Nota publicada el 11/01/2004 en el NUEVO DIARIO de Santiago del Estero
EL CRISTO NAZARENO:
una Oración
quichua y un dios americano
Por Atila Karlovich
En una colaboración anterior traté de mostrar la influencia
de una religiosidad popular precristiana en las transformaciones que sufrió
una oración quichua para parar la tormenta. Si hoy propongo la lectura
de otra de las oraciones que Domingo A. Bravo incluye en su Cancionero, lo
hago esperando que esta vez la discusión se encarrile sobre lo que
escribo y lo que más me interesa, la cultura y religiosidad popular
del campesinado santiagueño y que se pueda dar por terminada la andanada
de desatinos y agravios que cayeron como rumi jwerte (granizo pesado) sobre
mi nota anterior, y que agradezco ya hayan sido puestos en su lugar por otros,
con competencia, espíritu polémico y vocación didáctica.
Leamos la Oración N° 6 del Cancionero, dirigida al Cristo Nazareno.
He modificado dos cosas del texto de Bravo: para facilitar la comprensión
he intervenido la puntuación y he cambiado el lugar del verso 8 (syelomanllami
rera) que por razones de continuidad tiene que venir después de la
crucifixión.
Nasareno sumajj, qoay /
chá krus ima qam pusanki. /
Tatay yaya, urmas rinki… /
Uchaan noqanchis karanchis… /
Chá korona kishka kara, /
uman sinchilla ñitera, /
pi yaarnin pallaspa, /
anajjpi krusifikasqa /
ashka yaar makin urmas… /
syelomanllami rera. /
Uchanchis ruasunku wañuy /
qam wañoranki munas.
(Nazareno lindo, dame / esa cruz que tú llevas. / Dios mío,
cayendo vas…/ Pecadores nosotros fuimos…/ Esa corona, de espina fue, / apretó
fuertemente su cabeza, / quien juntando su sangre, / en lo alto crucificado,
/ cayendo mucha sangre de sus manos… / se fue nomás para el cielo.
/ Nuestras culpas te hacen morir, / tú moriste amando).
Los estudiosos siempre han sostenido que el conjunto de estas antiguas oraciones,
destinadas a la evangelización y a la liturgia, salieron de la pluma
de religiosos foráneos. Al menos en este caso la hipótesis se
confima enteramente. El texto revela a un versificador de cierto oficio y
sólida formación teológica: desde lo doctrinario, esta
es la más ortodoxa de todas las antiguas oraciones quichuas que conocemos.
Es palpable que el autor fue un sacerdote no quichuista con conocimientos,
pero sin intimidad con el idioma. Más allá de que los recurrentes
anacolutos (indicados con puntos suspensivos) hacen sospechar de que el texto
que poseemos es fragmentario, es evidente que el autor parte de una especie
de borrador en español que traduce literalmente y con dudosa competencia.
Cualquier lector medianamente familiarizado con el quichua se da cuenta de
esto en seguida. No quiero abrumar con detalles, pero nótese, como
ejemplo nada más, el segundo verso: no sólo falta la marca del
acusativo, sino también extraña el empleo de una construcción
relativa con chá… ima que no es corriente en el quichua santiagueño
y que calca el español ese… que. Lo correcto, sin duda, hubiese sido
chá krus pusasqaykita. Y más evidente todavía el penúltimo
verso, uchanchis ruasunku wañuy (nuestros pecados te hacen morir) que
contiene un calco del español que revela un grave desconocimiento del
funcionamiento del idioma: la transitivización de verbos intransitivos,
en quichua, se hace con el sufijo -chi y no mediante un auxiliar, como en
español. Lo único correcto en este lugar hubiera sido wañuchisunku.
A pesar de todo, el cura poeta supo hacer de tripas corazón y cualquier
lector sensible convendrá en que el texto tiene su gracia. Esto lo
confirma el hecho de que fue conservado en forma oral por los propios quichuistas:
la oración fue recopilada originariamente por Andrés Chazarreta,
en los años 20 del siglo pasado y su informante fue Fermín Silva,
un quichuista que parece haber sido encargado del canto religioso en la iglesia
parroquial de Tuama.
Para entender como este quichua tan alejado de la realidad del idioma hablado
pudo impactar en los hablantes, hay que saber que el lenguaje religioso del
que los curas se servían en la catequización era de por sí
extraño para el pueblo campesino. Los catecismos y las oraciones que
usaban venían en dialecto cuzqueño y sólo los adaptaban
fonéticamente al santiagueño. Traían palabras y construcciones
ajenas al lenguaje cotidiano de catecúmenos y feligreses, y eso sin
entrar en el tema mucho más profundo de la semántica cristiana,
tan ajena al idioma americano… Por otra parte sabemos que la extrañeza
del lenguaje religioso es universal, quiere decir que cualquier expresión
de lo divino tiene que alejarse necesariamente del lenguaje común.
Tal vez sea justamente la rareza de este lenguaje el que en la consciencia
del parroquiano sencillo lo hace apto para la expresión de temas de
trascendencia, misterio y solemnidad.
Lo que no es fácil, es la datación del texto. Es probable
que sea del siglo XIX y cabe que sea aún anterior, por lo menos en
su escritura original. Formas del santiagueño moderno (como karanchis
que sustituyen el más antiguo karqanchis) no invalidan esta opinión
ya que tranquilamente se pueden deber a la tradición oral posterior.
No hay elementos como para arriesgar una datación más precisa.
De cualquier manera, el espíritu que embarga la composición
remite desde el tema mismo a la religiosidad colonial. Es que la Pasión
de Cristo es tema esencial de la literatura castellana de los siglos del Descubrimiento
y de la Colonia y está presente en las letras quechuas desde el primer
siglo de la conquista americana. Fray Luis Jerónimo de Oré,
nacido en Huamanga (Ayacucho) en 1554 y fallecido en 1630 en España,
fue el primer poeta de autoría conocida que compuso textos originales
en quechua y aymara. En su obra principal Symbolo Catholico Indiano (Lima,
1598), el franciscano incluye la temática de la Pasión, insistiendo
dolorosamente en la sangre derramada y la corona de espinas. Una estrofa
de tantas baste como muestra del expresionismo barroco de Fray Jerónimo:
Chawpi wasantam yawar puka mayu, /
yawar lluqllaspa pachaman sut'urqan, /
qhapaq yawarwan maqchhirpayarisqan, /
allpapas karqan.
(En el medio de su espalda río de roja sangre, inundando la sangre
se derramó en la tierra, con sangre poderosa había regado la
tierra) .
Más allá de nuestra oración santiagueña y de
este antecedente literario cuzqueño, la adoración del Nazareno
y el culto emparentado del Ecce Homo, Cristos dolientes, llagados, humillados,
vestidos con un ropón morado o casi desnudos, son tradiciones fuertemente
arraigadas en España, sobre todo en la Andalucía de la Semana
Santa. En toda la geografía de la América colonial y barroca
llama la atención la fuerte presencia de estas imágenes del
Cristo escarnecido y ensangrentado. Su representación en algunos casos
llega a extremos expresivos casi escandalosos. Personalmente no puedo olvidar
la magistral talla de un Cristo en la iglesia de San Francisco en Bogotá,
Dios hecho hombre y casi animal también, arrastrándose en cuatro
patas, como perro, en una pose de dolor que supera los extremos del dolor
humano. No me parece descabellado arriesgar la opinión de que la frecuencia
e intensidad de estas imágenes en todo el continente no es casual.
Se deben a que sintetizan como ninguna otra, con su misticismo sanguinario
la tragedia objetiva del mestizaje indo-ibérico.
Para entender hay que estar con el indio martirizado, enajenado y menospreciado
que se arrodilla frente al Dios de sus ultrajadores. Para entender hay que
participar de la raza de sus verdugos. Para entender hay que adorar
a este Dios increíble, victimario que resume en carne propia el escarnio
de sus víctimas. Para entender hay que intuir el misterio del mestizaje.
Hay que ser americano para entender.
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