El avance de los indios
Consideraciones
al margen de la identidad santiagueña
Atila Karlovich F.
Guillermo Barraza fue durante muchos años comisario del pueblo
de Sauce en el departamento de Loreto, en donde había nacido a finales
del siglo XIX. Además fue uno de los contribuyentes más interesantes
y originales de la colección de textos en quichua que hizo Domingo
A. Bravo en los años 60 . Entre muchos otros, a este cuentero excepcional
se le debe el texto Indyuspa
abansen , a pesar de su condición oral un verdadero cuento en el
sentido literario de la palabra, que por su calidad tranquilamente podría
figurar en antologías del genero. Cuenta de unos hermanos que fueron
a preservar de la invasión de cotorras una chacra que tenían
en un lugar apartado, a orillas de una laguna. En medio de la noche uno de
los hermanos escuchó el grito de un quitilipi, una especie de búho
grande, que sin embargo parecía decir: Quitilipí, piii, piii....!
Alwanp kunkan kuchukuuuu, kuu, kuu! (‘Al alba el cogote te cortarééé’).
No había como despertar al otro hermano que se había cansado
mucho durante las faenas del día y el grito del curioso animal se
repetía periódicamente y se escuchaba con cada vez mayor claridad.
Finalmente el muchacho sintió los ruidos de un malón indio
que avanzaba desde el Salado. Tuvo que esconderse apresuradamente entre los
juncos, sin haber logrado despertar a su hermano que los indios masacraron
a flechazos antes de seguir rumbo al sur. El quitilipi que lo alarmó
había sido un muchacho quichuista, criado entre los indios, que había
querido advertir sobre el avance nocturno de la indiada.
Las correrías de indios chaqueños se repetían durante
siglos en la zona de la frontera. Se trataba sobre todo de tribus guaycurúes
que durante la Colonia habían abandonado su primitiva condición
de cazadores-recolectores para convertirse en guerreros rapiñadores,
gracias a la integración del caballo y la montura a su cultura. A
partir de 1860, con la invasión del Chaco por parte del ejército
argentino, estas tribus fueron malamente sometidas y así terminó
el momento ecuestre de su cultura. Pero los últimos malones sobre la
frontera se extendieron hasta los primeros años del siglo XX. Recuerda
un figueroano, que entonces era muchacho, haber visto, por los años
40, en la cocina de la casa de su tío en una helada mañana de
invierno a un indio muerto de hambre y frío que evidentemente se había
extraviado, tal vez sorprendido por el cambio de tiempo. El último
wili que ya no provocaba terror sino inspiraba la caridad cristiana.
De cualquier manera, las correrías son una constante en la historia
de la provincia, parte de una saga sobre los orígenes y un punto referencial
en la formación de la identidad santiagueña. En cierto modo
se puede decir que esta se definió en una secular guerrilla de fronteras
entre la indianidad – que los santiagueños temían de allende
el Salado pero que al mismo tiempo sentían correr por sus propias
venas – y el conformismo de la cultura criollo-católica. El deslinde
fue complejo e intrincado, pero finalmente la condición indígena
quedó aislada fuera de la identidad propia. Runa, la voz quichua
que designa al hombre en cuanto miembro de la comunidad, fue reservada para
el otro, para el indio, y el criollo se autodefinió como kristyanu,
voz que en el quichua actual efectivamente significa ‘ser humano’, es decir
criollo santiagueño. El sociólogo José Luis Grosso
escribió un ensayo con el título revelador Los indios están
todos muertos , en el cual analiza la marginación de lo indígena
dentro de la identidad santiagueña. Los indios no existen en Santiago,
solamente hay tumbas y cementerios por todas partes. Así que los
indios están muertos, sí, pero están ahí nomás,
siempre presentes, al margen de la identidad provincial. Sigue habiendo
conflictos y disonacias en el interior del santiagueño - la misteriosa
no extinción del quichua, la Fiesta de San Esteban - en las que se
evidencia que el indio.... no está tan muerto así,
como se expresa Grosso. Y cita a Bernardo Canal Feijóo quien hablaba
de la voz secreta del indio que campea detrás de la promulgada
no-indianidad del santiagueño.
Pero volvamos al cuento de Barraza y a la figura del cautivo que alerta
a los criollos sobre el paso del malón. Es en el motivo del cautivo
(y de la cautiva) – artísticamente presente en el gran cuadro de Della
Valle, en el poema épico de Echeverría, en tantos cuentos de
Borges – en el cual se cristaliza la fascinación por la barbarie que
la ideología oficial argentina siempre quiso exterminar. En esto Santiago
es sintomático para la Argentinidad entera. Tierra de frontera donde
se potencia lo conflictivo. En la figura del cautivo se comunica lo que
debería estar siempre separado. El cautivo participa de dos mundos
que se excluyen mutuamente, de saberes, solidaridades y sentimientos contradictorios,
y si bien en su conciencia puede identificarse, a veces vehementemente, con
sus orígenes o sus captores, esta identificación siempre es
precaria y problemática. Así el muchacho-búho se solidariza
con sus orígenes, y su lengua natal es un arma que lo protege contra
sus captores. Pero el saber que aplica lo tiene de ellos: es la capacidad
de mimetizarse con los animales, la proximidad al mundo animal que los criollos
admiran, temen y desprecian al mismo tiempo cuando de los indyus se
trata. En el mito del runa uturungu se condensa este terror que es
fascinación al mismo tiempo: se trata del brujo indio, el runa
poseedor de herméticos saberes diabólicos, que se convierte
a su antojo en tigre, el más fascinante y terrorífico de los
animales. La exclusión del indio entonces también es nostalgia
por una comunicación con la naturaleza que el criollo siente perdida
y que en el fondo le envidia al despreciado.
El mismo figueroano que mencioné arriba cuenta de otro tío
que comerciaba con el Chaco y que una vez trajo de uno de sus viajes a un
niñito indio que crió en su casa como si de una chuña
o un loro se tratara. O de un hijito también. El indiecito cautivo
fue bautizado con el nombre de Martín, aprendió la quichua
y la castilla, se casó con una chinita, fue domador de potros como
sus ancestros, tuvo hijos como corresponde. El indio fue un criollazo de ley.
El tío Martín Indio, como lo llamaban, murió hace pocos
años, en los arrabales del Gran Buenos Aires, destino que finalmente
compartió con tantos santiagueños, y quien sabe si no recordaba
en sus últimos años porteños la anchura de los ríos,
los bosques impenetrablas, el extraño sonido de una lengua gutural
que para él era dulce música que recordaba con una nostalgia
rayana al dolor.