LA DIFUSION DEL QUICHUA EN EL NOA Y SU ENTRADA A SANTIAGO DEL
ESTERO
Si bien aún no se han efectuado estudios exhaustivos, hay suficientes
indicios que permiten establecer que la región del Tucma ya era conocida
en tiempos preincaicos por los pueblos que habitaban al norte de la Argentina.
De hecho, algunos de los asentamientos del Valle Calchaquí provenían
del norte; tal es el caso de la cultura agroalfarera Tafí, en el valle
homónimo de Tucumán, la más antigua del actual territorio
de la Argentina, perteneciente al Período Temprano (200 años
antes de nuestra era). Según Rex González (1976: 42) estas
comunidades habrían provenido del altiplano boliviano, pues en el
sitio de Wancarani existió una cultura con ciertos rasgos muy similares
a los de Tafí que se remite a los comienzos del primer milenio antes
de nuestra era. Por su parte, refiriéndose a las distintas culturas
materiales preincaicas del NOA, el historiador Rosenzvaig (1986a: 20) afirma:
“Todas las tribus que componen estas culturas arqueológicas
se hallaban en un estadio muy similar en cuanto a la producción material
y a la organización social. Por ejemplo, del estudio detallado de
la ciudad del período tardío preincaico de Tastil (en Salta),
se pueden extraer numerosas inferencias sobre las relaciones sociales. Se
trataba de una tribu de unos 2.200 habitantes, con agricultura 'atemporal’
y de 'irrigación artificial’, domesticación de la llama y el
perro; sistema de comunicación con las tribus vecinas, centro de intercambios
mercantiles y con probables contactos comerciales con comunidades de la costa
del Pacífico (hallazgo de conchas de mar). Esto último, junto
a los numerosos objetos de bronce encontrados, permite suponer los inicios
de la segunda gran división del trabajo (el artesanado se separa de
la agricultura). Al mismo tiempo, una etapa primitiva de intercambios. En
el seno de cada tribu todos producían lo mismo, ello volvía
prácticamente imposible el intercambio. Cuando se desarrolló
el intercambio entre tribus, algunas de éstas, gracias a su situación
geográfica desempeñaron el papel de intermediarios. Ello debió
haber ocurrido con la comunidad de Tastil, en un punto estratégico
de comunicación con la Puna central, valles de Lerma y Calchaquí,
Selvas Occidentales, Humahuaca y Chile. Este proceso insinúa a su vez
la producción mercantil, es decir la fabricación de productos
destinados al intercambio; lo que permite elaborar las primeras nociones de
valor y de precio (en un inicio es arbitrario: por una llama hay tantas vasijas,
al día siguiente pasa a ser otra equivalencia). Se aprende a conocer
la relación entre la cantidad de trabajo empleado y la cantidad de
mercancía producida, y el artesano es el primero en medir el valor
del producto por esta relación. Esta incipiente producción mercantil
contribuye a la acumulación de riquezas, lo que engendra la necesidad
de mercancías que se conserven lo bastante bien como para ser almacenadas.
Para ello convienen los animales, las conchas marinas (como las encontradas
en Tastil), los metales preciosos, no así el grano y otros víveres
perecederos. En lugar de almacenar las reservas en su forma natural, se puede
trocarlas por conchas o metales que pueden, en caso de necesidad, ser cambiadas
a su vez por víveres, etc. Este excedente de producción tiende
históricamente a conservarse en tesoro, en dinero.
El hecho de que Tastil no tenga murallas de defensa implicaría
una coexistencia normal con las tribus vecinas; quizás ellas formen
parte de un mismo tronco de parentesco y lengua única.”
Por otro lado, aunque los informes suministrados por los primeros cronistas
son confusos, todos ellos son coincidentes en señalar que el legendario
reino de Tucma ya era conocido varios siglos antes de la llegada de los españoles.
Bravo (1956a: 34-37) hace una detallada revisión de estas crónicas,
siendo la más conocida la que fuera proporcionada por el Inca Garcilaso
de la Vega en sus “Comentarios Reales”, quien menciona la visita al Cuzco
de embajadores del Tucma a principios del siglo XIV, es decir, unos doscientos
años antes de la llegada de los españoles. Precisamente, Garcilaso
de la Vega menciona que dichos embajadores habían ofrecido al Inca
Viracocha, en señal de sometimiento, “mucha ropa de algodón,
mucha miel muy buena, cera y otras mieses y legumbres de aquella tierra”.
Es posible que en épocas anteriores a los Incas, Tucma haya designado
a un pequeño señorío indígena que ocupaba la
zona pedemontana y llana que hoy aproximadamente ocupan los departamentos
de Monteros, Chicligasta y Simoca en la actual provincia de Tucumán.
Después el nombre llegó a designar un dilatado territorio que
abarcaba todo el NOA, parte de Córdoba y Chaco. Estos productos del
Tucma -algodón, mieses- se identifican inequívocamente
con la llanura al oeste del Aconquija. Particularmente el algodón
es característico de Santiago del Estero. En la actual provincia de
Tucumán hoy sólo se cultiva de manera experimental aunque es
probable que dicho producto haya formado parte de su fitogeografía.
De este episodio, Bravo (1992: 38) concluye:
“Garcilaso que recogió la información de parte de
sus antecesores para documentar su libro, no sabía de la existencia
de un mitma (colonia incaica creada dentro de los límites del imperio)
llamado Tucma, pues ellos nada le dijeron. En el supuesto de la existencia
de esa inverosímil embajada, dichos embajadores no hubieran realizado
esa penosa peregrinación de ‘dozientas leguas’, a pie, para pedir al
soberano lo que ya tenían. Si aplicamos una juiciosa discriminación,
con criterio realista de historia, esa supuesta colonia incaica en Santiago
del Estero no se justifica ni aún en los tiempos legendarios de la
prehistoria americana”.
Esta conclusión es discutible ya que Bravo pretende que el Inca
Garcilaso mencione explícitamente la existencia de una colonia incaica
cuando éste está relatando el primer contacto "oficial" entre
el Reino de Tucma y el Inca Viracocha. En todo caso lo que habría
que rescatar del relato de Garcilaso es la comunicación entre ambas
regiones más allá de la exactitud de la fecha (dos siglos antes
de la llegada de los españoles).
Por su parte, el historiador tucumano Lizondo Borda (1930: 57) afirma:
- “¿Cómo se explica -dice
Boman- la introducción entre los diaguitas, de
manera tan amplia, tan profunda, del arte peruano, de la metalurgia peruana,
de la lengua quichua, de las creencias peruanas, del culto incásico
del sol? ... Sólo la hipótesis -agrega- de una larga
dominación peruana puede darnos la solución de este problema”.
Pero, por desgracia, las referencias históricas al respecto son oscuras
e inciertas.
El cronista Montesinos en sus “Memorias antiguas y políticas”,
nos habla en tres vagos pasajes, de una relación antiquísima
y guerrera entre el Tucumán diaguita y el Perú preincásico.
El primero dice: “Gobernó Manco Capac Yupanqui
su reino con toda paz aunque sus capitanes tuvieron algunas guerras contra
los del Tucumán, que habían entrado por los Chichas” (Cap.VIII pág.48). Pues bien, este Manco Capac Yupanqui, según
Montesinos, habría reinado unos 1500 años antes de Jesucristo!...
El tercer pasaje es el siguiente: “Tupac
Curi Amauta dejó por heredero a Huillcanota Amauta. En tiempo de este
rey vinieron muchas tropas de gente por el Tucumán y sus gobernadores
se vinieron retirando al Cuzco” (Cap.XIII pág.75). Aquí,
no se sabe si la expresión ‘sus gobernadores’ se refiere a los gobernadores
peruanos de Tucumán, o de más adelante, de los Chichas. Si
se tratase del primer caso, quedaría probado, con Montesinos, el dominio
peruano en el Tucumán de los diaguitas.
El cronista indio Juan de Santa Cruz Pachacuti, por su parte, habla
ya de dominio peruano sobre el Tucumán, en tiempos de Tupac Inca Yupanqui,
noveno inca.”
Existe la creencia generalizada de que las huestes cuzqueñas
de Túpac Yupanqui, en su paso por el noroeste argentino, tuvieron a
los diaguitas como aliados, manteniendo con ellos una suerte de pacto de
no agresión. Se cree también que los incas no impusieron a
los diaguitas, ni su lengua ni su religión. Ambas creencias se
basan en el testimonio de Cieza de León (cf. Berberián 1987:
112):
“E, para tener seguro su señorío, en tiempo del
inca Yupangue, padre que fue del rey Topa inca, e abuelo de Guayna Capac,
fueron enviados por su mandato, ciertos orejones, no con pujanza de gente
ni con ejército, sino con rescates, para que fuesen a entender las
intenciones de ellos, e fuesen a ver la disposición de la tierra; como
estos fueron, e la noticia de los incas fuese tanta, e la fama de sus victorias
tan grande, fácilmente los pudieron los orejones atraer a que se diesen
por vasallos del rey inca Yupangue, e concertaron que su amistad fuese perpetua,
que no entrase ninguna gente por allí a dar guerra a su señor;
e como esta paz fue hecha.”
Sin embargo Nardi (1962: 161) recoge varios testimonios que contradicen
lo expresado por Cieza de León. Estos y otros indicios permiten poner
en duda la creencia de la ocupación pacífica del Tucumán
por parte de los incas.[11]
El idioma de los diaguitas o calchaquíes y juríes,
que ocupaban parte de los actuales territorios de las provincias de Tucumán,
Catamarca, La Rioja, Salta y Santiago del Estero, se dice que era el
kakán y que el P.Alonso de Barzana habría escrito una
gramática del mismo. Testimonios del año 1631 hacen mención
a la vigencia de una lengua de los Calchaquis o diaguitas en el valle de
Catamarca y las sierras de Qimilpa (cf. Nardi 1962: 191).
Si los diaguitas continuaron usando su propia lengua, y si ésta
supuestamente se hallaba tan difundida, ¿cómo se explica entonces
su desaparición hacia fines del siglo XVII sin que haya quedado ningún
registro?. En realidad, ¿existió el kakán?.
En relación con esto, no estamos de acuerdo con el criterio de atribuir
un gran número de voces a esta supuesta lengua denominada kakana o
kakán, que habría sido el idioma de los diaguitas o calchaquíes
que habitaban la región. Aún más, a esta lengua
de la cual no hay referencia concreta alguna, se le ha dado el carácter
de ‘lengua general' y hasta se afirma que era hablada por parcialidades aborígenes
no diaguitas.
Es Rumi Ñawi (1992a: 2) quien, por primera vez, recoge el
desafío de cuestionar la existencia de esta lengua:
“En tiempos prehispánicos los habitaron (refiriéndose
a los Valles Calchaquíes) varias etnias cuyos nombres y asentamientos
todavía siguen imprecisos, debido a las anárquicas nomenclaturas
de los cronistas españoles: Diaguitas, Calchaquíes, Calianos,
Capayanes, Quilmes, Catamarcanos, Yacampis, etc., aparecen en abigarrada y
superpuesta mezcla resultando todavía hoy en extremo difícil
organizar ese galimatías. Es que el invasor era incompetente para incorporar
el mundo aborigen a su cosmovisión, modelada por el fanatismo etnocéntrico
y esto a la postre resultó fatal no sólo para esas etnias sino
también para el registro histórico de la realidad precolombina.
Igualmente ambigua es la identificación de los idiomas que
se hablaron entonces ya que los testimonios etnohistóricos no distinguen
idioma de etnia, esto seguramente porque en casi todas partes los aborígenes
designan sus idiomas con el apelativo genérico “habla del hombre”
solamente. Las glosas posteriores acentuarían la confusión.
Por ejemplo, hasta hace poco, los propios lugareños pensaban que el
‘qosqo' era distinto a ‘la quichua' de Santiago, siendo en realidad variedades
de una misma familia lingüística.
No obstante, el principal motivo de confusión sería
la supuesta existencia de otro idioma general para la región, escrito
“caca”, “cacan”, “kaka”, “kakan”, etc. objeto de múltiples especulaciones
entre cronistas e historiadores, a pesar de no haber legado material lingüístico
específico ni dejado rastros en la memoria colectiva.”
Como bien señala Rumi Ñawi, si se restringen los testimonios
etnohistóricos sólo a aquellos proporcionados por quienes dicen
haber tenido contacto directo con el supuesto idioma, la lista se reduce
a un único documento: la famosa “Carta del P.Alonso de Barzana de
la Compañia de Jesús a su Provincial”, fechada en Asunción
del Paraguay en 1594 (cf. Berberián 1983: 251). Dado que esta carta
es el único documento en donde alguien afirma haber tenido conocimiento
directo de la existencia de esta lengua “caca” , y dado que todas las referencias
posteriores serán siempre por vía indirecta, consideramos que
no hay elementos de juicio suficientes como para dar por probada la existencia
de esta lengua. Esta situación nos recuerda el caso de la lengua “comechingona”
citada en la Relación de las Provincias de Tucumán de Pedro
Sotelo Narváez, que fuera escrita a finales de 1582 o comienzos de
1583 y que estaba dirigida al Licenciado Cepeda, Presidente de la Audiencia
de La Plata. Al respecto Berberián (1987: 229) nos dice:
“La Relación se extiende en consideraciones sobre la ciudad
de Santiago del Estero. En la minuciosidad de la descripción de la
región, recursos económicos, poblaciones indígenas, etc.,
se reconoce la presencia del cronista en el lugar de los hechos.” ...
“Sotelo Narváez es el único cronista del siglo XVI
que al referirse al idioma de los aborígenes de Córdoba, menciona
la VI que al referirse al idioma de los aborígenes de Córdoba,
menciona la existencia de una lengua “comechingona”, cuando expresa: “...hablan una lengua que llaman comechingona y otra zanavirona,
aunque los más que sirven entran y van hablando en la general del
Pirú.”
No obstante, el mismo autor, en otra parte de la crónica
no cita la lengua comechingona, sino que en su lugar menciona las lenguas
“indamás y zanavirona”. Evidentemente este solo documento no es elemento
suficiente, para determinar a partir del mismo, la identidad lengua comechingona/lengua
indamás, ni para determinar la real existencia de la lengua comechingona
como tal. En efecto, la paradógica (sic) situación creada por
el hecho de que se la nombre en una sola oportunidad, parece más bien
indicar que hay que tomar esta información con precaución.
El vocablo “comechingón” no hace referencia a una realidad
lingüística diferenciada en las fuentes documentales. Esta acepción
se usa más bien con una acepción geográfica (‘en los
comechingones’), gentilicia o étnica (‘indios que llaman comechingones’).
Estudios lingüísticos recientes demuestran que por
el contrario, el vocablo “sanavirón” sí hace referencia a una
realidad lingüística en las fuentes documentales y aparece repetidamente
adjetivando al sustantivo “lengua” o “idioma”. Esta lengua no se opone a
otra lengua unívocamente (comechingón) como en general se plantea,
sino que el vocablo sanavirón tiene varios términos de oposición
(Bixio, B. ms.)”.
Respecto a la difusión y extensión del kakán,
nuevamente el único testimonio explícito corresponde a Barzana,
en carta al Padre Juan Sebastián del 8 de setiembre de 1594: “La
caca usan todos los diaguitas y todo el valle de Calchaquí, y
el valle de Catamarca y gran parte de la conquista de la Nueva Rioja, y los
pueblos casi todos que sirven a San Tiago, así los poblados en el
río del Estero como otros muchos que están en la sierra”
(cf. Berberián 1983:252 y Serrano 1936: 262). Además de
una gramática y un vocabulario de la ‘diaguita o cacán’,
se afirma que Barzana habría compuesto también una gramática
del ‘catamarcano’, pero todo este material ha desaparecido. Es sugestivo
el hecho de que ni Barzana ni ningún otro cronista, hayan transcripto
voces kakanas -menos aún frases- en citas directas, como sí
lo hicieron, en cambio, con otros idiomas aborígenes.
La evidente fisonomía quichua de muchas de las voces atribuídas
al kakán [12], la considerable
extensión del área asignada a esta lengua y su rápida
e inexplicable desaparición en favor del quichua, conducen a plantearnos
la posibilidad de que esta ‘lengua general de los diaguitas’ haya sido una lingua franca , una especie de lengua de intercambio preincaica
que funcionaba en en un extenso territorio donde lenguas distintas (algunas
quizás emparentadas entre sí) se hallaban en contacto. Estamos
pensando en una variedad del quechua chínchay o alguna otra variedad
arcaica ingresada como consecuencia del intercambio comercial con el altiplano
en tiempos anteriores a la invasión de Tupac Yupanqui. Este interdialecto
cumplía la función comunicativa de una lengua en un nivel coloquial
y cubría las necesidades de comunicación de las diferentes
comunidades aborígenes del NOA, la región de mayor concentración
demográfica prehispánica. Esta hipótesis concuerda con
lo que sostiene Rumiñawi (1192a: 9):
“Según nuestro entender, el apelativo fue dado por Barzana
a lo que en realidad era una variedad panquechua desprendida del tronco principal
varios siglos antes, por una errónea interpretación de informes
más o menos ambiguos que le dieron los aborígenes. No sería
el primer caso: señala Nardi que ‘algunos sacerdotes, luego de aprender
esta lengua, manifestaron que los intérpretes les habían engañado
diciendo mentiras y unas cosas por otras’.”
La posibilidad de que los pueblos que hablaban la variedad chínchay
hayan llegado hasta el NOA y hayan difundido su lengua, en tiempos anteriores
a Túpac Yupanqui, ya fue planteada por Godenzzi (1992: 55):
“Las poblaciones de la costa edificaron ciudades (Pachacamac, Chanchán,
Chincha) y extendieron su influencia, a través del comercio y la navegación
hasta Ecuador y, probablemente, Colombia, Centroamérica y México.
El poder económico y político de Pachacamac y la costa central,
a partir del siglo VIII, garantiza la propagación del quechua
II hacia la sierra norte (variedad yúngay ) y la costa sur (variedad
chínchay) , desplazando al aru de sus antiguos territorios.
Las poblaciones de la costa sur, hablantes del quechua chínchay,
establecieron lazos comerciales e intercambios demográficos con el
norte peruano y Ecuador, Ayacucho, Cuzco, el altiplano peruano-boliviano y,
tal vez, el norte chileno y el noroeste argentino. Este protagonismo de Chincha
explica la amplia difusión de su lengua.”
Todas las referencias posteriores al kakán son siempre indirectas
y se caracterizan por informes ambiguos y contradictorios. Algunas, como la
descripción fonética del kakán proporcionada por el
Padre Pedro Lozano, son ciertamente ridículas. Al respecto, Rumi Ñawi
(1992a: 16) comenta:
“Además ninguno de los historiadores, incluso Lozano a quien
debemos la única referencia concreta sobre las características
fonéticas del qaqa, ninguno ha dado ejemplos léxicos, menos
aún frases.
“Era una lengua dulce y armoniosa ... tenía dificultades
enormes de pronunciación a tal punto que sólo la percibe
quien la mamó de leche, porque es en extremo enrevesada y se forman
sus voces sólo en el paladar ... tan gutural que parece que no se instituyó
para salir de los labios”.
Ante tan enrevesadas y contradictorias proposiciones (armoniosa-difícil,
enrevesada-dulce, palatal-gutural) cabría preguntar qué está
describiendo, sobre todo si se tiene en cuenta que no tuvo contacto alguno
con el idioma, supuestamente ya desaparecido (en 1750 aproximadamente).”
A este irónico comentario puede agregarse que si hay algo que
caracteriza a Lozano, es su habilidad para proporcionar información
confusa, casi siempre recogida por vía indirecta a través de
terceros, lo que le ha valido ser cuestionado en más de una ocasión
(cf. Gajardo 1968: 22).
Por último, habría que agregar que muchos historiadores
interpretaron la frase “idioma o lengua de los diaguitas” como sinónimo
de kakán cuando en realidad los cronistas no aclaraban a cuál
lengua general se estaban refiriendo con dicha denominación.
Otro aspecto que no ha sido estudiado suficientemente es el establecimiento
de mitimaes [13] en el territorio
argentino. Nardi (1962: 257) hace una breve referencia a algunos testimonios.
En el quichua de Santiago del Estero, resulta llamativa la presencia de rasgos
que caracterizan a los dialectos del grupo QII-B, lo cual es un indicio de
la probable radicación de mitimaes en territorio santiagueño. En conclusión, sostenemos que en el noroeste argentino probablemente
se habló más de una variedad dialectal del quechua: una preincaica
proveniente del reino de Chincha, quizás otra en tiempos de los incas
pero anterior al reinado de Tupac Yupanqui; más tarde las variedades
que entraron con Túpac Yupanqui y los mitimaes y finalmente, la variedad
(o variedades) que trajeron los yanaconas que acompañaban a Diego
de Rojas.
Sin embargo, nuestras hipótesis sólo podrán encontrar
mayor sustento, cuando el estudio de la difusión del quechua en Argentina,
se encare desprovisto de todo prejuicio regionalista y se abandone definitivamente
el marcado eurocentrismo que caracteriza a nuestros lingüistas e historiadores.
Mientras estos estudios no se realicen con objetividad y rigor científico,
seguirá circulando la tesis tradicional que postula que la difusión
del quechua en gran parte del NOA se debió exclusivamente a la expansión
incaica por el viejo reino de Tucma, durante el reinado de Túpac Yupanqui
y en el caso específico de Santiago del Estero al accionar posterior
de los evangelizadores. A la luz de los hallazgos arqueológicos en el norte de Santiago
del Estero en 1984 (para más detalles, véase Stark citada por
Cerrón Palomino 1987: 346) y por las características de recientes
descubrimientos en la zona central de la provincia [14], cobra fuerza la hipótesis de que los incas habrían
comenzado a anexar territorio santiagueño medio siglo antes de la
llegada de los españoles a la región (en 1543, con la expedición
de Diego de Rojas).[15]
Se desconoce aún si se trató de mitimaes
o si la colonia surgió, como plantea el Ing.Turbay (1985:254), como
consecuencia del traslado de la fortaleza incaica de Quilmes al pie del Cerro
del Alto. De acuerdo con la teoría de Turbay, producida la caída
de sus gobernantes cuzqueños, los incas establecidos en la fortaleza
de Quilmes decidieron el traslado de la colonia, y al no poder regresar al
Perú, se dirigieron a Santiago del Estero probablemente por la Quebrada
del Portugués, atravesando una región de espesa vegetación.
Turbay expone su teoría del siguiente modo:
“En 1493 cuando murió Tupac Inca, uno de los primeros feudos
en rebelarse, debió ser el Collao y toda la zona del Collasuyo que
hoy es el Norte de Chile y Bolivia. La pequeña guarnición incaica
de la Fortaleza-Templo del Valle Calchaquí, agobiada por la miseria,
el frío y el hambre, ya no podía replegarse hacia Cuzco, porque
tendría que atravesar grandes extensiones de tierras hostiles y debían
carecer totalmente de provisiones para tan largo viaje. Y aquí
empiezan las preguntas:
1.- ¿A dónde iría esa guarnición incaica
que tenía cerrado el camino hacia el norte, y el del Sur no ofrecía
perspectiva halagüeña alguna?
2.- ¿Sería posible que, huyendo del clima frío
de las montañas y del 'hambre cruel y voraz', similar al que volvió
a azotar la región en el siglo XVII durante la 'Mínima Maunder',
hubiera tomado rumbo al este, único camino promisorio que los llevaría
a tierras cálidas con los ríos llenos de peces y tupidos bosques
con caza y abrigo?
3.- ¿No sería esta guarnición incaica fugitiva
del hambre y del frío de la mini-era glaciar Spörer, la que fue
a afincarse en lo que es hoy Santiago del Estero, entre los ríos Dulce
y Salado?
4.- ¿No fueron ellos, de cultura superior a los tonocotés,
lules, vilelas, etc., los que instruyeron a esas etnias y le enseñaron
el quechua que allí aún se habla?
5.- ¿No fueron ellos los que llevaron objetos de bronce
-que en la selva santiagueña no se fundían- y tinajas con motivos
pluviolátricos de los valles?
Las siguientes palabras del Dr.M.D.Disselhoff, el que fue prestigioso
director del Museo Arqueológico de Berlín, corroboran ampliamente
nuestra ideas:
‘Cuando en 1536, tras largas y penosas marchas, llegó a
Chile Diego de Almagro, el rival de Francisco Pizarro, los gobernadores incas,
enterados de las contiendas entre Atahualpa y Huáscar y de la muerte
de ambos, se habían retirado ya del país con sus guarniciones’.
”
Finalmente, Turbay propone:
“Acordes con Disselhoff, la última guarnición incaica,
al replegarse, no pudiendo regresar al Cuzco, debió buscar otros derroteros,
el más ventajoso de los cuales era el del sudeste, que los llevaría
a las tierras del Dulce y del Salado, pródiga en recursos naturales.”
El Ing.Turbay ofrece pruebas arqueológicas que demuestran enormes
similitudes, que no pueden ser atribuídas a la casualidad, entre la
alfarería de la colonia incaica en Santiago del Estero y las encontradas
en la fortaleza del Valle Calchaquí:
“Poseemos fotografías de tinajas desenterradas en el poblado
incaico del Tucumán, al pie del Cerro del Alto, que tienen exactamente [16] , el mismo dibujo de la
greca ofídica que otros ejemplares similares encontrados en la zona
quechuística de Santiago del Estero, es decir, entre los ríos
Dulce y Salado. Estas se pueden ver en el Museo Wagner de Santiago del Estero.”
A nuestro parecer, si efectivamente dicho traslado ocurrió como
propone el Ing.Turbay y como lo prueban estas evidencias arqueológicas,
la elección del derrotero se debió a que la guarnición
del Valle Calchaquí tenía un conocimiento preciso de las tribus
que habitaban la llanura santiagueña y conocían el camino natural
de la Quebrada del Portugués. [17] Una obra de la envergadura citada en la Ref. [14] no pudo ser realizada por una pequeña guarnición
fugitiva del hambre y del frío en tan poco tiempo (probablemente de
1534 a 1543, sólo nueve años), ni tampoco por una expedición
de guerreros españoles y yanaconas en tierras de indios con flechas
envenenadas.
Hay otras referencias a la huída de las guarniciones incaicas
cuando cayó el poder en Cajamarca. El Padre Lozano ([1780] 1941:17-18)
da cuenta de la huída de incas hacia el Chaco:
“Poco después de la fundación de la ciudad de San
Salvador de Xuxuy, vino a ella Juan de Baños, natural de Chuquisaca,
a quien se encomendó el cuidado del pueblo de Yala, dos leguas distante
de la ciudad. Este, según la obligación de su cargo, reparó
que de entre sus indios, se perdía uno a tiempos, y cada vez se mantenía
ausente por casi dos meses. La repetición de estas ausencias, obligó
a Baños a que le hiciese cargo recelando de su fidelidad. Satisfizo
el indio con decir que se iba al Chacu, a comerciar con aquellas gentes,
entre quienes tenía muchos conocidos y amigos. Extrañó
Baños el nombre y replicóle qué entendía por
Chacu. Respondió, que una grande provincia, donde vivía infinidad
de indios, que unos eran los que antiguamente solían por allí
recoger los tributos para el Inga, a quiens cogiéndoles de improviso
por aquellos parajes la funesta e impensada noticia de haber los Españoles
degollado a su Emperador en Cajamarca, suspendiendo su jornada hacia el Cuzco
se habían quedado entre las serranías que dividen al Chacu
del Perú, por no experimentar de la gente española semejante
infortunio al de su dueño; y que otros eran de varias naciones del
Perú y labraban algunas alhajas de plata, al modo de los plateros
sacándola de minerales, cuyo conocimiento recataban de él cuando
entraba, por que no llegase por su medio a noticia del Español, y
le sirviese de cebo para entrar a robarles la joya más preciosa de
la libertad; y que por estar aquellas gentes juntas con otras naciones, desde
aquellos parajes, llamaban ellos Chacu a todas aquellas tierras. Divulgóse
esta relación entre los Españoles, y desde entonces empezaron,
alterando la última letra del nombre propio, a llamar Chaco, no sólo
a aquellas poblaciones de la serranía, sino a los llanos contiguos,
que se les siguen extendiéndose por muchas leguas entre los ríos
Salado y Pilcomayo hasta las costas del gran río Paraná.”
Y en la Relación de Pedro Sotelo Narváez ([1582] 1987:
237) encontramos esta referencia:
“Por estos indios y pueblos de Esteco se tiene noticia y visto por
españoles, de otro río muy caudaloso en extremo, riberas del
cual se ha visto mucha población de gente vestida y se tiene noticia
de indios vestidos Ingas, que se sirven de oro y plata. Estos indios tienen
cerca de sí cordilleras y tierra doblada donde hay oro, parte de las
cuales se han visto por otra parte y sacado de allí oro, de que á
su tiempo de dará cuenta.”
Según Domingo Bravo, el quichua habría ingresado a Santiago
del Estero en 1543 junto con la expedición española conocida
como “La Entrada de Diego de Rojas”.
En noviembre de 1542 el Licenciado Cristóbal Vaca de Castro,
gobernador del Perú, da la autorización para hacer la entrada
al Tucma a los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez (regidor
del Cuzco) y Nicolás de Heredia. No hay concordancia entre los cronistas
respecto del número total de españoles que integraban la expedición:
Cieza de León “e juntaron ciento e treinta españoles” ; Gutiérrez de Santa Clara, “fueron hasta doscientos y cincuenta
hombres” ; Diego Fernández, “más de doscientos hombres”.
Con relación al número de yanaconas que les acompañaban
no hay ninguna referencia.
En mayo de 1543 la columna de Diego de Rojas sale de Cuzco rumbo
al Tucma. Estaba integrada por ochenta españoles según el cálculo
de la historiadora Piossek Prebisch (1986: 290). Dos semanas después
sale de Cuzco la columna del Capitán Gutiérrez compuesta por
aproximadamente noventa soldados españoles.
A mediados de junio de 1543, sale de Cuzco el Capitán Heredia
acompañado tan sólo por dieciocho hombres. Esta es la
única cifra que se conoce con exactitud por el testimonio de Pero
González de Prado ([1548] 1987: 25): “yo fui con el Capitán
Nicolás de Heredia, que fue el que entró con su gente a la postre,
y entraron con el dicho Capitán dieciocho hombres”. En consecuencia,
el número más probable de soldados que componían la
empresa sería de 190 hombres, y de ese total aproximado se conoce el
nombre de 114 hombres (cf. Piossek Prebisch 1986: 290). El primer tramo que cubren es Cuzco-Charcas [18], y el segundo, Charcas-Chicoana (La Paya actual, en la Provincia
de Salta). Rojas llega a Chicoana probablemente en setiembre de 1543.
Chicoana era la ciudad cabecera de la antigua provincia del mismo nombre,
y es la primera población en actual territorio argentino que mencionan
las crónicas de la entrada de Diego de Rojas. Según Piossek
Prebisch (1986: 292) su jurisdicción era el valle del Río Calchaquí
más las quebradas y valles menores; políticamente integraba
el Collasuyu, distrito sur del Tahuantinsuyu, y eran comunidades agroalfareras
que conocían la Lengua General o del Cuzco.
Según el relato del cronista González de Prado ([1548]
1987: 26), desde Chicoana, donde deja cuarenta hombres, Diego de Rojas
se dirige a la provincia indígena de Quiri-Quiri, cuya población
cabecera probablemente fue Tolombón. Previamente había
enviado cuatro hombres en busca de Gutiérrez (el segundo contingente)
y cuando estos cuatro hombres regresaron, ya Rojas se había marchado.
Aproximadamente a mediados de octubre Diego de Rojas llega a la población
capital de la provincia de Quiri-Quiri donde se detuvieron para reabastecerse
y recoger información. Refiriéndose a esta provincia, Piossek
Prebisch (1986: 294) dice:
“En mi opinión, su jurisdicción abarcaba el valle
del río Santa María más sus quebradas y valles contiguos.
Tenía características muy similares a las de Chicoana, a saber:
pertenecía al ámbito de la cultura Santamaría y era
vasalla de los Incas. Estaba habitada por comunidades agroalfareras y pastoras
pertenecientes a la raza ándida cuya lengua madre era el kakán,
pero que conocían la Lengua General o del Cuzco. Es decir, que la
expedición Rojas, en su travesía hacia el sur por los hoy denominados
Valles Calchaquíes, marchó por un territorio ocupado por pueblos
de un grado de desarrollo no sólo alto, sino también uniforme.
Esta uniformidad se debía, en primer lugar, a centenarios puntos de
contacto entre pueblos de una misma habla, que a mediados del siglo XVI formaban
confederaciones bajo el mando de un cacique principal. En segundo lugar,
a la influencia amalgamante de la organización impuesta por los incas
que subsistía no obstante la caída del imperio. Para sintetizar,
Rojas, desde que salió del Cuzco, y mientras anduvo por los Valles
Calchaquíes, transitó por un territorio que había formado
parte de un solo Estado y que conservaba su organización”.
Por los testimonios de los cronistas, González de Prado ([1548]
1987 26) “.. e pasando por la provincia de Chicoana, que están de
guerra los dichos indios...” , y Diego Fernández ([1568]
1987: 47) “.. y llegado que fué este Capitán a la provincia
de Chicoana (que son indios de guerra) hallaron allí gallinas
de Castilla, y preguntando a los indios que de dónde las habían
habido, dijeron que las había pasadas las montañas... ” , sabemos que los expedicionarios españoles fueron permanentemente
hostigados por los indios, por lo que cabe suponer que la información
obtenida de éstos, en la mayoría de los casos, fue lograda mediante
el uso de la fuerza. No se descarta, naturalmente, la posibilidad de que
los indios voluntariamente hayan suministrado información parcialmente
correcta con la intención de incentivar a los españoles a continuar
su marcha alejándolos de sus respectivas comarcas.
Los cronistas también son coincidentes en señalar que
la comunicación con los aborígenes se hacía mediante
los intérpretes que acompañaban a los expedicionarios españoles,
es decir, mediante la lengua quichua.
Según el testimonio de Diego Fernández ([1568] 1987:
47) “empero las gallinas fueron causa de torcer el camino creyendo Don
Diego de Rojas hallar mejor tierra”, las gallinas de Castilla [19] encontradas en Chicoana y la
información obtenida de los indios persuadieron a Diego de Rojas de
tomar la determinación de cambiar el rumbo original de la entrada.
Se cree que estas aves provendrían de la expedición de Francisco
César realizada en 1527, que penetró desde el Río
de la Plata en línea recta por el centro del actual teritorio argentino.[20] El hecho de que estas gallinas
de Castilla aparecieran mucho más al norte, sería una prueba
más de la existencia de vías naturales de comunicación
que eran utilizadas habitualmente por los indígenas.
Piossek Prebisch (1986: 55) ubica geográficamente el siguiente
y difícil tramo que la expedición tendría que encarar:
“El camino real serrano del Collasuyu, sobre cuyos lineamientos,
ya dentro de territorio argentino, se trazó la ruta nacional Nº40,
una vez que salía de La Paya-Chicoana seguía el rumbo sur que
indicaban el valle del río Calchaquí y, luego, el del río
Santa María.
El valle del río Santa María se extiende entre las
Sierras del Cajón o de Quilmes, situadas al poniente, y las Cumbres
de Santa Bárbara, las Cumbres Calchaquíes y las Sierras del
Aconquija situadas al naciente, estas últimas llamadas Andes del Tucumán
por los españoles, a raíz de las espesas selvas subtropicales
que cubren su vertiente oriental. Aquí, ocupando toda la cuenca del
río Santa María, estaba otra provincia importante del Collasuyu
llamada Quiri-quiri, que por el norte limitaba con Chicoana y cuya población
principal parece haber sido Tolombón, otro hito importante de la vía
incaica hacia el sur. A pocos kilómetros al sur de Tolombón
y frente a la población de Amaicha del Valle, hay una profunda quebrada
por donde baja el río Amaicha, que se abre hacia el naciente separando
las cumbres Calchaquíes de las Sierras del Aconquija o Andes del Tucumán.
Por ella iba un ramal desprendido del camino principal incaico que entraba
hacia el este, rumbo al Tucma.
El tronco principal del camino continuaba en dirección sur,
desprendiendo en el recorrido por lo menos dos ramales que llevaban a Chile
por los pasos de San Francisco y de Las Cuevas. Terminaba aproximadamente
en el paralelo 36º, latitud en la cual, del otro lado de la Cordillera,
corre hacia el Océano Pacífico el río Maule -en el siglo
XVI límite austral de Chile- pasado el cual comenzaba el Arauco.
Este tronco principal del camino era el que Rojas, Gutiérrez
y Heredia acordaron tomar, pero don Diego, decidido a dejar a un lado el Arauco
y llegar al Tucma, optó por el ramal que se dirigía al este,
por la quebrada del río Amaicha.”
Así, Diego de Rojas se desvía del ramal principal
del Camino del Inca y por ese ramal secundario empinado y pedregoso,
atraviesa la quebrada del río Amaicha y luego la del río Infiernillo,
en dirección al Tucma. El camino va ascendiendo en dirección
sudeste hasta alcanzar los tres mil metros en el Abra del Infiernillo; luego
empieza a descender hacia el sur hasta llegar al Valle de Tafingasta (hoy
Valle de Tafí) [21]. Al llegar
al cerro Cerro Pelado los expedicionarios tomaron por la vía
que nace a la derecha de dicho cerro, enmarcado por los cerros Ñuñorco
Grande y Ñuñorco Chico al este y la Sierra de Muñoz,
al oeste.
De este modo, Rojas siguió el mismo camino que según
Turbay habría tomado la última guarnición incaica de
la Fortaleza-Templo de Quilmes. Piossek Prebisch (1986: 59) describe
el camino:
“LLegaba así, a la Quebrada del Portugués o del
Río Pueblo Viejo, fácil de transitar -excepto por la densidad
de la vegetación- tanto para caminantes como para jinetes, por su
pendiente suave y su anchura. Fue el camino tradicional entre los Valles
Calchaquíes y la llanura tucumana desde tiempos prehispánicos
y durante la conquista y los comienzos de la época colonial en que
se lo identificaba como el camino de la quebrada de los Andes del Tucumán.”
Con respecto al camino del Inca, Domingo Bravo (1956: 48) concluye
que éste terminaba en el valle de Tafí basándose, por
un lado, en la célebre carta a S.M. del Licenciado Juan de Matienzo,
del 2 de enero de 1556, donde detalla el itinerario desde Charcas a Santiago
del Estero y desde allí hasta la fortaleza de Gaboto, y en la cual
no cita tambos incaicos en territorio santiagueño; y por el otro, en
la ausencia de calzadas de piedra acordonadas. Sin embargo, el mismo Licenciado
Matienzo ([1566] 1987: 208), Oidor de Charcas, que no había
estado personalmente en la región del Tucumán, luego de describir
la ruta, aclara:
“Entre cada una destas jornadas que se han contado hay pueblos
de indios chichas y de otras naciones, y tamberías del Inga, de que
no se ha hecho mención, todas con agua, yerba y leña, y casas
y paredones descubiertos; porque todas las jornadas del Inga son de tres
leguas, y las que más de cuatro; y en los tambos que no se ha dicho
que hay indios apaciguada la tierra, podrían salir los indios comarcanos
a servir, como se hace en Perú y lo hacían ellos mismos en
tiempos del Inga, porquestán sus pueblos cercanos del camino, a dos,
y a tres, y a seis leguas, el que más lejos.”
Con respecto a las técnicas constructivas utilizadas por los
incas en su red vial sabemos que éstas variaban según el terreno.
Nardi (1962: 259) dice:
“El hecho de no haberse encontrado vestigios del camino del Inca
en algunas partes de nuestro país puede explicarse mediante una observación
que hace Cieza de León al referirse a los caminos de la costa peruana
según la cual las paredes laterales no se construían donde
el terreno arenoso no permitía colocar cimientos, sino que se clavaban
grandes palos de trecho en trecho y se vigilaba que el viento no los tumbase.
También Sarmiento de Gamboa dice que en los arenales los caminos no
tenían ‘aderezos de materiales'.”
La crónica de Gerónimo de Bibar del 14 de diciembre de
1558 es la segunda en antigüedad que relata el tránsito de una
expedición conquistadora por el antiguo Tucumán, y menciona
algunas características ambientales de la región llana: “Esta
provincia de Tuama que e dicho es toda tierra llana. Hay grandes algarrobas.
No se halla en toda esta tierra una piedra si no es traída de otra
parte, aunque sea como una avellana” (cf. Bibar [1558] 1987: 177).
Deducimos entonces que la construcción de una calzada de piedras en
la llanura sería una tarea imposible.
A fines de octubre de 1543 Rojas llega a los llanos del Tucma, dominio
de las tribus tonocotés. Sin embargo los caseríos estaban vacíos:
los indios habían huído llevándose las provisiones lo
que obliga a Rojas a continuar hasta el pueblo de Capaya. Coincidimos con
Piossek Prebisch (1986: 296) en que este pueblo no es el actual Capayan situado
al sur de la Provincia de Catamarca sino “...se trata del pueblo existente
hasta los primeros tiempos de la colonia, situado en la margen sur del río
Medinas, denominado Acapyanta o Acapayanta, palabra perteneciente a la lengua
tonocoté ...”. A pesar de la afirmación de Lizondo Borda
de que Acapayanta es tonocoté, la fisonomía quichua de este
topónimo es innegable.
Al llegar a Capaya fue interceptado por un cacique de nombre quichua:
Canamico, el que era llevado en andas, por tener cortada una pierna, según
testimonio de Diego Fernández. Según Gutiérrez de Santa
Clara ([1573] 1987: 73), Rojas habló con Canamico por medio de un
intérprete, indio natural del Perú. En Capaya la expedición
descansa unos días pero ante la posible amenaza de un ataque por parte
de los indios, Rojas decide regresar al pie de los Andes del Tucumán
para aguardar a Gutiérrez y reunirse con él. Don Diego envía
a Francisco de Mendoza a Chicoana para buscar a Gutiérrez y al resto
de la gente que había quedado en Chicoana. Francisco de Mendoza cumple
ambos cometidos: encuentra a Gutiérrez en Totaparo y luego regresa
al Tucumán llevando la gente que había quedado en la
guarnición instalada en Chicoana.
Presionado por el hambre y en base a los informes de Canamico, Rojas
se dirige con rumbo sudeste, siguiendo el curso del río Grande (hoy
conocido como río Salí) en busca de Concho. Esta provincia estaba
ubicada más allá del Tucumán, a unas quince leguas de
Capaya, hacia el este, aproximadamente en el área comprendida entre
Termas de Río Hondo y el Dique Los Quiroga (en Sgo. del Estero) Allí
Rojas atacó los poblados indígenas y se apropió de todas
las provisiones.
Finalmente Gutiérrez llega a Quiri-Quiri y posiblemente en diciembre
de 1543 llega a Concho donde se reúne con Rojas y le obliga
a retomar el rumbo inicial de la entrada. Mientras tanto, al no tener noticias
de Heredia se envía un contingente a esperarlo en la desembocadura
de la Quebrada del Portugués.
Entretanto, la tercera columna capitaneada por Heredia llega a la provincia
de Quiri-quiri sin poder determinar por dónde había entrado
la demás gente al Tucumán, según testimonio del padre
Juan Cerón (cf. Piossek Prebisch 1986: 94). Por su parte, el
cronista González de Prado ([1548] 1987: 26) que integraba las
tropas de Heredia, relata la captura de un prisionero para obligarlo a dar
los informes necesarios: “... en la provincia de Quiri Quiri, que son
indios de guerra, yo quedé con otro compañero para tomar alguna
guía que nos guiase el camino, e le tomamos e alanceamos a otros,
el cual dicho indio nos guió hasta que nos pasó los Andes,
que es una tierra de arboledas, e cerros, e sierras muy asperas que íbamos
abriendo el camino con azadones e hachas, que duraron dieciocho leguas, adonde
hay muchos ríos, adonde uno de los dichos ríos, que van
muy recios, me llevaba, e milagrosamente Nuestro Señor me libró...”.
Una cuidadosa lectura de este relato permite deducir que este indio conduce
a Heredia al Tucumán por un camino diferente del que usaron Rojas y
Gutiérrez. Y debido a esto no encuentra la guarnición que le
dejó Rojas. Sin embargo, Bravo (1956a: 44) interpreta erróneamente el
testimonio anterior:
“De lo dicho se desprende que si el camino real del Inca hubiera
atravesado el Aconquija para lanzarse al llano es evidente que la expedición
no se hubiera abierto camino con hazadones y hachas, en una extensión
de dieciocho leguas para llegar a lo que González de Prado llama ‘la
provincia de Tucumán’. Si bien es cierto que la exuberante vegetación
del Aconquija habría crecido tanto en el camino, a favor de las ventajas
climáticas, es también lógico suponer que semejante
vía no se habría cerrado del todo en diez años, desde
la caída de Atahualpa hasta la Primera Entrada, pues la hubiesen conservado
siquiera en parte los indios comarcanos aleccionados por el afán civilizador
de aquella cultura. Fácil es pensar entonces que terminado el camino
del Inca, en la falda occidental de Aconquija, se desprendían, en
todas direcciones, a plena naturaleza, los tortuosos senderos hechos para
andar en fila india.”
El hecho de que la columna de Heredia tuviera que abrirse paso
con azadones y hachas para dirigirse desde la falda occidental del Aconquija
hacia la llanura, es un indicio para Bravo de que no había un camino
permanente entre ambas regiones, es decir, no había un 'camino del
Inca' tal como Bravo lo concibe: una calzada de piedras reforzadas con un
cordón del mismo material. De acuerdo con el relato del
cronista, a lo largo de un trayecto de dieciocho leguas (aproximadamente 100km),
se describe primero una región de cerros y sierras muy ásperas
que coincide con la zona de alta montaña, y luego una región
de espesa vegetación y torrentosos ríos que obligó al
uso de azadones y hachas, que coincide con la región de selva subtropical,
llamada en la actualidad nuboselva o yungas.
Pero hay un detalle que Bravo no tuvo en cuenta y es que hay tres vías
para llegar desde el Valle de Tafí a la llanura tucumana: hay dos
caminos naturales que son la Quebrada del Portugués y la Quebrada
de La Ventanita; la tercera vía es por la Quebrada del Río
Los Sosa (por donde actualmente está construído el camino para
automotores) y que coincide con la descripción del cronista.
Según se desprende del relato de Gutiérrez de Santa Clara ([1568]
1987: 79), evidentemente el indio que guiaba al Capitán Nicolás
de Heredia lo condujo por la Quebrada del Río Los Sosa (o Las Piedras),
es decir “por otra vía que el gobernador no había llevado” y que los hizo desembocar 15 km al norte de la boca de la Quebrada del Portugués.
Esta quebrada del Río Los Sosa no era usada por los viajeros
antiguos que andaban a pie, a caballo o en mula porque el encajonamiento los
viajeros antiguos que andaban a pie, a caballo o en mula porque el encajonamiento
y las piedras grandes del lecho y la altura a que llegaban las crecientes
impedían el tránsito o lo hacían muy riesgoso.
En su análisis, Bravo minimiza los efectos de la espesura de
la selva en la Quebrada del Río Los Sosa, una vía no utilizada
por su peligrosidad en aquel entonces. Cualquier persona que conoce la región
sabe que en cualquier época del año en que se atraviese la
zona, la vegetación es exuberante, con un sotobosque que en el verano
llega a los dos metros de altura. Inclusive en la misma Quebrada del Portugués,
que fue el camino natural utilizado por las dos primeras columnas, la espesura
debió ser considerable. Esto explica los testimonios de los soldados
Antón Griego y González de Prado cuando dicen que debieron
abrirse paso mediante azadones y hachas.
Sin embargo, es preciso hacer notar que los hechos relatados por González
de Prado son posteriores a la mini-era glacial Minima Spörer
ocurrida entre 1410 y 1520 aproximadamente. No sabemos, en consecuencia,
si la construcción del camino del Inca se interrumpió por las
condiciones adversas del clima, por el descabezamiento del poder en Cajamarca
en 1533 o por una simple cuestión técnica como ya se explicó.
De todas maneras, la ausencia de estos caminos, útiles en la montaña,
pero inútiles en la selva e innecesarios en la llanura, no son un
argumento contundente para negar la presencia incaica en la llanura.
Retomando el relato de la expedición, en enero de 1544 Rojas
y Gutiérrez salen de Concho rumbo a Mocaquaxa ubicada a catorce leguas
más adelante de Concho, hacia el poniente. En el trayecto hacia esa
provincia, se extravían. Respecto de Mocaquaxa, Piossek Prebisch (1986:
302) dice:
“De los cuatro cronistas de la entrada, sólo dos mencionan
esta provincia: Cieza de León y Herrera. El primero la denomina Mocaquaxa
y el segundo Mocaxuca. Como Herrera, el más tardío de los cuatro
cronistas inspiró su relato fundamentalmente en Cieza de León,
de hecho la mención a esta provincia se reduce a sólo éste.
Por lo tanto, creo que la grafía que él da a la palabra debe
ser la que el historiador debe tener en cuenta si se la toma como dato conducente
a ubicar geográficamente la provincia en cuestión, en la época
de la entrada. Digo esto, porque documentación posterior a este momento
histórico da otras grafías resultado de deformaciones fonéticas,
con un total de 28 palabras diferentes referidas -al menos presuntamente-
a un mismo lugar.
El lector se preguntará por qué si Cieza de León
escribe Mocaquaxa, yo escribo Mocacuacra. Escribo la sílaba Cua de
este modo sencillamente para adaptarla a las normas modernas de grafía.
A la sílaba Xa, porque en la época en que se escribieron las
crónicas, la letra X, además de tener el valor de la J, tenía
el del sonido compuesto por las letras CR. Así, otro cronista de la
entrada, Gutiérrez de Santa Clara, no escribe Cristobal, sino Xptobal;
y no escribe cristianos, sino Xptianos; con lo que tendríamos que
el nombre de la provincia que menciona Cieza de León sonaba Mocacuacra.
¿Qué importancia tiene esto?. Veremos:
Ubico la provincia de Mocacuacra al extremo norte de la Sierra
de Ancasti o del Alto, quizás tomando parte de los faldeos de la Cumbre
de Narváez que es continuación de las Sierras del Aconquija
o Andes del Tucumán, como les llamaban los conquistadores. En esta
zona que indico se encuentra el llamado Río Huacra o Guacra, al sur
de la actual provincia de Tucumán. Suponiendo que la palabra Mocacuacra
estuviera formada por dos voces, se habría conservado la final, con
el siguiente proceso de deformación
fonética:
Por otra parte, si desde el punto donde ubico Concho y aquél
donde ubico Mocacuacra se traza una línea imaginaria de dirección
este-oeste, ésta atravesará unos 70 u 80 km de tierra seca que
coinciden con el tramo de 14 leguas mencionado por Cieza de León, que
se propusiera atravesar Rojas y Gutiérrez saliendo de Concho hacia
el poniente, y llevando la mayor cantidad posible de agua pues no la iban
a encontrar en el trayecto.”
Si bien la interpretación de esta historiadora resulta atractiva
por cuanto la terminación huacra (‘cuerno’ en quichua)
coincide con el nombre del río que por allí pasa, es necesario
señalar que el cronista Cieza de León usa la grafía x con el valor del grupo consonántico cr únicamente en las palabras derivadas
de ‘Cristo’. Según Espinoza Soriano (1982:170), la x en el siglo XVI, además del sonido j , tenía otro similar a
la sh inglesa, de modo que Mocaquaxa
podía pronunciarse Mocacuaja o bien Mocacuasha. Debido a que el quichua
no tiene la misma separación silábica que el español,
tampoco puede saberse si la propuesta de separar Mocaquaxa en dos voces se
realizaba Moca-quaxa o bien Mocac-uaxa. La ubicación de esta provincia
según el mapa proporcionado por Piossek Prebisch (1986: 58) está
en el actual territorio catamarqueño cercano a los límites
con Santiago y Tucumán.
Por su parte, Bravo (1956a: 50) vincula a Mocaquaxa con el actual
Maquijata y llega a afirmar que la terminación jata proviene
de gasta, un sufijo cacán/tonocoté/lule que significa pueblo:
“Mocacuaxa, Mocaquaxa, Mocacax, Mocajuca, Mocacaxe, Moquexasta,
Mogagashe, Mogagash, Mocagashe, Mocaga, Macajar, Macacax, Macacuaja, Misxasta,
Macaxax, Maquixasta, Maquixata... de todas estas maneras se ha escrito este
nombre, lugar o región donde mataron a Diego de Rojas, de donde procede
el actual Maquijata, que de esta manera empieza a escribirse recién
en 1734, según los datos más antiguos que conocemos.
En 1620 D. Juan |