Indice || Primera Parte || Segunda Parte || Tercera Parte || Cuarta Parte || Quinta Parte || Sexta Parte


El quichua de Catamarca y La Rioja
Parte I
 

0. Introducción.

En la Argentina se hablaron, y se hablan aún, varias lenguas indígenas. El inexorable proceso de industrialización y extensión de las pautas nacionales o urbanas fue asimilando en distinto grado a diversos grupos socioculturales o los aniquiló. Así se perdieron para la ciencia numerosas etnías y sus patrimonios culturales.

El quichua de Catamarca y La Rioja, uno de los dialectos de la lengua indígena más importante en la historia cultural de Sudamérica, es hoy una lengua muerta.

La única posibilidad de lograr más material para su estudio sería el descubrimiento de viejas anotaciones inéditas, lo cual nos parece muy improbable.

Por ello, hemos decidido comenzar el estudio del quichua en la Argentina por este dialecto muerto. Para ello debemos recurrir a los métodos filológicos, limitándonos al estudio del material escrito disponible, constituido por anotaciones lingüísticas hechas por aficionados, lo cual es tan poco apropiado para el conocimiento estructural-funcional de una lengua como lo son los viejos métodos de fijación y coloración  de la Histología para el conocimiento de la estructura y función de los tejidos vivos. Sólo puede ayudarnos la comparación con los dialectos vivos presumiblemente relacionados y el estudio del español de la misma área.

 En la Argentina quedan en la actualidad dos áreas donde se habla quichua.  Una tiene por centro Santiago del Estero, desde donde irradia a zonas vecinas de Tucumán, Salta, Chaco y Santa Fe, y es llevado más lejos aún con la migración interna de mano de obra santiagueña. Este dialecto mereció la atención de diversos autores ya desde el siglo pasado; nosotros iniciamos estudios de campo del mismo hace cinco años y los proseguimos con ciertas intermitencias en el curso de viajes de investigación antropológica a la provincia de Santiago del Estero.

Luis A. Ledesma Medina (p 124) calculó que en dicha provincia, en una zona central de unos  60.000 km2. Con unos 250.000 habitantes, se utilizaba el quichua “del modo más frecuente, común y generalizado”; alrededor de esa zona existiría otra de unos 6.000 km2. , con unos 120.000 habitantes, en la cual “l uso del quichua es menos frecuente, aun cuando buena parte de la población lo conoce”. Por nuestra parte, creemos que en la provincia de Santiago del Estero habrá actualmente unos 150.000 quichuaparlantes.

La otra área importante donde se habla quichua actualmente, según distintas fuentes, es la Puna,  desde donde irradia a la Quebrada de Humahuaca y los valles Calchaquíes. Se puede estimar el número de hablantes entre 10.000 y 20.000. Se trata de un dialecto quechua boliviano, del cual hay algún material publicado por Eric Boman (1908, II, pp. 484-499, 511-512), Salvador De Benedetti (p 254, 3) y Juan Alfonso Carrizo (1933, pp. 697-699; 1934, pp 508-529); también existen algunas anotaciones en la Colección de Folklore del año 1921. Es muy probable que también se hable este dialecto en los departamentos salteños de Santa Victoria e Iruya.

1. Noticias generales sobre el quichua de Catamarca y La Rioja.

La difusión de la lengua quechua está ligada, especialmente, a la expansión del imperio incaico. Si acudimos a las fuentes en busca de las noticias más antiguas que se relacionen con la vigencia histórica de la lengua incaica en nuestras provincias de Catamarca y la Rioja, debemos citar las declaraciones acerca de la existencia de ‘mitimaes’ en nuestro territorio, las cuales, a pesar de los elementos legendarios (Los Césares, Linlin, Trapalanda) o fantásticos con las que están adornadas, poseen -sin duda- un fondo real (explotaciones mineras y tributos en oro y plata al Inca). Así es que, en las informaciones recibidas en Santiago del Estero por orden de Ramírez de Velazco, acerca de los náufragos de tres barcos de la armada del obispo de Plasencia que se perdieron entre el Río de la Plata y el Estrecho de Magallanes, declaró el 15 de julio de 1589 Alonso de Tula Çerbín, escribano real y mayor de la gobernación de Tucumán, que había oído decir que los llamados “yngas de çesar” eran los que estaban asentados en Londres como gobernadores y capitanes del Inca, donde cobraban los tributos en oro y plata sacados de las minas de Londres para enviarlos al Cuzco. Agregó que en el momento del pasaje de Almagro para Chile se estaban conduciendo 90 andas en dirección al tambo del Toro, cada una con 90.000 pesos en oro fino de 22 kilates en tejuelos señalados con la marca del Inca. Cuando se enteraron del dominio de los españoles en el Perú y de la entrada de Almagro, los llamados incas se retiraron de Londres a lo que se llamó los Césares o Linlin (Ramírez de Velazco, pp. 718-719).

El 5 de setiembre de 1589 declaró el capitán Blas Ponce, vecino de Santiago del Estero, quien dijo que una india Isabel, que había estado en la entrada de Almagro, había dicho que en el valle de Quiriquiri o de Quirequire, a 30 leguas de la cordillera de Chile, estaban asentados capitanes del Inca con más de 20.000 mitimaes para sujetar a los naturales de la provincia de Londres, donde tenían minas, de las cuales extraía oro y plata para el Inca. Desbaratados por Almagro y enterados del dominio de los españoles en el Perú, se fueron en busca de otro capitán general del Inca que andaba conquistando lo que se llamó Cesar. La misma india Isabel le contó que en la entrada de Diego de Almagro por los valles Calchaquíes, el adelantado se topó con una anda cargada de oro, seguida por más de 20 andas, en las cuales llevaban el tributo desde Londres al Cuzco. Asimismo, había sabido por un soldado Pedro Clavijo, que a su vez había conocido al capitán Saucedo (amo de la india Isabel en la entrada de Almagro), que en tal anda había más de 90.000 pesos en tejuelos de oro, con la marca del Inca (Clavijo había visto algunos), los cuales eran el tributo que cada mes pagaba cada indio de la tierra al Inca. El mismo Blas Ponce. Durante la conquista de Londres, halló a un indio muy viejo y ciego en el valle Vicioso, quien le informó que los mitimaes que extraían oro y plata para el Inca, o habían sido muertos por Almagro, o habían huído por el camino del Inca en busca de otros capitanes (Ramírez de Velasco, pp 733-736).

Informes más concretos acerca del empleo del quichua en Catamarca y La Rioja proceden del siglo XVII. Ello plantea un problema insoluble: algunos autores toman las fechas en que se registró el uso de tal lengua en algún lugar del Noroeste y, apoyándose en la fecha de entrada de Diego de Rojas, afirman que ya habían transcurrido tantos años de contacto con los españoles; por lo tanto, concluyen, la difusión del quichua es post-hispánica. Tal cálculo se basa en un supuesto que debe ser comprobado en cada caso: el del contacto y continuidad del mismo. Los documentos nos hablan del despoblamiento de muchos asientos de población española debido a las hostilidades de los indígenas y, por otra parte, los datos acerca de las localidades que mantenían contacto con los españoles distan de ser claros y completos. Por ello, en muchos casos no es posible tener seguridad acerca de si estamos frente a una difusión reciente de la lengua o si su introducción se debió a la existencia de mitimaes (mitmakuna mitmaqkuna, en quechua cuzqueño), o al contacto con las guarniciones incaicas situadas a lo largo del camino del Inca.

A continuación reproduciremos algunas noticias publicadas por distintos autores:

Una Carta Anua del Provincial Francisco Vázquez Trujillo dice que el P. Juan de Cerezeda y el P. Antonio Morero hicieron una misión de 4 meses, en el año 1631, “por las Cierras q llaman de Quimilpa y valle de Catamarca (Cartas Anuas, t XX, pp 395-396).  También en 1631, lo PP Francisco Hurtado y Pedro de Herrera, “ambos muy buenos lenguas de la general q llaman el Cusco”, hicieron una misión de casi tres meses “por los valles de Capayan, Guatacol, y Famatina, distantes el que mas cincuenta leguas de La Rioja” (Cartas Anuas, t. XX, p 413).

Otra fuente también refiere que los PP Juan Cerezeda y Antonio Macero, que hablaban las lenguas quichua y calchaquí, anduvieron cinco meses por los montes de Quimilpa y los valles de Catamarca (Techo, t. IV, p 115).

Pocos años después, los padres Jaime de Barrios e Ignacio de Medina, peritos en la lengua general de los indios, fueron a los valles de La Rioja y a Londres a misionar (14ª Carta Anua, que relaciona lo acaecido en 1635-1637) (Cartas Anuas, t. XX, p 762).

Según el P. Larrouy, el obispo de Tucumán, Dr. Juan Bravo Dávila de Cartagena, observaba en una carta de 1691 que el maestro Baltazar de Vargas Machuca, del curato de Londres o Belén, se decía “que no sabe la lengua” (1914, p 33), lo cual indicaría que era un medio de comunicación necesario.

En cuanto al siglo XVIII, se sabe que en “el año 1705 los indios de Andalgalá necesitaban de la lengua para hacerse entender”, según escribe Lafone (1888, p. 94). Por su parte, afirma Larrouy que a fines del siglo XVII y en el XVIII, los indios hablaban quichua en Catamarca y solamente quichua en algunas partes, y que incluso muchos españoles, aun de clase distinguida, lo hablaban (1914, p 34).

En un decreto del teniente de gobernador de Catamarca, Esteban de Nieva y Castilla, en 1711, se hace referencia a una india de la sierra de Ancasti que “es ladina”, y cuya lengua entiende el citado funcionario. En 1758 se nombra intérprete en Catamarca al sargento mayor Alonso Mascareña “por ser práctico en la lengua quechua” (Larrouy, 1914, p 33).

Con respecto a la situación en el siglo XIX, afirma Lafone que en el año 1810 “en Huacu casi no se hablaba otra cosa que quichua”. Cuando Magdalena Gómez era joven (tenía en 1884 como 80 años)  había muchas “cuzqueras” en Huaco, pero ella, por haberse criado en Pomán, nunca habló bien el quichua, aunque lo comprendía (Lafone, 1888, p 94). Por el año 1810, ésta [la quichua], era tan general en Catamarca y La Rioja como hoy aun lo es en Santiago” (Lafone, 1927, p 20).

Lafone dice que hasta mediados del siglo XIX, el cura de Andalgalá, “Maubecin”, confesaba a sus feligreses en quichua (1927, p. 20).

Según Larrouy, el presbítero Matías Mauvecín, que fue teniente y, luego, cura de Andalgalá desde 1853 hasta 1858, debió aprender quichua en Piedrablanca (donde nació en 1817), donde “quedaría en algunas casas quien lo hablara” (1914, p 34, 1).

Algunos estudiosos extranjeros nos dan también noticias muy generales:

V. Martin de Moussy, que viajó por la Argentina entre 1855 y 1859, al escribir sobre Catamarca dice que “el empleo de la lengua quichua ha desaparecido casi totalmente, ahora todo el mundo habla español en la provincia” (III, p 373). Johann Jacob von Tschudi, que estuvo en la Argentina en 1858, dice que se oye hablar quichua con frecuencia en Catamarca y Santiago del Estero, especialmente a mujeres que han venido desde Perú y Bolivia para casarse en la Argentina (p 68). Tomás J. Hutchinson, que anduvo por Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán en 1862 y 1863, escribió: “fuera de los límites de Santiago no he encontrado ni quichua ni binchucas” (p 249).

Vicente G. Quesada, en 1863, afirma que se entiende el quichua en los departamentos del oeste de Catamarca (1863, p 13). El Dr. Federico Espeche escribió en 1875, en su descripción de la provincia de Catamarca, que “la quichua era le lengua hablada, uso que ha subsistido hasta hace poco en algunas estancias de Tinogasta, Belén i Santa María” (p 213). En oposición a tal afirmación, Lafone Quevedo escribió en 1887 que “la cuenca de Londres está todavía llena de gente que habla o comprende lo que ellos llaman ««Cuzco »»“ (1888, pp. IX-X). Sin embargo, en la misma obra se hallan algunas cartas con afirmaciones que contradicen tal aseveración: “ya contados son los lugares donde se habla la lengua del Cuzco; pero se habla, como en Colpes, y Mutquin” (1888, p 95); “recién está desapareciendo la lengua del Cuzco” (1888, p 102); Magdalena Gómez le dijo que “en Andalgalá ya se han acabado los cuzqueros, y que uno que otro que aun existe es de Colpes ó de los pueblos del departamento de Pomán” (1888, pp. 102-103); sobreviven algunos que pueden expresarse “con todo el cariño y dulzura de esa lengua zalamera” (1888, p 183); el capataz de una estancia de los Corrales le decía que los indios de Mutquin y Colana iban dejando el quichua “por la mucha burla que se les hacía” (1888, p 211).

Adán Quiroga, en 1889 dice que aún se mantenía el quichua en Catamarca (1890, p 219). En 1894 escribió Lafone que “no hace muchos años [...] era moneda corriente por estos mundos decir que había desaparecido la lengua del Cuzco de la provincia de Catamarca, y sin embargo nada más errado.  Mi estanciero en Vis-Vis la habla, la Magdalena Gómez, de Huaco, era insigne cuzquera y recién acaba de morir. Los pueblos del departamento de Pomán están aun llenos de gente que la habla y entiende, y otro tanto sucede en Tinogasta y el Cajón de Santa María” (1927, p 11).

Adán Quiroga se ocupó de la fiesta de la Chaya (Carnaval) haciendo referencia a las localidades de “Malligasta, Anguinán, Nonogasta, Vichigasta, los demás pueblos, algún lugar de Pomán mismo y Fiambalá tinogasteño”; en esa ocasión dice que mucho antes de Carnaval, por la tarde o la noche, se ensayan las vidalitas “que el gaucho entendido compone, en letras de cuatro versos, ya quichuas, ya quichua y español, o simplemente español” (1897, pp 561-562, 1929, pp. 18-19).

Con respecto al siglo XX, en 1914, Lafone escribió que aún existían muchas viejas cuzqueras en los “pueblos” de Catamarca y La Rioja (1914, p 371). El estudioso Eric Boman publicó referencias del Dr. Florentino de la Colina (de 65 años de edad hacia 1924) y de Fermín de la Colina (de 80 años por la misma época), ambos nacidos en Los Sauces, quienes habían oído hablar mucho quichua allí cuando aún había indios con pelo largo y trenzado. Boman mismo, en su viaje de 1914, sólo conoció una persona de San Blas de los Sauces que hablaba el quichua: la anciana Laura Martínez, que vivía cerca de Arauquito; pero era tan vieja que le fue difícil conseguir que hablara unas palabras (1927-1932, p 280).

Juan Alfonso Carrizo, que recorrió Catamarca en 1915, 1918 y 1919 en busca de cantares tradicionales, no oyó hablar en quichua. Cuando recorrió La Rioja, entre 1938 y 1940, recogió poquísimo material quichua, muy estropeado y cuya traducción era ignorada por los informantes. Según este autor, perduró hasta el último tercio del siglo pasado en los algarrobales de Vichigasta, San Blas de los Sauces, Aimogasta y Machigasta, y murió a principios de este siglo (1942, I, pp. 36-37). Doña Justina Díaz de Valverdi, vecina de Salicas (La Rioja) le informó a Carrizo que por el año 1900 había ido a Lorohuasi a juntar algarroba con una viejita vecina muy cuzquera (1942, II, p. 375), y Roque L. Quevedo, de Suriyaco, le dijo que 40 años antes (por 1900) había hombres y mujeres quichuistas en San Blas de los Sauces (1942, II, p 427).

Clemente Hernando Balmori, que hizo viajes de prospección lingüística por varias zonas de la Argentina, en 1940 recogió entre los pastores de la Sierra del Cajón, “muestras de un Cuzco empobrecido en boca de cuzqueros persistentes” (p 591), pero no aclara de qué dialecto se trata.  Jesús María Carrizo, entonces investigador del Instituto Nacional de la Tradición, anotó en el año 1949 en La Carrera (Catamarca) a Javier Agüero, de 73 años, una decena de voces quichuas y restos de un cantar, también en quichua, pero mus estropeados.

Con respecto a la denominación dada a esta lengua por los hablantes de Catamarca y La Rioja parece que predominó la de ‘lengua del Cuzco’, que era una de las más empleadas por los españoles, junto a la ‘lengua del Inca’, ‘lengua general del Perú’, etc. Las afirmaciones de Lafone Quevedo son terminantes:

“En la región de Catamarca aun se dice, lengua del Cuzco y no Quichua” (Lafone, 1888, p. 389); aun hoy [1898] la gente del país la llama ««lengua del Cuzco »», y a los que la hablan ««Cuzqueros »», lo que importa decir que es lengua introducida” (1927, p. 22); también en 1898 escribió: “nadie mejor que yo sabe que es la lengua del Cuzco, y no otra alguna, la que se habla en los rincones ocultos de Catamarca, Rioja,  Salta y en mucha parte de Santiago” (1927, p 24), lo mismo que: “la gente criolla aún habla de la lengua Quichua como  ««Cuzco »», y de las que aún la conservan como  ««Cuzqueros »» (1927, p 24); años después insistía: “Muchas viejas Cuzqueras existían y aún existen en los ««pueblos »», dichos así, de Catamarca y La Rioja, pero todas ellas, y los hombres también, hablan la lengua del Cuzco, y no sabrían de lo que se trata si se nombrase la lengua quichua (1914, p 371). En uno de sus últimos trabajos repitió: “««Lengua del Cuzco »», así la han designado siempre los que la hablaban en los valles de Catamarca” (1918-1919, p. 531, 1).

D. Juan Alfonso Carrizo confirmó esta denominación: “Nuestros paisanos así de los Valles calchaquíes (Salta), como de Pomán en Catamarca y de los Sauces en La Rioja, no dicen quichua sino cuzco” (1942, II, p. 427; cf. I, p 37); la voz derivada que empleaban para designar a los quichuaparlantes era cuzquero y cuzquera.

2. Fuentes para su estudio

Las fuentes de que disponemos son muy pocas. La más importante por su caudal es la constituida  por las anotaciones de Samuel A. Lafone Quevedo (Montevideo, 1835-La Plata, 1920). Algunas palabras y expresiones había adelantado en su Londres y Catamarca, publicado en formas de cartas a La Nación entre 1883 y 1885, y como libro en 1888; pero su contribución más importante se halla en el Tesoro de Catamarqueñismos, publicado por partes en los Anales de la Sociedad Científica Argentina entre 1895 y 1899 y en forma de libro, por primera vez en 1898 (nosotros utilizamos para las citas la edición de 1927, pero corrigiendo los errores según la edición de 1898).

Los informantes catamarqueños de Lafone fueron Magdalena Gómez (Huaco, Andalgalá), una vieja Garay (La cañada, Huaco, Andalgalá), Justina Soria y algunos otros que le dieron datos sobre folklore. La mayor cantidad de datos proceden de Rosa Cusillo (1887 y 1888) y de Magdalena Gómez (1884). Los informantes riojanos fueron una vieja cativa (Machigasta) y un viejo Peralta (El Pantano). El volumen del material riojano es muy pequeño.

La segunda fuente en importancia es Adán Quiroga (San Juan, 1863 - Buenos Aires, 1904), quién viajó por los departamentos Pomán y Tinogasta (Catamarca) en diciembre de 1893 y enero de 1894, y por los departamentos de Pomán, Belén, Andalgalá y Ambato (Catamarca) en el verano de 1901. El material quichua catamarqueño más importante que anotó es el que corresponde al relato bilingüe del “médico” pomanista Bambicha, relacionado con los ritos propiciatorios del Chiqui (quizás proceda del primer viaje); otros informes los obtuvo de un indio Peralta y de una india María (ésta de Machigasta, La Rioja).

La Colección de Folklore organizada mediante una encuesta al magisterio en el año 1921 contiene cierta cantidad de material quichua enviado por maestros de Catamarca y La Rioja. Luego de una atenta consideración hemos incorporado sólo algunas frases anotadas por E. Arturo herrera (Escuela nº 174, Talacán, La Rioja); las razones para no utilizar más material se verán en la parte dedicada a la crítica de las fuentes.

Juan Alfonso Carrizo (San Antonio de Piedra Blanca, Catamarca, 1895 - Béccar, Buenos Aires, 1957) recogió en La Rioja (entre 1938 y 1940) material poético en quichua, anotándolo a varios informantes y tomándolo en cuadernos manuscritos. En este trabajo no se utiliza el material reunido por el distinguido estudioso de nuestra poesía tradicional pues, como veremos, en la época en que recorrió La Rioja eran simples supervivencias desintegradas y ruinosas de un sistema.

Otra fuente, utilizada sólo en parte, son los libros de Rafael Cano (Catamarca, 1889-), que contienen un material interesante para ejercitar la crítica de fuentes; en ellos no se indica la fecha de recolección ni el nombre los informantes (como se verá por lo que señalaremos más abajo, en algunos casos el autor podría haberse visto en dificultades para suministrar tales datos).

Además de estas fuentes, existen numerosas obras (algunas inéditas) que contienen versiones del Año Nuevo pacari; tales trabajos no se consideran, pues su utilidad para un estudio lingüístico es prácticamente nula. Quizás en alguna ocasión se emprenda la comparación de las distintas versiones con vistas a la reconstrucción del texto.

2.1. Crítica de las fuentes.

Lafone Quevedo, que llegó a ser Encargado de la Sección Lingüística del Museo del Plata, publicó un centenar de trabajos que versaron, especialmente, sobre lenguas indígenas sudamericanas y arqueología argentina. Los trabajos sobre temas de lingüística son alrededor de cuarenta y los publicó entre los 55 y los 84 años de edad.

Cuantitativamente, su principal tarea consistió en la publicación de vocabularios y notas gramaticales (la mayoría de lenguas chaqueñas) recogidos por misioneros y viajeros, por lo general, precedidos por notas personales.

Desgraciadamente, los estudios de campo realizados recientemente sobre algunas de estas lenguas muestran que las anotaciones que figuran en los viejos trabajos editados por Lafone encierran errores que las hacen inutilizables para estudios lingüísticos con valor científico.

En lo que respecta a sus estudios lingüísticos, Lafone Quevedo fue principalmente un investigador de gabinete; sus estudios de campo se limitan a la anotación de un vocabulario toba al indio López (en 1888) y los materiales quichuas que reproducimos aquí.

En sus publicaciones se halla documentada la endeblez de sus conocimientos fonéticos. Para disipar cualquier duda que pudiera existir acerca de ello se pueden citar algunos ejemplos de sus ‘definiciones’ y ‘explicaciones’ de sonidos de lenguas indígenas. Al ocuparse del toba (lengua que oyó hablar) y del mocoví escribió: “La fuerte gargarización de una de las eres es lo más usual en estas lenguas.  Es un sonido que no podemos ni oír, ni decir, ni escribir bien, porque todo nos falta para ello. (1890-1891, p. 120). Con estas pintorescas ‘definiciones’, Lafone quiere referirse a una faringal, fricativa, sonora.

Cuando se ocupó del guaraní trató de explicar la articulación de su vocal central cerrada no labializada con la contradictoria afirmación de que: “has little or nothing in common with English i: it is more like the u in  ««hunt»», or even the French eu” (1919, p. 426).

Las transcripciones de las voces tobas que anotó al indio López nos muestran que no percibía la diferencia entre velar y postvelar; no oía la glottal stop (a veces, la transcribía como h); a veces no señala la articulación palatal de ciertas consonantes; en fin de sílaba representaba sonoras en lugar de sordas; la faringal la transcribía, a veces, como velar; la vocal central semicerrada no labializada en ocasiones la transcribía mediante una i (1899, pp. 255-329).

La ignorancia que manifiesta Lafone Quevedo acerca de cuestiones fonéticas no es posible justificarla apelando a los conocimientos de la época, pues Rodolfo Lenz, en sus Estudios araucanos (publicados en 1895 y 1897) y otras obras posteriores, presenta unas ajustadas descripciones de la articulación de los sonidos del araucano que han podido ser utilizadas recientemente para un estudio fonológico por el Dr. Jorge A. Suárez. Por otra parte, el P. Luys de Valdivia, en sus conocidos estudios sobre el araucano publicados en 1606, hace unas admirables descripciones de varios sonidos.

En cuanto a la comparación de Lenguas, Lafone se caracterizó por el desconocimiento del método apropiado. Es verdad que halló unas pocas correspondencias fonéticas entre lenguas emparentadas, pero, por lo general, realizó comparaciones por simple analogía externa; aisló raíces hipotéticas y las estudió recurriendo a otras lenguas (incluso de áreas remotas y cuyo parentesco no podía probarse); trabajó con topónimos procedentes de lenguas desconocidas, de los cuales extrajo secuencias de sonidos  de significado desconocido y los comparó con morfemas de lenguas conocidas (por ejemplo seudomorfe-mas del kakán interpretados por medio del quichua, etc.); frecuentemente pasó de una lengua a otra, de un prefijo a un sufijo; halló raíces continentales, sonidos simbólicos (idea de padre, idea de origen, etc.), etc. Un hecho importante por sus consecuencias es que relacionó morfemas con etnías y, cuando creyó descubrir un préstamo de morfemas de una lengua a otra, lo relacionó con migraciones étnicas y mezclas de pueblos. También relacionó lenguas y razas (aunque no distingue bien entre raza y cultura). Un ejemplo de ello es su afirmación de que la secuencia ya que se halla en el nombre de Guayana, comparado con Guana, es un “elemento étnico intrusivo” que “perturba la pureza de la sangre Arawak” (1919, p. 427).

Lafone consideró que todas las lenguas eran mezcla de varias, lo cual le permitió pasar con facilidad de una a otra en sus análisis. Para sus comparaciones solía emplear los morfemas personales. Decía que si hay identidad en la mayor parte de los “pronombres”, ello basta para incluir “cualesquier dos o más idiomas como ramas de una misma familia; y aun cuando la identidad sólo sea parcial, puede esta servir para establecer un interparentesco más o menos cercano o remoto” (1910, p 17). La misma importancia tenían los “afijos de relación personal” (“para declinación posesiva de nombres y la conjugación de los verbos”). Afirmó que había “que conceder como posible cierto interparentesco entre lenguas que no se reconocen hoy como de la misma estirpe lingüística por parecerse más en su pronunciación que en sus respectivos vocabularios” (1910, p. 9).

Lafone también tomaba en consideración otros rasgos o factores: multiplicidad de alomorfos en los afijos personales, coexistencia de habla de hombres y mujeres, existencia de plural inclusivo y exclusivo, contacto geográfico, etc. En sus comparaciones, Lafone solía utilizar la voz correspondiente a ‘agua’, a la cual le asignaba gran importancia por designar una cosa de conocimiento universal (hoy diríamos que forma parte del léxico ‘no cultural’).

Sus estudios lo llevaron a sobrevalorar las “partículas pronominales” (morfemas personales posesivos, subjetivos y objetivos) y hacerlas el centro de su tipología lingüística, una de sus contribucio-nes originales (cf., por ej., 1900, pp. 100-135). Así como D´Orbigny había distinguido una raza ando-peruana, una raza brasilo-guaraní y una raza pampeana, Lafone distinguió las lenguas de la familia del Pacífico o sufijadoras, las lenguas mezcladas o del medio (que no eran guaraní ni araucano). Otro criterio que utilizó para su tipología lingüística morfológica fue la existencia o no existencia de múltiples alomorfos en los morfemas personales, mediante lo cual determinaba la existencia de lenguas “uniformes”, con “una sola serie de pronombres personales y de posesivación”, y de lenguas “multiformes”, ricas en “series de articulaciones pronominales”.

Lafone también hizo incursiones en el campo de lo que hoy se llama Etnolingüística o Lingüística antropológica; había leído trabajos de W. H. R. Rivers, E. Westermarck, Bronislav Malinowski[3] y Robert H. Lowie, en los cuales se trataba el matrimonio entre primos cruzados, y quiso hallar el reflejo de esta norma en la nomenclatura de parentesco de los Guaraní del Guayrá, tal como había sido anotada por el P. Antonio Ruiz de Montoya. En este análisis se halla su usual establecimiento de ‘raíces’ (algunas continentales, como una que halla en Dakota), etc.

Otra de sus contribuciones originales fue la redacción de sus instrucciones destinadas a los colectores de vocabularios en lenguas indígenas (1892), para las cuales aprovecha en pequeña proporción sus conocimientos sobre varias lenguas sudamericanas.

Es interesante un consejo que dió Lafone, hacia sus 50 años de edad, en su Londres y Catamarca:

“Un examen prolijo de todos los lugarejos, un estudio minucioso de las palabras en uso general que se han españolizado, una permanencia de algún tiempo entre los indígenas, que aun conservan la lengua general, nos darían resultados curiosísimos y de gran utilidad para la historia de los orígenes del país. Somos muy amigos de imitar en todo á nuestros hermanos de la América septentrional; hagámoslo también en esto” (1888, pp. 183-184). Desgraciadamente, D. Samuel no dio el ejemplo siguiendo su propio consejo en lo que tenía de más valioso, en lo más importante y urgente: la investigación de campo con los indígenas, a la cual le dedicó muy poco tiempo (así fue que desaprovechó las posibilidades que tenía de anotar un copioso material quichua en Catamarca).

En sus trabajos lingüísticos, Lafone Quevedo fue fundamentalmente un estudioso de gabinete; tuvo, indudablemente, fallas metodológicas y falta de preparación técnica, pero fue un entusiasta e incansable trabajador con innegable afición por las lenguas americanas. Fue un gran lector de cronistas, historiadores y viajeros, etc., en los cuales buscaba informaciones acerca de las lenguas, etnías y acontecimientos históricos que explicaran alguna situación lingüística; también acudió a los documentos de los archivos y colecciones. Su entusiasmo lo llevaba a extraer conclusiones apresuradas que variaban, a veces en cuestiones fundamentales, de un trabajo a otro. Perteneció, sin duda alguna, a la etapa precientífica de los estudios lingüísticos. Los futuros estudiosos descubrirán, probablemente, en su frondosa producción los “geniales” atisbos que se suelen hallar al hacer las Historias de las Ciencias. Nosotros lo consideramos como una de las pocas fuentes para el estudio del quichua de Catamarca y La Rioja, y como un precursor sudamericano de los estudios de tipología lingüística, de lingüística antropológica y de la confección de cuestionarios lingüísticos. Indudablemente, fue el precursor más importante que surgió en estas latitudes.

En sus estudios arqueológicos, por el contrario, Lafone Quevedo demostró poseer un mayor equilibrio y sentido crítico. Conoció el terreno; describió admirablemente estilos cerámicos y sus variedades; estableció algunos tipos formales, como la cerámica “draconiana”; tuvo una clara idea de la existencia de áreas de difusión de los elementos culturales; diacronizó los hallazgos, estableciendo que los vasos “tipo peruano” pertenecían a una época distinta de la de los vasos “tipo de Andalgalá” (con “dragón o hidra”); se opuso a la interpretación panincaica en la Arqueología de nuestro Noroeste; pensó en un fondo común a la mitología de la región andina, etc.

Este breve resumen de las concepciones de Lafone Quevedo nos da la explicación de muchas características de su Tesoro de catamarqueñismos. Esta obra, a pesar de su título, incluye no sólo voces propias de Catamarca (o por lo menos anotadas en Catamarca), sino también voces de La Rioja, Tucumán, Salta, Jujuy, el Litoral, en una mezcla abigarrada que comprende indigenismos, voces españolas regionales, voces españolas arcaicas y aún voces españolas vigentes actualmente y de difusión amplia.  A ello hay que agregar topónimos históricos y coetáneos de Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, San Luis, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, santa Fe, e incluso Chile y Perú; antropónimos de Catamarca, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y Perú; gentilicios; voces quechuas de  Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, Bolivia; voces quechuas tomadas de Garcilaso de la vega, Cieza de León, Cobo, santo Thomás, González Holguín; voces aymaras (tomadas de Bertonio o con indicación de ser voces bolivianas); voces araucanas, matacas, tobas, tehuelches; “raíces” de lenguas conocidas (quechua) o de filiación desconocida (incluso de significado desconocido, posiblemente kakanas), “radicales”, “temas”, “sonidos radicales”, “partículas” (denominaciones con las cuales se rotulan muchos elementos que no se sabe si son morfemas, sílabas, partes de topónimos aisladas caprichosamente, voces realmente existentes, étimos, etc.); también se incluyen explicaciones de los cronistas acerca de voces o antropónimos (no siempre conocidos en Catamarca) y referencias históricas.

Lafone consigna para muchas voces un origen kakán; en algunos casos debe ser así, pero hay errores imperdonables, como considerar kakana a la voz española aloja, y posiblemente kakanas a cocho y jarilla; asimismo son graves errores considerar voces posiblemente kakanas a las denominaciones quichuas anatuya [sic], coñalu, chinchilla, libi, etc. Resulta inexplicable que Lafone busque étimos quechuas a las voces pala, sucucho, paila, chicha, osar [sic] (por hozar), etc.; también es incomprensible que busque un origen araucano a pucará (pu-cara, ‘los fuertes’!) Y que postule otras etimologías descabelladas. Hay errores groseros en el análisis de algunos morfemas, como en el caso de ya-ku-,que para Lafone significa ‘tomar mujer, casar’. Otras afirmaciones son graciosas, como cuando dice de poxca que “la raíz suena a podrido, sobre todo, a ese po síncopa de podrido”.

Debido a la falta de método evidenciada en la compilación del Tesoro existen artículos que no se sabe si se refieren a voces conocidas en Catamarca, si son tomadas de cronistas, si son “raíces” hipotéticas, etc. Hay voces cuyo motivo de inclusión se ignora, como es el caso de ticsi o el de huinca (esta última, desprovista de toda acepción). Por otra parte, existen voces con varias grafías, por lo cual no se puede saber cuál responde a la pronunciación catamarqueña.

En síntesis, el estudio cuidadoso del Tesoro demuestra una anarquía y carencia de método lexicográfico, la existencia de numerosos ejemplos de desconocimiento de la técnica lingüística (o, aún, de sentido común). A pesar de ello, el estudioso que conozca la zona y ejerza una crítica minuciosa de los materiales del tesoro podrá extraer un rico material dialectal procedente del español del noroeste de la Argentina y muchos datos acerca del folklore regional, tales como el canto del Chiqui, la fiesta del Chiqui, el Llastay, la Pachamama, medicina popular, la utilización de la algarroba, el apero de montar, fiestas religiosas (especialmente la de Tuama, Santiago del Estero), las vidalitas, el trabajo en las minas, etc.

La identificación del material quichua de Catamarca (y la Rioja) contenido en el Tesoro encierra diversas dificultades. Una parte se halla agrupada en el Apéndice D (1927, pp. 254-255), pero cierto número de expresiones quichuas está incluído en el cuerpo del vocabulario general. En los casos en que se cita al informante o se aclara que es voz del Cuzco local, del Cuzco de Catamarca, del quichua local, no hay mayor dificultad para la incorporación de tal material al del apéndice D. Pero, en ocasiones, se emplea la calificación de catamarcano o lengua catamarcana y, muchas veces, resulta imposible saber si se refiere al dialecto quichua de Catamarca o al español regional; incluso se ha utilizado la curiosa denominación de Cuzco diaguita.

Son numerosas las veces quichuas que no poseen indicación de informantes o de lugar de empleo; en algunos casos se aclara que se usa en Catamarca pero queda la duda acerca de si pertenece al quichua o es quichuismo del español regional. A veces, las explicaciones son confusas y no es posible aclarar el área de vigencia de la voz o si es de empleo actual o no. Por todo ello, se comprenderá fácilmente el delicado y difícil problema que constituye la clasificación de ciertas voces.

Una vez aislado el material que se considera quichua de Catamarca y La Rioja surge un nuevo problema: La grafía inconsistente y fluctuante empleada por Lafone; ello plantea graves interrogantes para el estudio fonético y el análisis fonológico.

Lafone emplea c, qu y k tanto para la oclusiva velar como para la postvelar, pero a esta última también la representa mediante cc, kh y kj. En fin de sílaba se hallan las grafías c, h (a veces, hasta s ) que casi con certeza deben corresponder a fricativas velares o postvelares (el único caso que probablemente no sea así es el de los grupos consonánticos con una ´liquida´en segundo lugar); el empleo de la c debe ser por influjo de las lecturas de Santo Thomás y González Holguín.

Otros casos de inconsistencia menos importantes son el uso de s o c para el mismo sonido; el empleo de hu, u o w (incluso gu con el mismo informante); la fluctuación entre y e i; el uso de sh o x, etc. Además en caso de palabra iniciada con h (hacu) se aclara que tal grafía carece de valor fónico.

En cuanto al material morfosintáctico y léxico anotado por Lafone es bastante pobre; en consecuencia quedan numerosas lagunas en el conocimiento de este dialecto.

La figura de Adán Quiroga es muy inferior a la de Lafone Quevedo, tanto en cuanto a sus trabajos sobre temas lingüísticos, como en cuanto a sus estudios arqueológicos.

En sus obras revela un conocimiento de cronistas del Perú y viajeros americanos, e incluso muestra haber hecho algunas lecturas de etnógrafos norteamericanos. La mayor parte de su quehacer lingüístico se limita a generalidades acerca del quichua y otras lenguas habladas en la Argentina, con etimologías absurdas que igualan a las más osadas especulaciones de Lafone. Es un ejemplo del florecimiento de la tendencia ´etimologista´ inspirada en los desatinos de Vicente Fidel López.

Quiroga se empeño en la búsqueda de étimos de nombres propios y en el establecimiento de relaciones genéticas entre lenguas no emparentadas.

 También se afilió a una corriente pandifusionista en boga a fin de siglo pasado y comienzos de éste, que prescindió de recaudos de sentido común (más tarde enunciados y denominados criterios etnológicos de forma y cantidad) y del método comparativo lingüístico para postular “correlaciones” culturales y lingüísticas intercontinentales.

Para citar un ejemplo de sus conclusiones diremos que consideró muy probablemente kakanas a las voces aloja, chamisa [sic], chifle, higuana [sic], mogote, sotreta, etc.

Su innegable entusiasmo y viva imaginación lo llevaron a la interpretación simbólica de la decoración de la cerámica del Noroeste y de los motivos ornamentales de las artesanías indígenas americanas en general, en los cuales hallaba representaciones míticas y de deidades (por ejemplo, identificaba un meandro con Huayrapuca).

En vida, Quiroga reelaboró y publicó, más de una vez, distintos materiales, y luego de su muerte algunos editores volvieron a publicar junto con trabajos inéditos algunos de los estudios que habían visto la luz con anterioridad.

Adán Quiroga utilizó largamente a otros autores contemporáneos suyos, intercalando sus citas con la de los cronistas.

Compartió opiniones con otros precursores, como Juan B. Ambrosetti y Lafone Quevedo; del primero incluso tomó invocaciones a la Pachamama en quichua sin citarlo (cf. 1897, p. 573; 1929, pp. 29-30; y Ambrosetti, 1896, p. 73).

En cuanto a su labor arqueológica se limitó (como era usual en su época) a la extracción de piezas (material cerámico, lítico, etc.) Sin respetar la estratigrafía ni las asociaciones de elementos culturales. Este material le sirvió muchas veces solo para ilustrar tradiciones indígenas locales o mitos peruanos.

A pesar de tales reparos metodológicos tuvo una contribución positiva: publicó un interesante material folklórico del noroeste con datos valiosos y originares -asociados a sus consabidas citas de cronistas- referentes al Chiqui, el Pujllay, la Pachamama, el Huayrapuca, el Supay, el Mikilo, el velorio de angelito, diversas creencias y supersticiones, ceremonias propiciatorias, curas mágicas, brujerías, daño, amuletos, cacería de vicuñas, transformaciones en tigre, cuentos de animales, tejedurías, etc.

Su contribución más valiosa al quichua de Catamarca es el relato bilingüe anotado a Bambicha (1897, pp. 566-567; 1929, p. 23).

En el material que estudiamos, sus trascripciones, como las de Lafone, son fluctuantes: c y k, hua y gua. Parece no percibir la diferencia entre velar y postvelar. Es llamativo que al mismo informante anotó dos formas del mismo morfema -rca- / -rka- y -ra-.

No tomamos en consideración algunos fragmentos de cantos en quichua por ser textos muy ´deturpados´ (Canto de los Allis, canto de Carnaval, canto de la fiesta del Chiqui), ni el material quichua de otras áreas o tomado de otros autores (Invocaciones de Valles Calchaquíes, tomadas de Ambrosetti; canto del Chiqui de La Rioja, según Lafone; copla de Tiopunco, Tucumán; material santiagueño). Las anotaciones del quichua santiagueño comprenden una serie de interesantes expresiones relacionadas con el Diablo (1929, p.79).

Las instrucciones para la recolección de material que formó la Colección de Folklore, reunida por el Consejo Nacional de Educación en 1921 mediante una encuesta al magisterio proyectada por el vocal Dr. Juan P. Ramos, indicaban entre los ítems a anotar (4º i) las “lenguas indígenas, apuntes de gramáticas , vocabularios, frases sueltas”. Debido a esta circunstancia se halla material de varias lenguas indígenas en sus legajos.

Los maestros y directores de escuela no poseían  la base técnica especializada ineludible para realizar tales anotaciones, por lo cual tal material es aprovechable solo luego de cuidadosa crítica y -mejor aún- luego de verificación con informantes.

En los legajos correspondientes a Catamarca (357, según en catálogo) y La Rioja (189 legajos, según el catálogo) se halla cierta cantidad de material.

Las anotaciones hechas en Catamarca contienen alguna versión trunca del Canto de los Allis; material quechua boliviano (cf.: uc, tagua, ñoca, juchuisito, imayna cachanqui, etc. -incluso voces aimaras-); coplas ´deturpadas´ muy conocidas en Santiago del Estero; grafías que muestran el yeísmo catamarqueño (no se sabe si del maestro); voces con traducciones que demuestran que el informante no tenia un gran conocimiento del quichua; restos de invocaciones a la Pachamama muy alteradas; vocabularios quichuas (incluso frases) con material muy estropeado; vocabularios con gran porcentaje de voces quichuas que no se sabe si responden a la estructura del dialecto hablado en Catamarca o si son formas asimiladas al español regional.

Debido a tales circunstancias se hace imposible en muchos casos asegurar si se trata de material anotado a hablante de quichua catamarqueño o a residentes santiagueños, si son voces procedentes del área de dialecto bolivianos, si son formas poéticas repetidas por personas que no comprendían su significado, etc.; además el material necesitaría una cuidadosa verificación y restauración. Por todas esas razones no se ha utilizado en el presente estudio.

En el material riojano abundan las versiones incompletas del Canto de los Allis, que se entona en la fiesta de San Nicolás y el Niño Alcalde. Todas están muy estropeadas y son de significación desconocida para los cantores. Las grafías no muestran indicios de consonantes glotalizadas o aspiradas; se halla -ta como morfema objetivo y hay formas (ana / anas, atari, acu, etc.) que sugieren dialectos argentinos. Las anotaciones de los maestros contienen oraciones copiadas de viejos catecismos en otros dialectos; vocabularios de quechua boliviano (ppilco, hichhu, huchhuylla, yuttu, etc.); coplas quichuas estropeadas muy conocidas en Santiago del Estero (los maestros señalan a veces que la traducción de tales coplas es desconocida); vocabularios con gran porcentaje de voces quichuas sin aclarar si se tratan de quichuismos del español o de formas del dialecto quichua de La Rioja. Como en el caso de las voces de Catamarca, este material plantea problemas metodológicos insolubles. Como ya hemos señalado más arriba solo hemos incorporado algunas frases anotadas por E. Arturo Herrera en Talacán, las cuales presentan indudables errores en la acentuación

El material recogido por Juan Alfonso Carrizo (1942, II, pp. 399-430 y III, pp. 431-432) consiste fundamentalmente en versiones estropeadas del Canto de los Allis. Estas tampoco muestran huellas de consonantes glotalizadas ni aspiradas, contienen los morfemas  -ta (objetivo), -ra- (pasado) y ausencia de h (salvo la grafía en las formas iniciadas con hua-) o j iniciales, lo cual sugiere dilectos locales.

Otros breves cantares en quichua que trae Carrizo también están muy estropeados (alguno es de contenido religioso, otros parecen letras de danzas o canciones populares).

Este material tampoco se incluye, debido al grado de alteración de la lengua que revela.

Las publicaciones de Rafael Cano contienen los textos de manejo más difícil. No hay indicación de informantes ni de fecha de recolección (o de fuente de la cual se tomó).

En Del tiempo de Ñaupa se hallan: algunas expresiones y poesías sin indicación del lugar de procedencia; coplas estropeadas, algunas conocidas en Santiago; una invitación en quichua empleada durante la señalada en las “Sierras Catamarqueñas” (1930, p. 31) y que fue recogida por Ambrosetti en los Valles Calchaquíes (1896, p. 64 y otros trabajos posteriores), del cual lo toma Cano sin citarlo; una versión de los insultos en quichua de la chuña al suri que Cano dice recogida en el departamento La Paz (Catamarca), cuando su coincidencia con la anotada en Talacán (La Rioja) por E. Arturo Herrera (Cano solamente corrige los acentos y agrega algún error) no admite dudas acerca de su procedencia.

De este libro tomamos un dialogo y otras expresiones, pero nos cuidamos de indicarlo mediante una sigla en todas las ocasiones, debido a que no sería difícil (vistos los ejemplos citados arriba) que alguna vez se descubra que alguna vez fueron tomados de otra fuente o procede de otra zona.

En Alpamisqui se distribuye el material según tres zonas (Centro, Este, y Oeste) en que Cano divide a la provincia de Catamarca. Allí se hallan expresiones, coplas cantares y adivinanzas quichuas bastante estropeados. Las adivinanzas y material poético son muy conocidos en Santiago del Estero y, por otra parte, no hay seguridad de que hayan sido anotados en Catamarca o de que los informantes no hayan sido santiagueños (si no fuera porque figuran en un libro dedicado al folclore catamarqueño no se dudaría en afirmar que proceden de Santiago del Estero: el tiempo dirá).

Por otra parte, Cano incluye con el material de la zona oeste (1938, p. 142) una invocación que se hace a la Pachamama antes de hilar, recogida por Ambrosetti al oeste de Molinos, provincia de Salta (1899, p.189); sin embargo, no aclara su origen (no quedan dudas acerca de la procedencia pues hasta la traducción de la invocación contiene elementos que no figuran en el texto quichua y que había publicado Ambrosetti). Nosotros empleamos (con mucho temor) solo algunos materiales y “con beneficio de inventario”. En ellos se encontrarán las usuales fluctuaciones en la grafía. Como se comprenderá Cano es una fuente peligrosa.


Indice || Primera Parte || Segunda Parte || Tercera Parte || Cuarta Parte || Quinta Parte || Sexta Parte