Nota publicada el 28/03/2004 en el NUEVO DIARIO de Santiago del
Estero
Civilización
y Barbarie II:
La ideología argentina
Por Atila Karlovich
La Argentina había sido, como se sabe, un territorio marginal
del imperio hispánico. Cuando ingresó en la época independiente
- esto está en la conciencia de pocos argentinos - le rindió
tributo a su pasado indígena como ninguna otra de las nuevas naciones
del continente. Los independentistas se aliaron con los caciques del sur
contra españoles e ingleses, y Mariano Moreno sostuvo en sus escritos
la necesaria hermandad entre criollos e indígenas. En el Congreso
de Tucumán se discutió seriamente la instauración de
una monarquía incaica, una alternativa que fue apoyada, entre otros,
por el General San Martín. El acta de Independencia se redactó
en castellano y en quechua y venía además con traducciones
al aymara y aparentemente también al guaraní. En la bandera
nacional se incluyó nada menos que un Inti incaico y el himno de López
y Planes, en una estrofa caída en desuso y olvido, cantaba las glorias
del incanato.
Lo cierto es que esta luna de miel duró poco. Promediando el siglo
se produjo una cesura que marca la singularidad de la historia argentina
en el contexto latinoamericano e impacta frontalmente contra la suerte de
las culturas autóctonas. Estas no sólo pierden sucesivamente
vigencia como subproducto de la evolución histórica, sino que
los gobiernos implementan políticas deliberadas de desprestigio y
erradicación que calan profundo en la conciencia nacional. Es que
luego de medio siglo de guerras civiles triunfan las ideas liberales. La
herencia del pasado, tanto indígena como colonial, tiene todas las
de perder contra el progreso. Para la ideología de los vencedores
porteños, brillantemente formulada por una inspirada generación
de intelectuales y ante todo por el cuyano Domingo F. Sarmiento, aquel alumno
modelo del imaginario argentino que llegó a presidente, la cultura
indígena es pura salvajada y los indios nada más que bárbaros
destinados a la aniquilación por el bien de la sociedad y del progreso.
"Civilización y Barbarie" no sólo es un libro brillante como
pocos, sino pertenece además a la escasísima categoría
de escritos que, para bien y para mal, cambian el rumbo de la historia y
dejan un rastro indeleble en un pueblo y un país. El libro de Sarmiento
en todo caso es un texto mucho más fundacional para la Argentina que
el Acta plurilingüe de Tucumán. "Civilización y Barbarie"
es la fórmula basal que de ahora en más marca los destinos
argentinos, identificando lo deseable con la civilización del Norte,
liberal y progresista, y lo indeseable con la barbarie congénita de
estas tierras vastas y oscuras. Como regalo de dánaos viene incluido
en este paquete el racismo biologista de cuño anglosajón. Las
ideas del sanjuanino, tan racistas como maniqueas desde el mismo título
del libro, se convierten en aquella ideología oficial que perpetraría
muy poco después su primer genocidio en el desierto patagónico
contra los fieros indios del sur. La campaña de Roca no fue otra cosa
que la imitación perfecta de las sistemáticas matanzas de indios
del ejército norteamericano. Su justificación, que oscila entre
lo ideológico y económico mal velado, y su heroísmo,
que se apoya cómodamente en la superioridad armamentística
del Remington sobre flechas y fusiles de un solo tiro, encuentran su equivalencia
contemporánea en las recientes victorias norteamericana sobre Afganistán
e Iraq.
Más allá de su brillo intelectual y de sus ponderables méritos,
Sarmiento es el padre del fatal consenso argentino que después de
largos cien años de vigencia sufre esta violenta e interminable agonía
sin paz que marcó los últimos veinticinco años de la
historia argentina: la barbarie real e institucional del Proceso, que se
autointerpretaba como providencial y definitivo remedio civilizador contra
las renovadas máscaras de la barbarie ancestral, la frustración
que acompañó al ilusionismo democrático alfonsinista
que quería quedar bien con todos los amos a la vez, la impúdica
ofrenda del país a los capitales civilizadores durante los años
de Carlos Menem - Tigre de los Llanos travestido en esperpéntico Sarmiento
de vodevil - y, acto final por ahora, el desmoronamiento (provisorio) del
modelo (neo)-liberal durante la tragicomedia delarruista. A pesar de estas
tremendas experiencias en lo económico, en lo político, en
lo moral, en la conciencia de todo argentino sigue debatiéndose una
barbarie tenaz, abominable y reprimida contra una civilización vivida
cada vez más como ilusoria pero que conserva su vigencia de espectro
ideal.
Esto que llamamos ideología argentina y el concomitante menoscabo
social han expuesto a las culturas nativas a una erosión permanente.
Es un hecho indiscutible que las políticas culturales de todos los
gobiernos argentinos, oligárquicos, radicales, militares y peronistas,
legítimos, fraudulentos y de facto, nacionales, provinciales y municipales,
de todos sin excepción, pusieron y siguen poniendo en práctica,
si no siempre la promoción de la civilización, en un sentido
más amplio de la palabra, sí y en todo caso la postergación
de la barbarie nativa. La funcionalidad integradora del sistema educativo
sarmientino, altamente eficiente y sin duda útil y necesario para
la formación de una nación a partir de dispares contingentes
inmigratorios, ha sido, junto con el servicio militar obligatorio, el más
eficaz instrumento de marginación y erradicación de las culturas
y lenguas connotadas como bárbaras. Limitándonos a los efectos
sobre el quechua, que tomamos como ejemplo, en los sesenta años que
siguen a Sarmiento el idioma termina de desaparecer en Tucumán, y
se extingue en la mayor parte de Salta, en Catamarca y La Rioja. Hacia mediados
del siglo pasado se mantiene nada más que en Jujuy, muy precariamente,
y con algo más de fuerza en Santiago del Estero. En los albores del
nuevo milenio su vigencia ha quedado relegada a algunos hablantes en la puna
jujeña, si es que los hay, y a una cantidad que oscila entre 80 y
150 mil hablantes (según las diversas fuentes y según los criterios
con los que se cuenta) entre los santiagueños.
El enorme daño que esta ideología le ha
hecho a todos los argentinos se puede apreciar en sus artículos de
fe que tantos argentinos repiten irreflexivamente. Hubo presidentes y embajadores
de la Nación y sigue habiendo hombres de negocios y simples taxistas
que han sostenido y siguen sosteniendo en serio y en público, aquí
y afuera, de buena y de mala fe, que en la Argentina no existen los problemas
raciales porque "aquí por suerte no hay ni negros ni indios". Para
estos despistados la Argentina es una nación europea extraviada y
los argentinos no son otra cosa que europeos exiliados en las pampas. Grandes
pensadores argentinos que no quiero nombrar aquí se han encargado
de formular, fundamentar y difundir semejante disparate patológico.
Con la identidad tan confundida, la famosa legión de psicoanalistas
porteños tiene pábulo para rato, y cada uno de los miles de
argentinos que en los últimos años emigraron por necesidad
a Miami, a Europa, sabe contar su historia al respecto. Es que allá
sufren la increíble injusticia discriminatoria de que los consideren
hispanics o latinos, que los confundan con bolivianos y guatemaltecos, que
los tengan por sudacas cualquieras… Hablando en serio: es hora de que esto
suceda para el bien de los argentinos, de una Argentina que necesita recobrar
su verdadera identidad y salir de su secular atolladero ideológico.
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