La sombra, el alma y el diablo
Supay en los Andes
Atila Karlovich F.
Cuando los españoles llegaron a América, la conversión
de los nativos al cristianismo fue una meta prioritaria. Esto implicaba la
destrucción de los cultos gentiles y la predicación del Evangelio.
Los encargados de preparar esta tarea fueron las grandes órdenes,
especialmente los dominicos, los franciscanos y los jesuitas recién
fundados. Y cabe reconocer que esta elite realizó un esfuerzo mayúsculo
y con resultados francamente admirables en el campo intelectual. Florecieron
los estudios lingüísticos en todo el continente y el empeño
por entender la manera de pensar de los nativos llevó a planteamientos
novedosos que prefiguran las ciencias sociales modernas, acotados, eso sí,
por prejuicios religiosos e intencionalidades ideológicas que cercenaban
decisivamente las perspectivas de tales plateamientos.
En el Perú colonial la "extirpación de idolatrías"
fue una tarea especialmente ardua ya que la religión para los andinos
no solo constituía el fundamento de su cosmovisión sino también
la amalgama de su sociedad. Los templos y las huacas más indisimulables
fueron destruídos o desnaturalizados y la casta sacerdotal e intelectual
mayoritariamente aniquilada. Desde los primeros lustros de la Colonia se
desmanteló la superestructura religiosa andina y no solo se perdieron
tesoros invalorables de su cultura material sino sobre todo sus elaboraciones
teológicas y su memoria más sofisticada. Pero para la evangelización
ningún esfuerzo garantizó más que un éxito superficial.
La religiosidad resistió tercamente, aún empobrecida y sincretizada,
y las estructuras fundamentales de la sociedad andina en definitiva fueron
marginalizadas pero no puedieron ser destruidas, ni siquiera después
de cuatro siglos de asedio.
Los misioneros entendieron la batalla contra las religiones americanas como
una reedición de la conquista espiritual de los bárbaros europeos.
En aquel contexto el diablo había logrado ampliar su papel –más
bien modesto dentro del cristianismo primitivo– hasta llegar a convertirse
en antagonista de Dios. Es que había asumido caras, atributos y poderes
de variadas e influyentes deidades de las religiones vencidas y, sin querer,
el monoteísmo cristiano se había substratizado de rasgos politeístas.
Cobraron fuerza los demonios, pero también ángeles y santos,
que no eran otra cosa que vástagos bautizados de los panteones paganos.
Hay que tener en cuenta que recién a partir de la Ilustración
empieza a opacarse en Europa el poder de Satanás, y bien sabemos que
al menos en zonas rurales de los países católicos hasta la
segunda mitad del siglo XX no desaparecen ni los santos y sus milagros, ni
los diablos y sus maleficios, ni la práctica de la brujería,
heredera de los antiguos sacerdocios gentiles.
El cristianismo español avanzó por el camino de las analogías
sobre la religión de los indios y estos se defendieron precisamente
refugiándose en ellas. Sobre las huacas se construyeron capillas
y las deidades locales se vistieron de santos, Pachacamac se asoció
con el Creador, Illapa, el Rayo, se disfrazó de Santiago, los
nombres de la Pachamama se escondieron en los atributos de la Virgen.
Identificar al diablo dentro de las coordinadas andinas fue una preocupación
central de los misioneros. Y la mitología andina presentaba profusión
de espíritus malignos que se prestaban. El cronista indígena
Santa Cruz Pachacuti propone los (o ¿las¿) hapiñuñus
y achaqallas y la tradición posterior menciona el ñakaq,
el saqra, el iskay uya, el waqon y tantos más.
Pero sabemos que fue el supay quien finalmente se quedó con
el papel del diablo. El investigador francés Gérald
Taylor, gran conocedor del mundo colonial andino y de la lengua de la evangelización,
trazó su historia en un valioso artículo de 1980 1 . Desde las primeras crónicas
castellanas se menciona al supay y se lo identifica espontáneamente
con el diablo. Por lo que cuentan los cronistas, se trataba de una deidad
difundida en todo el ámbito andino, muy temida y asociada con los
muertos y su paradero ultraterreno. Por otra parte el Vocabulario de
Domingo de Santo Tomás, de 1560, define çupay como 'ángel
bueno o malo', 'demonio' y también 'duende', manteniendo llamativamente
esa ambivalencia moral que caracteriza las deidades andinas que siempre son
de cuidado, benignas y malignas, mezquinas y generosas, de temer y de adorar.
Ahora sí, el Catecismo Mayor del Concilio de Lima (de 1584)
deja el asunto más claro definiendo chay mana alli Angelcunactam
çupay ninchic ('esos ángles malos que llamamos diablo').
Esta definición oficial la confirma el Vocabulario Anónimo
de 1586 y el Diccionario de González Holguín (1608),
que son reflejos lexicogáficos de los esfuerzos lingüístico-teológicos
del Concilio limense. Ambos sin embargo agregan dos definiciones más:
la de 'duende' y la de 'sombra de la persona' (en González Holguín
bajo la forma çupan). La voz implica pues un aspecto
más inocuo y casi cómico, el de 'duende' (que por otra parte
tampoco es ajeno a la tradición popular europea del diablo), y otro
que sí nos desconcierta: 'sombra (de la persona)'. Incluso en diccionarios
modernos persiste esta acepción, aunque aparentemente estaría
desapareciendo, por lo menos del habla corriente, en los dialectos sureños.
En cambio en los dialectos que realizaron consecuentemente el cambio fonético
de |s| > |h|, sobre todo los centro-peruanos, se mantiene supay (como
préstamo de la Lengua General) para 'diablo' al lado de hupa-
para lo que sería el complejo de 'alma' y 'sombra'. Y también
sigue habiendo dialectos en los que supay se asocia directamente con
la muerte: así el diccionario de Cerrón Palomino (dialecto
Junín Huanca) define supapaay como 'morir' y el de Adelaar
(dialecto tarmeño) supayya- como 'morir' y 'empobrecer'.
A la luz de este material (que exponemos aquí en forma muy suscinta
nomás) no es aventurado deducir que supay en el imaginario
prehispánico debe haber significado un aspecto del alma humana: su
sombra, lo que perdura tras la muerte. Para entender la asociación
española de |alma|/|sombra|/|difunto| y |diablo| hay que tener en
cuenta que el culto de los muertos era absolutamente crucial en la religión
andina. La creencia en la inmortalidad era generalizada, pero sobre el destino
de los muertos no había unanimidad. Había muertos felices que
descansaban en una especie de paraíso sibarita y otros confinados
a lugares de castigo o condenados a errar por el mundo pasando hambre, sed
y frío. Algunos suponían lugares especiales donde permanecían,
otros creían que se convertían en cuerpos celestes, otros consideraban
la reencarnación, y otros más imaginaban que de alguna manera
permanecían o regresaban al kay pacha involucrándose
(para bien y para mal) en el vida de los vivos. En el momento de la muerte,
en todo caso, se separaba el cuerpo material de su sombra/alma. Si se trataba
de muertos importantes, el cuerpo era momificado y colocado en cuevas cercanas
a los pueblos de donde en ocasiones se los traía en procesión
para rendirles culto. La sombra en cambio, en la que permanecía la
vitalidad, se refugiaba a otros ámbitos que también eran imaginados
como subterráneos. Varios son sus nombres que nos constan: uku
pacha 'tierra de abajo', samay wasi (lugar de descanso, lugar
donde permanece el aliento, la respiración, es decir el alma), upa(y)
marka (los españoles asociaron con upa- 'mudo' y tradujeron
'tierra del silencio', pero es más probable que se trate de hupay
marka 'tierra de las sombras) o su correspondiente en los dialectos sureños,
supaypa wasin, que se encuentra en el Vocabulario de Santo Tomás,
ya transculturado como 'casa del diablo', 'infierno'.
El culto de los muertos, con sus huacas, sus mallquis y sus
pacarinas, que implicaba ritos y sacrificios estridentes y temores
reverenciales, era para los misioneros una de los aspectos más chocantes
de la religiosidad andina. Era idolatría pura y además estaba
semánticamente demasiado ligado al imaginario europeo de 'infierno',
'condenados' y 'almas en pena'. Asociar a los muertos (que de hecho habían
muerto sin ser bautizados) con los condenados y al supay con el mismísimo
demonio fue un pequeño paso interpretativo que los conquistadores
parecen haber dado espontáneamente. Pero su elaboración teológica
fue también un intento sesgado e intencionado de comprender para condenar.
Demonizando creencias y prácticas se justificaba la "extirpación".
Las barbaridades de los extirpadores destruyeron un patrimonio cultural invalorable,
pero solo consiguieron muy parcialmente lo que se habían propuesto:
conquistar las almas de los indios. Después de más de cuatrocientos
años estas siguen transitando sus propios caminos. Eso sí,
los curas le abrieron la puerta y el diablo entró ufano en los Andes.Y
de hecho no le fue nada mal: en la religiosidad sincrética posthispánica
y en sus múltiples expresiones culturales el Diablo Supay es
un protagonista de primer orden.
NOTAS
1. Gérald Taylor, Supay, Amérindia 5,
1980, pp. 47-63 (el trabajo está también disponible en internet).