parecer, estimar la magnitud de la población indígena
mediante una identificación previa de los diversos grupos étnicos.
Sin embargo, un elemento cultural fundamental como es el idioma, fue omitido.
Pero tal como estaba organizado el censo, aunque se hubiera incluido
el idioma, igual habría arrojado cifras erróneas porque
habría excluído a personas indígenas que no hablan
una lengua indígena y, por otra parte, habría clasificado
como indígenas a personas que no lo son pero que declaran hablar
un idioma nativo. Lo preocupante del tema es que estaba planificado que,
con posterioridad al censo, se haría una segunda visita a
los hogares aborígenes, y los resultados servirían de base
para la planificación de acciones gubernamentales, en particular,
en el área educativa.
Con respecto a los censos, Stavenhagen (2001) dice: “Quienes
conocen la materia, con frecuencia consideran que los censos subenumeran
sistemáticamente a las poblaciones indígenas, de tal forma
que se ha podido incluso hablar de un etnocidio estadístico. No
han faltado definiciones diversas de quienes son o han de considerarse
indígenas en los estados latinoamericanos, pero no hay criterios
unificados. El elemento usado con mayor frecuencia es el de la lengua vernácula
o materna, ya que se considera que esta recoge una identidad compuesta que
expresa la pertenencia al grupo indígena. Sin embargo, el criterio
puede ser engañoso, ya que por diversas razones muchas personas encuestadas
niegan hablar una lengua indígena, otras de hecho no la hablan pero
no por ello niegan una identidad o la pertenencia a un grupo considerado
como indígena. Sin embargo, la ambigüedad en el criterio se
refleja en cifras censales sumamente movedizas”.
Otro ejemplo lo constituye el organismo intergubernamental PROEIB-Andes,
que en las bases de su Segundo Concurso Regional de Investigación
(con fecha de cierre en Junio 2002) establecía: “También
podrán presentar propuestas investigadores residentes en la Argentina,
cuando sus propuestas se refieran de manera explícita a la problemática
educativa indígena de uno o más de los siguientes países
andinos: Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Perú o a poblaciones
indígenas migrantes de los mismos en territorio argentino.” Es
evidente entonces que toda investigación referida a la comunidad
quechuahablante de SdE, quedaba explícitamente excluida ya que
su población ni es considerada indígena ni es oriunda de
esos países.
La República Argentina forma parte de PROEIB-Andes y cuenta
con el Proyecto “Mejoramiento de la calidad de la educación de
los pueblos aborígenes” dentro del Programa de Acciones Compensatorias
en Educación del Ministerio de Educación de la Nación.
Con posterioridad a una entrevista con la coordinadora a nivel nacional
y luego de obtener información sobre las escuelas comprendidas
en el proyecto, intentamos averiguar qué se estaba haciendo en
Santiago del Estero al respecto. La respuesta en Santiago era previsible
ya que el único proyecto presentado dormía en algún
despacho oficial.. Pero el diálogo con la funcionaria provincial
a cargo de dicho proyecto en Tucumán, fue sumamente revelador ya
que comenzó diciendo “aquí no hay aborígenes”, y cuando
se le puso como ejemplos las comunidades aborígenes de Amaicha y
de Quilmes, y se le planteó el caso de la comunidad boliviana de
Lules, la funcionaria tucumana fue explícita: “Si los maestros no
reportan algún tipo de inconveniente derivado del bilingüismo,
nosotros no intervenimos”. En otras palabras, el diagnóstico
quedaba en manos de maestros que jamás fueron capacitados para interactuar
en situaciones de pluriculturalismo y/o bilingüismo.
Como ejemplo final, cabe mencionar que muchas organizaciones internacionales,
gubernamentales o no gubernamentales, para el acceso a congresos, publicaciones
y colaboración, exigen como requisito la pertenencia a alguna
etnia indígena y la comprobación de esta pertenencia se
hace en base a criterios biológicos antes que culturales.
La pérdida del idioma
Según las hipótesis de Crawford (1996) en cuanto a
la pérdida del idioma, son los cambios sociales y culturales hacia
el interior de una comunidad los que determinan principalmente la sustitución
lingüística, de allí que, si cada lengua representa
determinados valores sociales y culturales, entonces el cambio de una
lengua por otra, refleja un cambio en esos valores.
Muchas veces en este tipo de planteos subyace el prejuicio de que
a las comunidades indígenas no se les concede las mismas posibilidades
de "cambiar" o "transformarse" que a las no indígenas, en el sentido
que un cambio de los valores culturales necesariamente implica una pérdida
de la identidad cultural. La sociedad dominante les exige a las comunidades
aborígenes que, para ser consideradas como tales, rindan permanente
muestra de que conservan las pautas culturales que – casi siempre – es
esa misma sociedad dominante la que las define como características
de la condición de aborigen. Esto es lo que hacen los organismos
gubernamentales argentinos, especialmente los del área educativa,
que plantean como requisito previo demostrar que algo queda de hace siglos
para aceptar que una sociedad de hoy es indígena y recién
permitirles el acceso a algún tipo de ayuda.
A partir del caso del quechua de SdE, trataremos de mostrar que los
cambios, por significativos que sean, no implican necesariamente pérdida
de la identidad y, por lo tanto de la lengua – pilar fundamental de aquella,
ni siquiera en el caso extremo en que parte de la propia comunidad rechaza
su pasado indígena al haber absorbido el mensaje de la sociedad
dominante, luego de siglos de opresión. A veces la valoración
que tiene la propia comunidad sobre sí misma también ha
sido impuesta por la sociedad dominante.
El caso argentino es muy interesante porque nos plantea la paradoja
de que en SdE, donde los valores sociales y culturales tradicionalmente
asignados a las comunidades aborígenes del NOA están ausentes,
la lengua quechua logró sobrevivir. En cambio, en las regiones
donde, en mayor o menor medida, se mantuvieron dichos valores, la lengua
quechua se extinguió. Podríamos abundar en ejemplos, pero
baste señalar los menos importantes: en todos los centros urbanos
del NOA son muy comunes los apellidos aborígenes, excepto en SdE
en donde los apellidos son, casi con exclusividad, europeos (especialmente
españoles y portugueses, en menor medida italianos) y árabes.
Pero la portación de un apellido no americano, no significa necesariamente
ser descendiente de inmigrantes ya que una buena parte de la población
santiagueña tiene rasgos aborígenes y africanos (el censo
de 1778 ordenado por Carlos III muestra que el 54% de la población
de SdE eran negros o mulatos). En Jujuy, por otro lado, se conservan numerosas
costumbres ancestrales, el culto a la Pachamama está extendido en
todo el NOA y en Tucumán hay comunidades aborígenes que conservan
su organización social, la elección de sus caciques y la
propiedad colectiva de la tierra. Resulta sorprendente entonces que la lengua
quechua haya podido resistir cinco siglos en SdE donde ninguno de estos
valores sociales y culturales se han conservado. ¿Por qué allí
cambiaron los valores y sin embargo esto no se tradujo en una pérdida
del idioma? Entre la cosmovisión andina y la cosmovisión
de la actual comunidad quechuahablante santiagueña, se abre una
brecha que plantea un serio interrogante a la hipótesis de que el
cambio de una lengua por otra, es la consecuencia de un cambio en los valores
sociales y culturales.
Tradicionalmente se ha sostenido que son siempre las circunstancias
externas las que inciden en la decisión, consciente o inconsciente,
tanto individual como grupal, de cambiar una lengua por otra. La aserción
de Crawford que son finalmente las personas mismas, y no las circunstancias
las que escogen cambiar o mantener los idiomas, nos plantea algunas dudas
acerca del grado de generalidad que tiene su hipótesis. Cuando
Crawford dice que "el cambio de idioma es muy difícil de imponer
desde afuera" (1996: 78), estamos de acuerdo en que esto es particularmente
cierto cuando en una comunidad hay una conciencia de la vinculación
entre identidad étnica y lengua, y esta conciencia genera una gran
resistencia de la comunidad al avasallamiento de su identidad cultural.
Se produce entonces una reacción en defensa de su lengua que ayuda
a su supervivencia. Sería lógico esperar, por lo tanto,
que la falta de esta conciencia incidiera negativamente en el mantenimiento
de la lengua. Sin embargo, en SdE, allí donde la lengua pervive,
no se observa que la población establezca una vinculación
entre identidad étnica y lengua, nunca hubo una resistencia a los
intentos de suprimir la lengua ni una lucha organizada en defensa de la
misma.
En nuestra opinión, la sustitución lingüística
es un proceso que registra avances y retrocesos, cuyas características
van cambiando en función de las circunstancias históricas
en que se desarrolla. En otras palabras, los factores que determinan
la sustitución lingüística, están cambiando
permanentemente, y su dinámica guarda relación con
la dinámica de los cambios que afectan a la sociedad en su conjunto.
Por ello, al analizar lo que actualmente ocurre con el quechua de SdE,
habría que distinguir dos situaciones: una en la cual
el hablante tiene la posibilidad de elegir con ciertos grados de libertad
(en el matrimonio mixto, podría enseñar a su esposa e hijos
pero opta por no hacerlo; en misa podría rezar en quechua
pero opta por hacerlo en castellano), y otra situación en la que
los hablantes no tienen poder de decisión. En este último
caso, los hablantes son objeto de circunstancias externas cuya intensidad,
en última instancia, será la que determina el cambio. Por
ejemplo, los actuales modelos económicos de exclusión, en
los cuales los "quichuistas" no han tenido intervención ni tienen
posibilidades de modificar, provocan dislocaciones sociales que conducen
a la pérdida del idioma sin que los hablantes puedan hacer algo
para remediarlo. Cuando la desobediencia a una prohibición, explícita
o no, de hablar una lengua, implica grandes perjuicios para una persona,
la opción del idioma es una opción falsa, porque optar es
poder elegir, y en una situación semejante donde se ponen en juego
derechos humanos esenciales, no hay alternativas posibles.
Muchos intelectuales consideran al indígena y a su cultura
como entes ahistóricos y creen que la condición esencial
para definir algo como "indígena", es su fosilización. Sin
embargo, sabemos que la cultura tiene un carácter histórico,
que se desarrolla y existe en unas condiciones determinadas y, cuando ellas
cambian, también la cultura se modifica. De allí que sostengamos
que la construcción de la identidad también es un proceso
que se desarrolla bajo determinadas condiciones históricas propias
de una comunidad y que, durante el mismo, las características indígenas
originales pueden verse modificadas. En SdE, este proceso fue forjando
una identidad que en apariencia ya no es aborigen, porque sus elementos
constitutivos fueron reelaborados de tal modo que en la superficie quedó
lo más visible, es decir, lo hispánico.
Un ejemplo concreto lo constituye la música de SdE, en la
que se utilizan instrumentos europeos como el violín y la guitarra;
los ritmos también tiene su origen en Europa según algunos
etnomusicólogos. Sin embargo, una vidala que se acompaña
con un instrumento de percusión – la caja – y se canta en quechua,
es un elemento constitutivo de la sociedad aborigen aunque no sea una supervivencia
del pasado prehispánico (dicen que su temática no es andina)
ni del período colonial (aunque provenga de él, ya que dicen
que la métrica es española). Lo mismo puede decirse de la
chacarera, la danza que caracteriza a SdE. Esos elementos que fueron tomados
de la sociedad que la dominó – ritmos, instrumentos, poesía
– fueron reelaborados por la sociedad aborigen de acuerdo con sus propias
características y con el proceso histórico que le tocó
vivir. Refiriéndose a la poesía santiagueña, Domingo
Bravo dice (1956: 55): "Refleja una cultura europea, ven las cosas con criterio
español y más propiamente con el criollo. Lo incaico está
ausente en esta poesía". De este texto se desprende que para Bravo,
solo un huayno o un jaylli pueden ser indígenas. Se observa una vez
más el análisis hispanizante que se hace de la cultura autóctona.
Conclusión
Cuando afirmamos que son las mismas comunidades las que deciden el
destino de su propia lengua, estamos afirmando que el ejercicio de sus
derechos lingüísticos presupone – hoy – la plena vigencia
previa de otros derechos humanos que puedan garantizar esa libertad para
decidir. Hemos puesto énfasis en la palabra “hoy”, porque se podrá
alegar que la historia ofrece multitud de ejemplos de pueblos sometidos a
esclavitud que lograron mantener su lengua. Pero no es menos cierto que los
actuales mecanismos de opresión, dominación, aculturación
y explotación son de tal grado de refinación, que sus efectos
son más devastadores sobre la identidad cultural de los pueblos que
las guerras de conquista o el mismo genocidio.
En el caso de la población quechuahablante de Santiago del
Estero, sus derechos lingüísticos se ven amenazados adicionalmente
por nuevas formas de discriminación originadas en prejuicios acerca
de la identidad étnica de sus integrantes. Si los organismos pertinentes,
especialmente los gubernamentales, insisten en marginar a los “quichuistas”
por no autorreferenciarse como indígenas, la implementación
de un programa de educación intercultural bilingüe en territorio
santiagueño, será una meta inalcanzable.
Referencias
Albarracín, L.I.; Tebes, M.C. y Alderetes, J.R. (compiladores).
(2002). Introducción al Quichua Santiagueño por Ricardo
L.J.Nardi. Buenos Aires: Dunken.
Alderetes, Jorge R. (2001). El Quichua de Santiago del Estero. Tucumán:
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Tucumán.
Bravo, Domingo A. (1956). Cancionero Quichua Santiagueño.
Tucumán: Universidad Nacional de Tucumán.
Crawford, James (1996). Seven Hypothesis on Language Loss: Causes
and Cures. En: G.Cantoni (Ed). Stabilizing Indigenous Languages. USA: Northern
Arizona University.
García Bresó, Francisco Javier (1997). Identidad y
cultura en Nicaragua: problemas de etnicidad. En: Pedagogía, primavera
de 1997. Mexico: Universidad Pedagógica Nacional. Disponible también
en: http://www.hemerodigital.unam.mx/ANUIES Hemeroteca Virtual ANUIES
- Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación
Superior.
Stavenhagen, Rodolfo (2001) La diversidad cultural en el desarrollo
de las Américas. Los pueblos indígenas y los estados nacionales
en Hispanoamérica. En Cultural Studies Series: Nº 11, Unite
for Social Development Education and Culture Organization of American
States. Disponible también en Internet: http://www.oas.org/udse/documentos/stavenhagen.doc
Torero, A. (1964). Los dialectos quechuas. En: Anales Científicos
de la Universidad Agraria 2, 446-478.