Nota publicada el 14/03/2004 en el NUEVO DIARIO de Santiago del
Estero
Civilización
y Barbarie I:
De Conquistadores e Indios, Criollos y Racistas
Por Atila Karlovich
Ni el más acérrimo defensor de España puede negar
la calidad sangrienta que caracterizó la conquista americana ni los
horrores ni las injusticias que la acompañaron. Pero sí vale
la pena tener en cuenta que la invasión del Nuevo Mundo fue la hazaña
de individuos que se encontraron de repente en un vacío de autoridad
y fuera del alcance de las represivas estructuras de control social peninsulares.
Lo del "Nuevo Mundo" era una realidad, Otro Mundo más allá
de la metáfora. Con el rey tan lejano y la poderosa iglesia reducida
a unos cuantos frailes que dependían de sus voluntades, los capitanes
y adelantados tendían a perder todo escrúpulo para dar rienda
suelta a las más crueles veleidades y a una avidez rapiñera
que no respetaba ningún límite. Para el hombre americano, que
los recibió con perplejidad y sin atinar en las respuestas, no hubo
piedad ni derecho natural que le valiera. Aunque el Virreinato y sus Repúblicas
sucesoras fueron subsanando parcial y demasiado lentamente ese vacío
de autoridad, en realidad el brazo de la legalidad nunca alcanzó hasta
mucho más allá de las capitales. En las provincias alejadas
y en los campos del continente, terratenientes, gamonales y caudillos siguen
ejerciendo poderes omnímodos hasta nuestros días. Todo esto,
desde luego no exime de culpas ni a España como nación, ni
a sus reyes en cuyo nombre actuaban conquistadores, adelantados y encomenderos,
ni mucho menos a las repúblicas sucesoras que en definitiva jamás
se hicieron cargo de sus responsabilidades.
Si bien desde un principio y hasta la fecha nunca faltaron declaraciones
legalistas y de buena voluntad que pretendían protegerlos, los pueblos
americanos y cada uno de sus integrantes fueron sometidos sin miramientos
a un despojo material, moral y cultural que ya lleva más de quinientos
años consecutivos. Sería muy injusto culpar en forma indiferenciada
a la iglesia católica - como lo hacía la famosa "leyenda negra"
- de ser el motor fanatizador de tanto horror. Aquí hace falta argumentar
cuidadosamente: por un lado es innegable que la iglesia y su labor evangelizadora
contribuyeron al despojo cultural. Es así, pero sería tan ingenuo
como ahistórico hacerles de esto un reproche. Aun así y más
allá de sus intenciones, la iglesia fue la única institución
que se ocupó activamente de conservar parte del patrimonio prehispánico.
Basta con mencionar a Fray Domingo de Santo Tomás y tantos otros estudiosos,
o la labor de los jesuitas en las misiones guaraníticas. Más
allá de esto hay que reconocer que hasta muy entrado el siglo XX la
iglesia fue el único factor morigerador, capaz de levantar su voz
contra las injusticias. Pero también hay que decir que muy pocas veces
tuvo la valentía suficiente para jugar su poder a favor de las víctimas
e impedir lo que sabía intrínsecamente injusto. La figura de
Fray Bartolomé de las Casas es paradigmática para el rol, en
definitiva trágico, que jugó la iglesia aun cuando tenía
las mejores intenciones: el dominico pretendió proteger a los taínos
de Santo Domingo cuando estos ya estaban prácticamente exterminados
y como remedio recomendó la importación de esclavos africanos,
iniciando otro ciclo de horror e injusticia. De hecho la iglesia y sus representantes,
si bien trataron de mitigar en lo posible los sufrimientos de los aborígenes
y frenar los caprichos de los señores españoles, nunca se opusieron
de veras a sus intereses de poder y económicos y por ende son culpables
de ser sus cómplices voluntarios e involuntarios.
Los conquistadores llegaron como hombres aventureros y solos. Salvo excepciones
de clases sociales muy altas, las españolas no participaron de la
hazaña. Esto los obligó desde un principio a mezclarse con
las indígenas. Y lo hicieron con toda naturalidad, a veces con brutalidad,
a veces con el derecho que confieren las legítimas artes amatorias,
y seguramente con auténtica ternura también, en todo caso sin
prejuicios, sin lo que hoy en día llamamos racismo. Veamos, para contrastar
y para fundamentar nuestra opinión, la actitud de los conquistadores
ingleses. Donde la densidad de población se lo permitía, como
en Norteamérica, aplicaban una política de tierra arrasada:
hasta donde llegaban exterminaban toda la población indígena
y avanzaban solamente cuando consideraban que estaban en condiciones de seguir
exterminando. Traían sus mujeres de ultramar y jamás se juntaban
con las lugareñas. Un racismo visceral e intrínseco se lo impedía.
La conquista del oeste por los Estados Unidos siguió las mismas pautas
genocidas. Cuando los ingleses se lanzaron a la conquista de territorios
más habitados, como en África o en la India, aplicaban una
política de estricta separación racial. En ninguna de sus colonias
hubo el más mínimo atisbo de mestizaje. Ahora bien, se puede
argumentar que la sociedad colonial española también era una
sociedad racista, en la cual la posición del individuo estaba determinada
por su pertenencia racial. Pues bien, está claro que la española
era una sociedad de castas, altamente estamentada. El "racismo" español
por lo tanto era un sistema de estamentación social pero no estaba
fundado en la biología de las razas, sino sencillamente en la distinción
de vencedores y vencidos. La historia de España con sus invasiones
romanas, visigodas, árabes y la experiencia de la reconquista, fue
el modelo que forjó el sistema de clases de la Colonia. Esto lo corrobora
el hecho innegable de que la nobleza española no tuvo ningún
empacho en unir sus linajes con las familias de la nobleza indiana, tanto
en México como en el Perú. El resultado de toda esta mezcolanza
de la que participaron todas las clases sociales, fue una sociedad mestiza
en la cual se confundían las corrientes de sangre y las complicadas
categorizaciones (mulatos, mestizos y zambos, criollos, tercerones y cuarterones,
chinas, jenízaros, albarazados etc.) perdían cada vez más
su comprobabilidad y razón de ser.
Así, con una sociedad en vías de mestizaje homogéneo,
la América hispana ingresó al período independiente.
El racismo visceral y biologista surgió en la América hispana
recién entonces, cuando quedó, teóricamente, abolido
el sistema de castas. Esto sucedió bajo la influencia del ejemplo
estadounidense y de las teorías racistas que fueron ganando terreno
en Europa a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
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