Noqanchis runakuna
Breves consideraciones
sobre el concepto antropológico
en Occidente, los Andes y Santiago del Estero
Atila Karlovich F.
El proceso de abstracción que nos lleva a entender bajo
hombre cosas tan diversas – y tan difíciles de asir
– como persona, individuo, ser racional, esencia humana
y humanidad no se puede dar por universalmente supuesto. Al contrario,
presupone una evolución cultural muy sui géneris, que solemos
llamar filosofía occidental y que comenzó dos mil quinientos
años atrás en la Asia Menor helénica. Suponer que culturas
que no se tocan con la nuestra tengan una correspondencia para una elaboración
tan particular y compleja sería ingenuo. Eso no lo desconocían
los intelectuales europeos y mestizos que en el siglo XVI se vieron ante
la tarea de adaptar las lenguas americanas a lo que les pedía la teología
cristiana. Si bien las lenguas andinas, gracias a su estructura gramatical
compleja, parecían predestinadas para el razonar y las sutilezas,
eran lenguas que de hecho iban en la dirección contraria a la que
había tomado el pensamiento europeo: mientras este profundizaba en
abstracción, individualización y sistematización, las
lenguas y el pensamiento andinos se inclinaban hacia lo concreto y su ubicación
y pertenencia dentro del orden.
No siempre fue fácil traducir el dogma cristiano a la comprensión
andina. Y hay que decir que los intelectuales coloniales encargados de tamaña
tarea tenían una conciencia muy clara del problema. Para ilustrar
esto tomemos una cuestión semántica, el caso del concepto de
hombre para cuya traducción los frailes recurrieron a la voz
quechua runa. En el anexo de su Gramática
Quichua de 1560 1 el gran precursor
de la lingüística quechua, Fray Domingo de Santo Tomás,
incluye un texto titulado Plática para todos los Indios que
es la única pieza conocida de oratoria sacra en lengua quechua anterior
al Concilio Limense de 1583. Se trata de una prédica modélica
para los curas de indios, traducida del castellano, en la que la expresión
nosotros, todos los hombres se vierte en ñoca(n)chic llapa
runacòna. Ahora, cuando se trata de traducir nosotros
los cristianos y vosotros los indios el fraile se las arregla recurriendo
a nosotros (exclusivo) y vosotros es decir ñocaycu
cancòna. Y a la hora de verter el título del documento,
pone directamente runa por indio: Llapa runaconapac conasca.
Es que Fray Domingo quiere imponer un contenido abstracto, universal al vocablo,
pero no puede esquivar su carga semántica que es demasiado familiar
precisamente para los catecúmenos. Unos 50 años después
de la Plática, la transculturación semántica
pareciera consolidada, al menos entre los intelectuales. Así
el Manuscrito de Huarochirí 2,
obra de un indio bautizado, casi seguramente sacerdote, contrapone yndio
y huiracocha (español) y subsume a ambos bajo el común
denominador runa, es decir ser humano. No sorprende que en
la literatura quechua colonial haya muchos ejemplos para este uso. Y tampoco extraña su uso en la literatura quechua escrita
por mestizos aculturados, desde Ecuador hasta Santiago del Estero 3 también.
A falta de testimonios es imposible saber con precisión qué
es lo que entendía bajo runa un súbdito incaico antes
de la llegada de los españoles. Sin embargo sabemos que la resemantización
que pretendía el esfuerzo misionero nunca decantó a nivel
popular. Podemos inferir entonces que desde las épocas del Tawantinsuyu
runa era el hombre (siempre en el sentido masculino) en cuanto miembro
de su comunidad. El concepto marcaba pertenencia étnica y cultural
concretamente andina. Entre los quechuahablantes indígenas actuales,
tanto en Ecuador como en Perú y Bolivia runa sigue siendo
una seña de identidad: ñuqanchik runakuna – nosotros
los runas (en primera persona plural inclusiva, que paradójicamente
resulta mucho más excluyente, ya que niega expresamente la condición
de runas a los no indígenas andinos) les sirve para autodefinirse,
para deslindar su identidad contra otras identidades culturales, como los
españoles y criollos (wiraqocha), los méstizos (misti)
o los indígenas selváticos (ch'unchu). Así lo
hace el título de una de los testimonios más importantes del
quechua actual, precisamente Ñuqanchik runakuna , testimonio
de vida de dos comuneros quechuahablantes apurimeños. Si bien los
editores traducen el libro por Nosotros los humanos es evidente que
Victoriano y Lusiku no se refieren a la condición humana en abstracto,
sino a sus runamasi, que son como ellos, que comparten sus miserias,
sus alegrías y sus destinos. Últimamente – dicho sea de paso
– una buena parte de los cientistas sociales que se ocupan de lo andino
se han acoplado a este uso legítimo hablando de runas cuando
se refieren a los indígenas andinos. Aunque fuera solamente para evitar
así la incomodidad de tener que recurrir a la incorrección política
de hablar de indios. La resistencia de los runas contra la
aculturación es callada y pasiva, pero fuerte y terca. E infiltradora
también. Es el espíritu de sus lenguas el arma más poderosa
de la que dispone esta resistencia. Tras casi 500 años de dominación,
la tradición occidental no ha podido imponerse contra la no menos
enfática lógica comuntaria de las culturas andinas que se oponen
tercamente a los universales.
La Argentina queda un tanto al margen del meollo de lo andino, ya que en
los Andes argentinos se han perdido las lenguas autóctonas y solamente
se ha conservado una de ellas en el ámbito contiguo (y contradictorio
en cuanto a su relación con lo andino) de Santiago del Estero. Sin
embargo la semántica andina dejó sus huellas. En un canto
ceremonial catamarqueño (Canto del Chiqui) que estuvo en uso
hasta mediados del siglo XIX y es uno de los raros testimonios sobrevivientes
de este tipo, la voz runa se utiliza claramente en el sentido andino
al que aludimos: el runa es el hombre que pertenece a la comunidad.
En el castellano actual del noroeste andino, donde el quechua desaparecido
ejerce una poderosa presencia fantasmal, la voz obedece a esta misma semántica
tradicional pero sufre una significativa dicotomía de matices: mientras
que para los que asumen su condición indígena runa indica
– de manera casi cariñosa – pertenencia a la comunidad, para los
criollos es un término cargado de desprecio, equivalente a tosco,
ordinario, vulgar. Cosas de la dominación.
En el español regional de Santiago la voz runa no existe.
Y en el quichua local tuvo una evolución muy particular, a la cual
ya nos hemos referido en una nota anterior . La cultura sachera del quichuista
santiagueño se define esencialmente por su conciencia mestiza, cristiana
(en un sentido poco ortodoxo por cierto) y campesina, en la cual la indianidad
es marginalizada y aun negada. Aunque en su conciencia no dejan de pesar
sus inconfundibles rasgos indígenas, el quichuista se define como
paysanu y kristyanu, mientras que el término
runa equivale a sus más o menos sinónimos indyu, mataku,
wili, que todos se revisten de alteridad designando al adversario
secular, al indio de las selvas chaqueñas. Colocándose fuera
de la indianidad, los quichuistas santiagueños de alguna manera perdieron
el derecho a ser runas, y la lengua da cuenta de esto.
Más allá de las diferencias que surgieron históricamente
entre lo sachero y lo andino, el genio de la lengua quichua sigue siendo
el mismo. No existe pues un equivalente al concepto universal hombre,
por más que traductores y alumnos se lamenten. Es que ese espíritu
de la lengua que se empeña por la pertenencia y el orden comunitario
no concibe al hombre en abstracto, sino siempre dentro de su contexto social
y cultural. Y a no ser que preferamos el monocultivo embrutecedor, esta
visión es un aporte que enriquece también nuestra cultura
dominante.
NOTAS
1. Santo Tomás, Fray Domingo de ([1560]
1995): Grammatica o Arte de la Lengua de los Indios de los Reynos del Perú,
edición de Rodolfo Cerrón-Palomino, Cuzco, Centro de Estudios
Andinos Bartolomé de las Casas.
2. Taylor, Gerald (2001): Huarochirí:
ritos y tradiciones 1, Lima, IFEA / Lluvia Editores.
3. En la literatura quichua santiagueña
autores como Aldo Tévez, Enrique Ruiz Gerez o Hipólito Tolosa
(Don Ishiku) usan "runa" por "hombre".