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El quichua de Catamarca y La Rioja
Parte VI

5. Posición dialectal del quichua de Catamarca y La Rioja.

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Juan Alfonso Carrizo anotó a Roque L. Quevedo, de Suriyaco (La Rioja), que “al quichua  lo hablan los santiagueños pero eso no se entiende; en cambio el CUZCO era fácil” (1942, II, p. 427); también dijo D. Roque: “los antiguos de aquí que alcancé a conocer no sabían quichua sino cuzco, eran cuzqueños [sic]; el quichua es más difícil, lo hablan los santiagueños”  (1942, I, p. 37).

Ya hemos visto en el estudio de los materiales las pocas diferencias existentes entre los dialectos de Catamarca y de Santiago; además, recordaremos que el santiagueño Telésforo Ruiz conversaba en quichua con la vieja Garay, que era catamarqueña (Lafone, 1927, p 232, art. Upalla, Urma; p 176, art. Occocuni). Podemos asegurar que el quichua de Catamarca era muy afín a la variante santiagueña, aunque carecía del notable rasgo fonético y fonológico representado por la consonante pálatoalveolar sonora (con el alófono fricativo mucho más frecuente). Además el dialecto catamarqueño conservaba unos pocos rasgos arcaicos más que el de Santiago.

Entre sus características podemos destacar las siguientes:

Poseía una fricativa pálatoalveolar sorda (sh), frecuente en dialectos no cuzqueños (tampoco se registró en el Wanka de Ayacucho ni en el Inga de Colombia). Tenía voces con s inicial (san, suc) que corresponde a una laringal (h) en cuzqueño, tal como en Santiago del Estero, el dialecto de Santo Tomás y el Chinchaysuyu del siglo XVIII. En dialectos ecuatorianos  y el Inga de Colombia se halla en menor grado esa correspondencia fonética; por otra parte, en algún caso González Holguín trae formas (no se sabe si alternantes o dialectales) con ç inicial.

Había voces (laca, larca) en las cuales a la vibrante inicial (r) del cuzqueño corresponde una lateral, como en Santiago del Estero (y, en el segundo caso, también en Bolivia).

 Existía el fonema l, como en todos los dialectos menos el cuzqueño clásico (según Rowe, las voces de González Holguín que lo poseen serían préstamos aymaras).

Había nasales que no poseían la articulación palatal del cuzqueño clásico (na, nipus, nocca, etc.), fenómeno que también se observa en muchos dialectos.

La laringal (h) inicial del cuzqueño parece no haber existido en el dialecto de Catamarca; Lafone registró varios ejemplos de ello. Por otra parte, media docena de voces con h inicial que incluye el mismo autor, probablemente se deban a la imitación de las grafías de Santo Tomás y González Holguín. En el dialecto santiagueño no existe tal sonido: en posición inicial de palabra ha caído o le corresponde una s.

En el quichua de Catamarca se hallan ejemplos de caída de las semiconsonantes y y w en vocales (hua, kas, san, tian, etc.), con algunos casos fluctuantes. Lo más característico es la caía de la w entre dos vocales a, fenómeno propio también del santiagueño, aunque se han documentado unos pocos casos en algunos dialectos del Chinchaysuyu. En los demás dialectos parece no registrarse tal caída de w (e incluso y) entre dos a, sino solamente la caída de w intervocálica luego de u y la caída de y intervocálica luego de i.

En esta forma dialectal se hallaban también sonidos oclusivos en posición final de sílaba, lo cual es un rasgo arcaico para algún autor.

Lafone ha registrado dos ejemplos de uso del sufijo objetivo -cta luego de base nominal terminada en vocal, junto a casos que emplean la forma -ta; el primer uso sería arcaico: existió en cuzqueño clásico y, según von Tschudi (p. 272), en su época se conservaba en algunas provincias del centro y norte del Perú .

En cuanto al sufijo indicador de poseedor, se documentó la forma -pa, tanto para bases terminadas en vocal como para las terminadas en consonante, lo cual sólo se ha registrado en algunos dialectos del Chinchaysuyu y en el Inga de Colombia.

El dialecto de Catamarca poseía el morfema condicionante -pti-, como el cuzqueño clásico y la mayoría de los dialectos, exceptuando el cuzqueño moderno, el ecuatoriano moderno y el boliviano .

También se empleaba el sufijo pluralizador -chis, tal como en el santiagueño; el cual ha sido registrado, además, sólo en cuzqueño moderno y en algún texto poético de Potosí (Bolivia); en los demás dialectos estudiados (incluso cuzqueño clásico) dicho morfema termina en una velar (o postvelar) sorda, oclusiva o fricativa según los dialectos.

En el pretérito se empleaba el morfema -ra-, aunque se ha registrado también la forma más antigua -rca- o -rka- , usada en casi todos los otros dialectos. En santiagueño sólo se emplea la forma -ra-; en el cuzqueño moderno la hallamos documentada por Yokoyama, mientras la mayoría de los autores traen la forma antigua.

Con respecto al morfema indicador de simultaneidad se registró para Catamarca una fluctuación entre las formas -s / -spa, lo mismo que en Santiago; el único caso que conocemos  para otro dialecto lo registró Cordero en Ecuador (rimashpa o rimash ‘hablando’; cf. p. XVII).

En lo que se refiere a la sintaxis, recalcaremos que en las frases nominales el atributo sigue al núcleo, tal como en Santiago, lo cual podría tratarse de un influjo de sustrato .

En cuanto al léxico, ya señalamos la presencia de voces locales (probablemente préstamos del kakán y de alguna otra lengua indígena).

No insistiremos en el influjo del español sobre este dialecto.

Aunque del material propiamente riojano nos ha llegado un poco menos de una decena de voces, casi una decena de frases y oraciones, y dos cantos estropeados (el del chiqui y el Año Nuevo Pacari), consideramos que se trata del mismo dialecto catamarqueño; muchas voces se dan como comunes a ambos dialectos y, además, recordamos que Lafone cambiaba algunas palabras en quichua con la vieja riojana Cativa (1927, p. 177, art. Onco).

Como vemos, desde un punto de vista descriptivo, la fonética del quichua de Catamarca

 se acerca a la del dialecto estudiado por Santo Tomás y a la de algunos dialectos del Chinchaysuyu. En su morfología presentaba algunas formas arcaicas juntos (sic -Rumi) a innovaciones, varias de las cuales han sido registradas en otros dialectos. El léxico conocido es muy poco caudaloso para intentar una correlación más ajustada.

Con respecto al dialecto descrito por Domingo de santo Tomás, Rowe piensa que geográficamente podría corresponder a parte de lo que hoy es Apurímac (1950, § 4). Por su parte, Raúl Porras Barrenechea (Santo Tomás, pp. XV-XVI) piensa que la experiencia lingüística de Fr. Domingo de Santo Tomás correspondía particularmente a la lengua del Chinchaysuyu. Es curiosa una noticia de Fr. Martín de Murúa, según la cual Huayna Capac era hijo de una india de Chincha motivo por el que mandó se hablase la lengua de Chincha, “que es la que ahora dicen de Cuzco” (p 76).

Es necesario recalcar que la denominación “lengua del Cuzco”, difundida por los misioneros y conquistadores, no debe tomarse como una indicación valedera de la procedencia de un dialecto dado

Un problema que se plantea es si el dialecto catamarqueño y riojano del siglo XIX representa la forma empleada en el Tucumán en tiempos prehispánicos.

Si se tratara de una forma prehispánica y descartamos la ocurrencia de importantes cambios diacrónicos (tanto endógenos como por influjo de sustratos o adstratos), podría indicarnos la existencia de relaciones culturales  -dentro del período arcaico- con áreas peruanas no cuzqueñas (quizás los estudios arqueológicos puedan contribuir a aclarar este punto).

Si fuera una forma de introducción posthispánica podría corresponder a la lengua de los yanakuna peruanos traídos por los conquistadores, o podría tratarse de un dialecto elegido por los misioneros teniendo en cuenta su fonética relativamente sencilla para los españoles, con algún pequeño carácter de koiné en su vocabulario.

Lafone escribió que en el país de los diaguitas encontramos el quichua y “quichua de la época de Santo Tomás” (sic, Lafone escribe Thomás -Rumi). Además, en un primer momento, pensó que el kakán “sería aquel Quichua arcaico que hablaban los Calchaquinos, Diaguitas y Tonocotés, mientras que el llamado Cuzco sería el “Quichua culto” que hablarían las naciones “quichuizantes” del Tucumán sometidas al imperio de los Incas (1888, p. 389); pero posterior-mente reconoció que eran dos lenguas distintas (1918-1919, p. 536). En cuanto a su posición dialectal, escribió que el quichua de Catamarca y de Santiago del Estero “se diferencian del peruano menos que el Castellano y el Portugués” (1927, p 22), y aún que el vocabulario del quichua de Catamarca estaba íntimamente ligado “con el clásico de la capital de los Incas” (1927, p. 23).

Sin embargo, el mismo Lafone nos cuenta que en cierta ocasión se encontró en Buenos Aires con unos “indios Chichas, de esos que suelen llamar Collas y Yungueños” y les preguntó  cómo se decía ‘oreja’ y ‘¿qué le ha hecho?’ en el quechua de su tierra; la respuesta fue nigri e imata inapun o imata ruapun, respectivamente, “precisamente como en Catamarca, Rioja, Santiago, etc.” (1927, p. 22). De allí nació su convencimiento de que los Chichas habrían sido los mitimaes enviados por el Inca para instruir a los pueblos del Tucumán y los difusores del quechua en el Noroeste (1914, pp 367, 369; 1927, pp. 22, 25).

Lafone afirmó que en el quichua de la Argentina (léase Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero) se hallan las características dialectales de la lengua de los Chichas de Tupiza (1914, pp 367, 369; 1918-1919, pp. 533-534), pero se basa en tres o cuatro voces cuya geografía lingüística ignoraba, y de las cuales quizás nigri podría ser común sólo a dialectos de la Argentina y Bolivia (por otra parte anotaciones más recientes han registrado para Bolivia siempre la forma ningri). A su vez, J. M. B. Farfán piensa que el quichua del Año Nuevo Pacari “es el mismo de la región de Chichas de Bolivia” (Carrizo, 1942, II, p. 428).

Juan Alfonso Carrizo creía hallar argumentos favorables para apoyar tales filiaciones, pero las extendía a otras áreas: “los riojanos que iban casi todos los años a los dos perúes, estaban familiarizados con el quichua de las villas donde tocaban en sus andanzas: Potosí, Oruro, Cuzco, etc. en tanto que al quichua santiagueño no lo entendían” (1942, II, p. 428).

Ya expresamos en la parte dedicada a las fuentes nuestra opinión acerca del Año Nuevo Pacari; aquí no volveremos sobre este punto.

 También debemos recordar que según el oidor Matienzo, en el siglo XVI había en la Puna  pueblos de indios Chichas; es muy probable que estos hablaran un dialecto semejante al hablado actualmente en la misma área (un dialecto boliviano). Cuando Boman dice que el quichua argentino se asemeja al de Bolivia (1908, I, p. 193) se está refiriendo al dialecto puneño, el único que conocía.

Pero el dialecto de Catamarca y La Rioja (también el de Santiago del Estero) se diferencia de los dialectos bolivianos hasta ahora estudiados por la falta de consonantes glotalizadas y aspiradas, por la existencia de una s inicial de voces que poseían una laringal en cuzqueño clásico, por la caída de w entre dos vocales a, por la estructura fonológica de varios sufijos; ello sin tomar en cuenta las voces regionales existentes en varios dialectos.

El aspecto histórico comparativo de la dialectología quechua encierra problemas interesantes. Así, para Rowe (1950, § 1), los dialectos quechuas modernos, incluyendo los de Cuzco y Ayacucho, más que preservar viejas diferencias locales, derivan de la forma hablada en el Cuzco en el siglo XVI. Dicho autor (1950 § 4) afirma que no hay ninguna duda de que el “Inca clásico” del siglo XVI poseía cinco consonantes aspiradas y cinco glotalizadas y que el quechua de Ayacucho perdió ambas serie de consonantes (1950 § 5). Algo semejante parece creer Balmori cuando dice que el quichua de santiago “se ha empobrecido en todas las series de consonantes largas, eyectivas y eyectivas largas [sic] y sobre todo en las articulaciones palatales” (p. 598).

Sin embargo, otro lingüista, Benigno Ferrario (p. 222), sostiene que el dialecto del Cuzco, por influencia del aymara, con el cual está en contacto y que representa además el sustrato lingüístico de la región, introdujo la serie de consonantes aspiradas y glotalizadas. Debemos aclarar que ello significaría la incorporación de diez fonemas nuevos, con una diferencia mínima en el modo de articulación con algunas ya existentes, y la creación de numerosas parejas mínimas (incluso tríos) de voces. Además, sólo un 30% ó 35 % de las voces con consonantes glotalizadas y/o aspiradas son comunes a ambas lenguas: en el 65 % o 70 % de los casos las voces son distintas o se conocen sólo en una de las lenguas.

Recordaremos que en el siglo XVI Santo Tomás documentó un dialecto sin consonantes glotalizadas ni aspiradas, lo cual es confirmado por Garcilaso de la Vega (I, p. 74) cuando dice que un religioso dominico (seguramente Fr. Domingo de Santo Tomás) que había sido cuatro años catedrático de la lengua general en el Perú, desconocía la existencia de glotalizadas en el quechua. Había sido imposible hablar una lengua con tal tipo de fonemas sin descubrir su existencia.

Por nuestra parte, pensamos que aún son necesarios muchos estudios descriptivos estructurales, especialmente de los dialectos de Bolivia, Perú, Ecuador, y vocabularios extensos, para intentar un estudio comparativo y reconstruir el ‘protoquechua’. Además, tales estudios son un requisito necesario para la taxonomía y la determinación del ‘árbol genealógico’ de los dialectos quechuas.

6. Conclusiones.

Arriba

El quichua de Catamarca y La Rioja es lengua muerta desde comienzos del siglo XX. Aunque hay noticias de mitimaes asentados en Londres, la primera documentación clara   del empleo de la lengua quechua en tal área está fechada en el siglo XVII (1631).

De las pocas fuentes que hay para su estudio, la más importante está constituida por las anotaciones de Lafone Quevedo; luego le sigue Adán Quiroga.

Ambas fuentes son susceptibles de reparos desde el punto de vista metodológico. Ello plantea problemas insolubles en torno a muchos aspectos.

Hay noticias seguras acerca del empleo del quichua en el Tucumán en tiempos prehispánicos. Asimismo, hay noticias, indicios y pruebas de la penetración incaica en el Noroeste en tiempos prehispánicos.

 La prueba irrefutable está dada por el horizonte incaico determinado por la Arqueología . Aunque algunos cronistas se refieren a contactos o alianzas entre los Incas y el Tucumán bajo Pachacuti Inca Yupanqui (el 9º Inca, cuyo reinado habría comenzado hacia 1438), la mayoría de las noticias sitúan la penetración del dominio incaico en el Noroeste en el reinado de Túpac Inca Yupanqui (10º Inca, que había asumido el mando hacia 1471).

Los principales instrumentos inmediatos para la difusión del quichua en tiempos posthistóricos fueron probablemente los yanaconas peruanos; ello fue posibilitado por las leyes de Indias y las disposiciones de la Iglesia.

La acción directa y personal de los misioneros no puede haber alcanzado igual magnitud debido al reducido número que actuó en el Tucumán.

El área quichuaparlante del Noroeste en sentido amplio comenzó a retraerse en el siglo XIX, para quedar reducida actualmente a dos zonas: una que tiene por centro la Puna, y otra centrada en santiago del Estero.

El dialecto de Catamarca es muy afin al santiagueño, aunque conserva algunos rasgos más arcaicos que éste. Desde un punto de vista descriptivo su fonética se acerca a la del dialecto estudiado por Fr. Domingo de Santo Tomás y a la de algunos del Chinchaysuyu. Su morfología muestra algunas formas arcaicas junto a innovaciones.

Se diferencia de los dialectos bolivianos conocidos por diversos rasgos fonológicos, morfosintácticos y léxicos.

No se sabe si representa la forma prehispánica del Noroeste; si así fuera, podría sugerir  relaciones culturales, dentro del período incaico, en áreas peruanas no cuzqueñas.

El caso del dialecto tratado demuestra que la anotación de material lingüístico por legos  equivale a las prospecciones y excavaciones arqueológicas realizadas por aficionados (léase Quiroga, Zavaleta, etc.); no se han llenado los prerequisitos necesarios para un estudio científico; fonéticos, en el primer caso; una recolección de superficie metódica y una excavación estratigráfica, en el segundo.

Es necesario llamar la atención sobre este hecho; esperemos que entre los aficionados a anotar vocabularios o hacer “comparaciones” de lenguas se haga consciente la realidad de la existencia de las técnicas lingüísticas.

No se puede menos que lamentar la muerte del dialecto catamarqueño pues los pocos materiales recogidos plantean dudas insolubles, al mismo tiempo que indican el valor que hubiera tenido para la dialectología quechua, para la linguística general y para la etnolinguística una recopilación metódica e intensa.

Advertencia

En las voces indígenas reproducidas de las fuentes se han respetado las grafías de los diferentes autores. En las voces del dialecto santiagueño anotadas por nosotros y en los regionalismos citados se ha empleado un alfabeto fonológico práctico sobre cuyos signos sólo insistiremos en los siguientes:

k oclusiva velar sorda

q oclusiva postvelar sorda

sh fricativa pálatoalveolar sorda

ll en quichua y español de Santiago del Estero, fricativa pálatoalveolar sonora; en   los demás casos, lateral, palatal, sonora

rr fricativa retroflexa ápicoprepalatal sonora (con tendencia al ensordecimiento)

j fricativa velar sorda

jj  fricativa postvelar sonora

w semiconsonante (o semivocal) labiovelar sonora

y semiconsonante (o semivocal) palatal sonora

 Además, en las fórmulas estructurales, se han empleado los signos:

C consonante

V vocal

En las voces quichuas santiagueñas se ha indicado el acento cuando no caía en la penúltima sílaba; en los indigenismos del español regional se lo ha indicado de acuerdo con las reglas del español.

 

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