Respondiendo a la Señora de Paz
PARA QUE NO PARE LA TORMENTA

 

Por Atila Karlovich*


Agradezco a la señora Ilda Juárez de Paz, a quien aprecio por su persistente defensa del quichua, por su reacción respecto a mi nota Para que pare la Tormenta. Los que escribimos siempre nos alegramos si alguien nos lee y nos responde. Sin embargo y obviando muchos otros quisiera aclarar dos detalles.
1) La oración en cuestión fue tomada de la boca de un quichuista por Di Lullo quien la transcribió a su manera. Bravo la publicó posteriormente con su propia signografía, y no creo que Di Lullo tuviera algún problema con esto. Lo que hay que respetar a rajatablas es la oración tal cual la dijo el hablante y no su transcripción. Por otra parte no creo que la cuestión de la signografía sea un asunto de fe, sino de argumentos concretos que vayan más allá de invocar autoridades y decretos. Además, discutir cuán oportuno es seguir utilizando la signografía de Bravo no tiene nada que ver con sus méritos por el quichua, que para mí están fuera de cualquier duda.
2) No termino de entender qué problema tiene la señora de Paz con mi desconcierto o perplejidad, para usar un sinónimo. Creo que es una de las grandes capacidades del espíritu humano, como la aritmética, la música, el llanto y la risa. Las oraciones en cuestión desconciertan, porque son mucho más que mediocres versitos esperables. Me animo a decir que son verdaderos testimonios del ingenio quichua, evidencias elocuentes de una cultura singular que no merece ni el menosprecio ni el tutelaje benevolente del que fue y sigue siendo víctima. Si incluso sostengo que son revulsivos (no repulsivos, como lee la señora de Paz), les estoy atestiguando una fuerza fuera de lo común, una capacidad de conmover el alma y el espíritu (de santiagueños y de forasteros, porque ante las creaciones del espíritu humano todos somos iguales). Dejo que Orestes Di Lullo, un perplejo y desconcertado como yo, termine de contestar por mí: … pues el folklore de un pueblo es su acervo más precioso, lo que guarda celosamente en su intimidad y donde hay que penetrar para descubrir algo más de lo que vemos en su fisionomía…: los sentimientos que se forjaron… en el fuego del dolor, los ocultos deseos de la raza…, el impulso original que… produjo esos efectos imprevistos… que se gestan calladamente y que una vez producidos dejan perplejo al sociólogo, que no supo predecirlos, ni puede tampoco explicarlos. Nos es desconocido el pueblo. Ignoramos de él su verdadera cultura, su mentalidad, su sentimiento, que se forjan, no en la cartilla de la escuela, sino en las fuentes auténticas de la tradición popular… (Orestes Di Lullo, El Folklore de Santiago del Estero, Tucumán, 1943, p. 14 s.).
Agradezco nuevamente a la señora de Paz por su pasional réplica, porque estoy convencido de que la polémica es uno de los ejercicios más fructíferos de la vida cultural pública. Las aguas que caen durante estas tormentas son las que vivifican los campos resecos de las disciplinas postergadas como el quichua. Todos los que amamos esta lengua - los de estas tierras y los advenedizos que también tenemos derecho a quererla - deberíamos rogarle a Tata Yaya mana sayachinanpajj tormentata, que no haga cesar la buena polémica alrededor del quichua.

                                                           
                                          Atila Karlovich