Cómo citar esta página:
ATILA KARLOVICH (2005)  "EL AVANCE DE LOS INDIOS - CONSIDERACIONES AL MARGEN DE LA IDENTIDAD SANTIAGUEÑA"
NUEVO DIARIO DE SANTIAGO DEL ESTERO
EDICIÓN DOMINICAL DEL 03-04-2005
SANTIAGO DEL ESTERO - REP.ARGENTINA

El avance de los indios
Consideraciones al margen de la identidad santiagueña

Atila Karlovich F.

               
Guillermo Barraza fue durante muchos años comisario del pueblo de Sauce en el departamento de Loreto, en donde había nacido a finales del siglo XIX. Además fue uno de los contribuyentes más interesantes y originales de la colección de textos en quichua que hizo Domingo A. Bravo en los años 60 . Entre muchos otros, a este cuentero excepcional se le debe el texto Indyuspa abansen , a pesar de su condición oral un verdadero cuento en el sentido literario de la palabra, que por su calidad tranquilamente podría figurar en antologías del genero. Cuenta de unos hermanos que fueron a preservar de la invasión de cotorras una chacra que tenían en un lugar apartado, a orillas de una laguna. En medio de la noche uno de los hermanos escuchó el grito de un quitilipi, una especie de búho grande, que sin embargo parecía decir: Quitilipí, piii, piii....!  Alwanp kunkan kuchukuuuu, kuu, kuu! (‘Al alba el cogote te cortarééé’). No había como despertar al otro hermano que se había cansado mucho durante las faenas del día y el grito del curioso animal se repetía periódicamente y se escuchaba con cada vez mayor claridad. Finalmente el muchacho sintió los ruidos de un malón indio que avanzaba desde el Salado. Tuvo que esconderse apresuradamente entre los juncos, sin haber logrado despertar a su hermano que los indios masacraron a flechazos antes de seguir rumbo al sur. El quitilipi que lo alarmó había sido un muchacho quichuista, criado entre los indios, que había querido advertir sobre el avance nocturno de la indiada.
Las correrías de indios chaqueños se repetían durante siglos en la zona de la frontera. Se trataba sobre todo de tribus guaycurúes que durante la Colonia habían abandonado su primitiva condición de cazadores-recolectores para convertirse en guerreros rapiñadores, gracias a la integración del caballo y la montura a su cultura. A partir de 1860, con la invasión del Chaco por parte del ejército argentino, estas tribus fueron malamente sometidas y así terminó el momento ecuestre de su cultura. Pero los últimos malones sobre la frontera se extendieron hasta los primeros años del siglo XX. Recuerda un figueroano, que entonces era muchacho, haber visto, por los años 40, en la cocina de la casa de su tío en una helada mañana de invierno a un indio muerto de hambre y frío que evidentemente se había extraviado, tal vez sorprendido por el cambio de tiempo. El último wili que ya no provocaba terror sino inspiraba la caridad cristiana.
De cualquier manera, las correrías son una constante en la historia de la provincia, parte de una saga sobre los orígenes y un punto referencial en la formación de la identidad santiagueña. En cierto modo se puede decir que esta se definió en una secular guerrilla de fronteras entre la indianidad – que los santiagueños temían de allende el Salado pero que al mismo tiempo sentían correr por sus propias venas – y el conformismo de la cultura criollo-católica. El deslinde fue complejo e intrincado, pero finalmente la condición indígena quedó aislada fuera de la identidad propia. Runa, la voz quichua que designa al hombre en cuanto miembro de la comunidad, fue reservada para el otro, para el indio, y el criollo se autodefinió como kristyanu, voz que en el quichua actual efectivamente significa ‘ser humano’, es decir criollo santiagueño. El sociólogo José Luis Grosso escribió un ensayo con el título revelador Los indios están todos muertos , en el cual analiza la marginación de lo indígena dentro de la identidad santiagueña. Los indios no existen en Santiago, solamente hay tumbas y cementerios por todas partes. Así que los indios están muertos, sí, pero están ahí nomás, siempre presentes, al margen de la identidad provincial. Sigue habiendo conflictos y disonacias en el interior del santiagueño - la misteriosa no extinción del quichua, la Fiesta de San Esteban - en las que se evidencia que el indio.... no está tan muerto así, como se expresa Grosso. Y cita a Bernardo Canal Feijóo quien hablaba de la voz secreta del indio que campea detrás de la promulgada no-indianidad del santiagueño.
Pero volvamos al cuento de Barraza y a la figura del cautivo que alerta a los criollos sobre el paso del malón. Es en el motivo del cautivo (y de la cautiva) – artísticamente presente en el gran cuadro de Della Valle, en el poema épico de Echeverría, en tantos cuentos de Borges – en el cual se cristaliza la fascinación por la barbarie que la ideología oficial argentina siempre quiso exterminar. En esto Santiago es sintomático para la Argentinidad entera. Tierra de frontera donde se potencia lo conflictivo. En la figura del cautivo se comunica lo que debería estar siempre separado. El cautivo participa de dos mundos que se excluyen mutuamente, de saberes, solidaridades y sentimientos contradictorios, y si bien en su conciencia puede identificarse, a veces vehementemente, con sus orígenes o sus captores, esta identificación siempre es precaria y problemática. Así el muchacho-búho se solidariza con sus orígenes, y su lengua natal es un arma que lo protege contra sus captores. Pero el saber que aplica lo tiene de ellos: es la capacidad de mimetizarse con los animales, la proximidad al mundo animal que los criollos admiran, temen y desprecian al mismo tiempo cuando de los indyus se trata. En el mito del runa uturungu se condensa este terror que es fascinación al mismo tiempo: se trata del brujo indio, el runa poseedor de herméticos saberes diabólicos, que se convierte a su antojo en tigre, el más fascinante y terrorífico de los animales. La exclusión del indio entonces también es nostalgia por una comunicación con la naturaleza que el criollo siente perdida y que en el fondo le envidia al despreciado.
El mismo figueroano que mencioné arriba cuenta de otro tío que comerciaba con el Chaco y que una vez trajo de uno de sus viajes a un niñito indio que crió en su casa como si de una chuña o un loro se tratara. O de un hijito también. El indiecito cautivo fue bautizado con el nombre de Martín, aprendió la quichua y la castilla, se casó con una chinita, fue domador de potros como sus ancestros, tuvo hijos como corresponde. El indio fue un criollazo de ley. El tío Martín Indio, como lo llamaban, murió hace pocos años, en los arrabales del Gran Buenos Aires, destino que finalmente compartió con tantos santiagueños, y quien sabe si no recordaba en sus últimos años porteños la anchura de los ríos, los bosques impenetrablas, el extraño sonido de una lengua gutural que para él era dulce música que recordaba con una nostalgia rayana al dolor.

     




 
 



Regresa a Home Page