Supaypa yanasun kani
El pacto diabólico
en el imaginario santiagueño
Atila Karlovich F.
Sobre la religión (o las religiones)
precolombina(s) en la zona de Santiago nos consta muy poco. Las figuras metamorfas
que sobrevivieron en la evolucionada alfarería por lo menos dejan sospechar
una teología compleja y acorde a las necesidades de etnias ligadas
a los ciclos naturales. De la época inmediata anterior a la invasión
castellana conocemos además nombres de deidades como Chiki, Pukllay,
Llastay, Kakanchik, que sin embargo se refieren más a las zonas aledañas
que al propio Santiago. De todas maneras la morfología de estos teónimos
deja sospechar que la invasión incaica en la segunda mitad del siglo
XV trajo una andinización en materia religiosa que puede haber irradiado
también sobre la cultura agricultora y sedentaria que se había
desarrollado entre los grandes ríos santiagueños.
Lo que sí sabemos es que hacia mediados del siglo
XVI los españoles invadieron y colonizaron el territorio santiagueño.
Las expediciones que partían desde el Perú por lo general constaban
de un 10 a 20 % de peninsulares y un 80 a 90 % de yanaconas. Estos eran miembros
quechuizados de naciones sometidas y esclavizadas que servían a incas
y españoles como tropas especializadas. Eran soldados y colonizadores
(mitmaqkuna) profesionales que en los últimos decenios del incario
habían adquirido una importancia crucial que trascendía su condición
de siervos. La meta prioritaria de los españoles en el plano ideológico
era la cristianización de los territorios invadidos, y desde luego
los yanaconas ya venían bautizados y adoctrinados, al menos superficialmente.
Lo más probable es que Supay haya llegado a Santiago
con los invasores. La deidad fúnebre andina, el duende travieso y
el demonio europeo ya se habían sincretizado 1
e indudablemente la mitología comarcana agregó nuevos rasgos
y sutilezas al trascendental personaje sobrenatural. Lo cierto es que se
aquerenció maravillosamente en tierra santiagueña aunque dejara
muy pocos rastros escritos en los siglos que van desde su llegada hasta ya
entrado el siglo pasado. Unas pocas veces asoma en los documentos, sobre
todo durante los procesos que la autoridad seguía durante el siglo
XVIII contra brujas y hechiceros. El perfil santiagueño del Supay
ya aparece nítido en esas actas procesales: es parte contrayente de
pactos y dueño de la salamanca, dos motivos entrelazados y recurrentes
en el imaginario local.
Pactos con el demonio también figuran en la tradición oral
de los Andes, pero en este ámbito no dejan de ser un motivo marginal,
reflejo del imaginario europeo. Es que el pacto diabólico es profundamente
asimétrico y leonino y contradice por lo tanto al principio de reciprocidad
que sustenta la religiosidad andina. En Europa en cambio estos pactos juegan
un rol de primer orden. En los cimientos de la literatura castellana, en los
Milagros de Nuestra Sennora de Gonzalo de Berceo, está el ejemplo de
Teófilo (nombre que no casualmente significa 'amigo de Dios') que pacta
con el demonio y sólo por milagrosa intercesión de la Virgen
se salva de la damnación eterna. Literatura y folclor peninsular abundan
en 'familiares' y 'amigos' del diablo. Pero no sólo eso: mediante la
figura del doctor Fausto, encarnación del hombre renacentista, el
pacto con el Diablo se convierte en uno de los mitos fundacionales de la
modernidad europea.
Esta tradición por lo visto fue fértil también en Santiago.
En quichua hay por lo menos tres expresiones verbales que se refieren al pacto:
supayan (o dyablowan) okupakuy ('ocuparse con el diablo'), supayan tratóst
apiy ('tener tratos con el diablo') y supaypa yanasun (o amigun) ruwakuy
('hacerse amigo del diablo'). Es como si la experiencia secular hubiera enseñado
al campesino santiagueño que para superar su condición de sometimiento,
mediocridad y miseria no hay otro camino que estos tratos. Y que cualquiera
que sobresale –en riqueza, en habilidad, en suerte– lo consigue únicamente
porque hizo su negocio con el diablo. La superación
social pareciera interpretarse como cosa del otro mundo y solución
individual ilícita - un 'salvarse' muy argentino por cierto. El colmo
de la superación es entonces evadir el pago, disfrutar de lo que el
diablo da sin pagar la cuenta. Así lo hace el riquísimo
terrateniente Juañiqui Argañaraz quien manda circundar su cuerpo
moribundo con velas, reliquias y cosas bendecidas para que no se pueda acercar
el cobrador 2 y así lo hace la
mujer que se trasviste con cera y plumas de aves de corral para que el diablo
no la reconozca a la hora señalada 3
. Supay y dyablu son sinónimos en quichua, sí, pero hay lugar
para diferencias y sutilezas. Porque dyablu más bien asume el aspecto
de duende que es inherente al antiguo Supay andino. Y dyablu, como adjetivo,
en quichua también significa 'vivo', 'pícaro'. De la mujer de
las plumas directamente se dice: kasa kara dyablu ('había sido muy
pícara'). En algunos cuentos el Dyablu es una especie de duende maléfico
que se dedica a embromar (jodey) a la gente y muchas veces sale embromado
él, casi como el zorro Juancito. El diablo por naturaleza es pícaro,
pero el ser humano en ese sentido le es afín, tiene esa misma capacidad
y si se esfuerza puede ganarle en su propio terreno. Hasta
hay pícaros que se hacen un deporte gratuito en burlarlo: ahí
está por ejemplo aquel Pedro que viene a 'ocuparse' con el diablo pero
antes de cerrar negocio ya le gana dos veces en materia de ingenio 4. Desde luego, en este caso el público
asume que se trata de una simpática fanfarronada de cuento. Porque
cuando el asunto va en serio Supay no se resigna fácilmente a perder:
si bien no puede adueñarse del alma de Juañiqui, se desquita
convirtiéndose en toro de astas de oro, secuestrando todo el ganado
del difunto y dejando a sus herederos en la miseria. Este motivo del Toro
Supay se repite también en el poema épico de José Antonio
Sosa Pallaspa chinkas richkaqta ('Juntando lo que se va perdiendo') donde
el suegro del protagonista, que tuvo tratos con el Pampayoq y fue enormemente
rico, muere y al poco tiempo desaparece todo su ganado.
¿Pampayoq es nada más que otro nombre del Supay? Aparentemente
Sosa suscribe esta identificación cuando ocasionalmente los utiliza
como sinónimos. Pero en el conjunto del poema pareciera distinguirlos.
El protagonista, orgulloso de su propio pacto con el Supay, sin embargo no
es 'amigo' del Pampayoq. Cuando este viene a buscar a su suegro para cobrar
el pacto, lo combate con las artes de cuchillero que aprendió en la
salamanca. Por otra parte identifica al Pampayoq con el toro que se lleva
las vacas, es decir el Toro Supay. La identificación de Supay, Toro
Supay y Pampayoq (y Dyablu también) es ambigua y vacilante en todos
los textos santiagueños, orales y escritos. Y esto puede darnos una
pista interesante. Pampayoq/Toro Supay son personajes que pertenecen exclusivamente
al imaginario santiagueño y que evidentemente vinieron a confundirse
con el Dyablu/Supay euro-andino. Probablemente el Pampayoq fue una antigua
deidad telúrica, un temido dueño de los campos, cuyo nombre
fue tempranamente quichuizado y con el tiempo fue asociado con el Supay mediante
la figura puente del Toro Supay. Podemos suponer que lo que tenían
en común el señor del submundo y el dueño del campo abierto
es que ambos se prestaban al pacto. La cercanía morfológica
y semántica de Pampayoq y Sachayoq nos señala una interpretación
posible. Del Sachayoq el folclor dice que es una especie de guardián
de los animales del monte, mientras que del Pampayoq se obtienen ventajas
extraordinarias a cambio de un precio definitivo que excede todos los beneficios.
Si relacionamos estos dos seres en el contexto mitológico de una sociedad
recolectora/cazadora como sin duda existieron en el territorio santiagueño
podríamos considerarlos los antagonistas que regulan la economía
cinegética: mientras el Pampayoq otorga las presas, las pone a disposición
del cazador, el Sachayoq las mezquina y garantiza con esto la continuidad
de la subsistencia. Pampa es el campo abierto donde la presa corre desprotegida
y sacha el monte tupido donde los animales se esconden de sus predadores.
Las presas de por sí son escasas y por lo tanto el cazador está
dispuesto a pagar cara, tal vez demasiado cara, su suerte. Para aducir un
paralelo, en Alemania existe la leyenda del Freischütz (famosa por la
ópera de Weber) que vende su alma al diablo para conseguir balas certeras
para la caza. En el proceso de transformación en el que se sedentarizan
las tribus cazadoras/recolectoras, las presas de caza son sustituidas en su
función por el ganado vacuno, y esto explica el cambio de perfil del
Pampayoq que se relaciona ahora específicamente con la riqueza ganadera.
De hecho en el folclor –y la obra de Sosa nos lo confirma– los beneficios
que otorga el Supay son en primer lugar las 'habilidades', mientras que el
Pampayoq suele dar riquezas basadas en la explotación ganadera. Al
mismo tiempo son iguales y diferentes. El origen prequichua del Pampayoq,
es decir la supuesta existencia de pactos con seres sobrenaturales antes de
la llegada del Supay a tierra santiagueña, en todo caso podría
explicar la profunda afición idiosincrática que tienen los santiagueños
por este tipo de negocios.
NOTAS
1. Ver mi nota La sombra, el alma y el diablo
- Supay en los Andes, del 22/1/06.
2. Domingo A. Bravo, Estado actual del quichua
santiagueño, Tucumán, 1965, relato 33, pp. 145 ss.
3. Bravo, relato 60, pp. 219 s.
4. Bravo, relato 36, pp. 147 ss.